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MI Camino

Son las 6 de la mañana.

Acabo de mirar mi chuleta y es cierto, no lo he soñado, hoy me esperan dos puertos uno de 200 m, pero a continuación viene otro de algo más y sin dejarte respirar. Me aplantear el partir la etapa y quedarme en un punto medio. Pedro y Carlos la noche anterior me animaron a que la hiciera completa, me recordaron que si había llegado hasta allí, seguro que podría. Lo he pensado y me animo a hacer la etapa completa.

Ya caminando, pronto el camino empieza a tomar un leve ascenso, pero voy bien, solo me falta un café en condiciones para despertar mi cuerpo. Tres alemanas, alguna de ellas con mas kilitos que yo, las veo como están sentadas y bastante fatigadas, después de preguntarles como se encontraban y apenas entender lo que me decían, sigo caminando un poquito más, mi intención era parar también, pero una ráfaga de orgullo se ha apoderado de mi, me ha hecho sentirme más ágil, menos gruesa y mucho más fuerte que nuestras vecinas alemanas.

Pronto observo una fuente junto a un hermoso banquito de piedra, independientemente del frescor, los olores a eucaliptos y el paisaje verde, es un lugar que invita al descanso, el agua está fresquita, no la bebo, me da mucho miedo una diarrea en estos momentos, pero sí me sirve para lavar mi cara, refrescarme el pelo y el sombrero, este último no lo mojo demasiado para que no se estropee mi pequeña flecha amarilla.

Barrita de cereales, agua y una rosquilla de esas flojas y sin sabor, las vendían en la feria de Redondela y con ellas desayuné todos los días.

Sigo caminando, ya repuesta de fuerzas, continua la subida, hoy creo que voy a necesitar más ayuda que los días anteriores, pero no dejo de pedir ayuda para que la mochila no pese, no sé de donde ni a quien se la pido, pero lo que es cierto que me la llevan. ¿será la magia del camino? ¿Quién me está ayudando? Sea quien sea y venga de donde venga, no dejo de dar las gracias. A mis 60 años recuerdo como mi padre me enseñó a ser agradecida, a dar gracias por todo lo que recibimos cada día y repito, venga de donde venga, pero esa costumbre que me parece muy importante para el ser humano la mantengo y alimento cada día. No me importa confesar que me he sorprendido dando gracias al ver una flecha amarilla en un árbol, al encontrar un sitio para sentarme o cuando he visto esas margaritas que adornan el campo.

Me viene a la cabeza, que de una forma no se si intencionada o no, así he intentado que mis hijos fueran agradecidos y respetaran cada cosa que encuentran a su alrededor y me reía, cuando mi hija con muy corta edad, pedía perdón a una silla cuando se tropezaba.

Esta etapa está más concurrida de gente o es que yo voy más lenta y todo el mundo me alcanza, tengo la sensación de haber hecho ya muchos kilómetros y de sentirme casi terminando, claro esto sin mirar mis magníficos apuntes. No dejan de pasar ciclistas.

Me encuentro con un peregrino portugués, es bajito, apenas se le distingue delante de su mochila, pero fuerte, lleva días caminando, empezó en Lisboa, con unos ojos grandes y tan azules como el cielo, ?no lo puedo remediar, siempre califico los ojos de las personas? me da ánimo y entablamos una pequeña conversación durante unos cuatro kilómetros. Es muy amable, se da cuenta de mi dificultad para encontrar algo en mi mochila y me ayuda a colocar las cosas pequeñas. Pronto me es imposible seguir su paso .

?la tortuga ve más cosas en el camino que la liebre? Me gusto esa frase, que leí en un foro.

En el pequeño puente de piedra, me alcanzan mis amigos extremeños me da una gran alegría verlos, se interesan por mis pies y me dan nuevamente ánimos, es muy agradable sentir una vez más que en el camino nunca se camina solo, solo existe la soledad necesaria para encontrarte contigo mismo, para entrar en tu interior.

Pedro me está esperando en la subida de un tramo muy bonito en el que el camino queda cerrado con árboles, el suelo es duro, mucha piedra e incluso agua que hace que te tengas que desviarte , me hace un par de fotos de esas que seguro, enseñaré a todos mis amigos cuando vuelta a casa. No se, si será por el aspecto de cansancio que debo llevar o por el paraje hermoso, pero me sigue haciendo fotos de vez en cuando, el camina unos metros delante de mí y aunque me espera, pronto se vuelve a perder.

El alberque de Pontevedra es muy bonito, me recuerda al de Redondela pero su interior es algo más cálido, sus techos de madera hacen que me sienta muy bien allí. También es el cansancio que lo voy notando o más bien mis pies. Recuerdo de nuevo los consejos de Manuel sobre los calcetines, pero reconozco que me sale la tozudez maña y cuando yo no lo veo, me cuesta hacer caso. Mis ampollas han crecido y me duelen todos los huesos de los pies, creo que son bastantes, pues todos, seguramente es por la mala forma de pisar debido a las heridas. Pedro me comenta el mismo dolor y es porque sus botas también se han roto . El dolor se me hace algo duro al meterme en la cama por la noche, es como si me fuera a desarmar, como si mis pies se convirtieran en un puzle y se estuvieran separando las piezas, me tomé una aspirina y así pude dormir

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