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El misterio del Rosario

Era una de esas mañanas que prometían sol, pero el alba, todavía fresca y nebulosa nos envolvía al comenzar a caminar. Íbamos a nuestro paso, con mochilas y pensamientos a cuestas, preparados para los dominios del Camino, sus maravillas y sus misterios.

¿Recemos un Rosario? me dijo mi esposo.

Aún habiendo nacido Católicos, nunca habíamos aprendimos de todo el rito, y era más difícil de lo que recordábamos: la secuencia apropiada, los mandatos de los Misterios, la memorización de las Letanías. Aun con esas escasas nociones del arte del Rosario, accedí. Al principio trastabillamos con el proceso, hasta que decidimos inventar nuestros propios misterios: el de la paz, el del amor, el de la amistad, el de los hijos, el de la alegría, en espera de que a Dios no le importara este pequeño tecnicismo, mientras acariciábamos la sarta de cuentas con el alma.

Pero el momento elegido por el azar vale siempre más que el momento elegido por nosotros mismos y de pronto, en un recodo del camino, escuchamos un murmullo con cierta cadencia y colorido: cuatro parejas de peregrinos andaluces iban rezando en una pequeña procesión íntima. Les preguntamos si podíamos unirnos a ellos y un gesto encantador fue suficiente para que formáramos parte del cortejo. Nos maravilló que, en el Camino como en la vida, consigue uno a quienes necesita en el momento preciso. En fin, ya iban por el segundo o tercer Misterio y tratamos de ponernos al tanto. Encabezaba la columna, Pilar, apodada "La manda más", pero la voz que guiaba las oraciones con el correcto procedimiento, no correspondía con la de ella ni con la de ninguna de las otras tres mujeres que caminaban delante del grupo. La voz era masculina, algo metálica pero cercana, bien acoplada a las plegarias; se le notaba que sabía mucho de estas cosas. Busqué por encima de los hombros de quienes nos precedían, pero no conseguí entrañar el misterio del hombre invisible. Una de las mujeres, se tocaba la oreja en señal de que escucháramos con atención y siguiéramos el trámite.

El día se iba calentando y las sendas se iban complicando. El ritmo de la voz nos empujaba a salvar grandes distancias. Ese recitar melodioso, invocando la divinidad, nos ayudaba con las subidas difíciles; rezar siempre ayuda. La sonoridad de nuestros pasos sobre las piedras del sendero, se acompasaban con las plegarias y nos hacía olvidar el cansancio y el dolor en las piernas. Nos maravillaba cruzar riachuelos y pequeñas llanuras, pasar por antiguos caseríos de piedra y sus hórreos centinelas. Comimos moras lustrosas, aspiramos el aroma de la menta. La luz se colaba por las ramas del los árboles y todo el bosque resonaba, como si fuese Dios mismo hablando. Nos sentíamos seguros a pesar de nuestros límites y nuestras debilidades. El constante recitar se convirtió en la estrella que guiaba nuestros ojos en la travesía, una manera cierta de que llegáramos con bien. Nos hizo contemplar milagros infiltrados en nuestro espíritu, y en la unión con otros seres, habíamos encontrado tiempo de pensar, tiempo de rezar y tiempo de reír. En un mágico momento, casi de meditación, sentíamos que podíamos con todo... con lo que fuese. Habíamos alcanzado una existencia simple y feliz. Quizás este estado es lo que llaman la Gracia de Dios.

Pero nuestra curiosidad no mermó. ¿De quién era esa voz? ¿Cómo podía alguien saber con fluidez tantos detalles de un rezo tan largo? Unos minutos más tarde y después del Credo, los cinco Misterios, la Salve y hasta las eternísimas Letanías, nuestro pequeño ejército espiritual siguió caminando, compartiendo galletas, direcciones de correos electrónicos y anécdotas del Camino. En cuanto a la voz, se había esfumado, y con ella, el hombre... sencillamente, se lo había tragado la tierra. No lo entendíamos y hasta dudamos si sería un milagro o algún ángel perdido. Lo cierto es que a aquellas alturas, decidimos finalmente tratar de dilucidar el misterio del hombre invisible. Hicimos lo que todo peregrino curioso sabe hacer: nos atrevimos a preguntar.

Pilar, "La manda más" no cargaba las cuentas de un Rosario, sino uno de esos teléfonos móviles inteligentes, con una aplicación donde tecleaba la fecha y el programa calculaba si los Misterios del día eran los Dolorosos o los Gozosos, los enumeraba, sincronizaba una voz un poco metálica y proporcionaba todo el procedimiento, desde liderar cada oración hasta quien debía contestar la segunda parte de cada Padrenuestro o de los Avemarías.

Nuestra pregunta obtuvo por respuesta una sonrisa, casi una carcajada andaluza.

-Esto es el Rosario en tiempos cibernéticos- contestó Pilar - Dios también se ha sabido modernizar.

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