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El Camino de Cordubensis Tucumanae

Aquella lejana idea, que había nacido no sé exactamente en qué momento de mi vida, estaba ya a la mano, a punto de hacerse realidad. Ese destino tan difuso y tan deseado a la vez, no era otro que el llamado históricamente ?CAMINO DE SANTIAGO?.

Lo había acariciado a lo largo de años, como una abstracción espiritual y geográfica, al mismo tiempo.

Decidimos el inicio más sensato y posible de transitar, desde Sarria (LUGO). Llega el minuto cero y se anuncia nuestro tren desde Madrid? El cosquilleo se acelera y los caminantes enarbolamos mochilas, prestos a dirigirnos al camino.

Una locomotora con forma de pato aerodinámico, nos aguarda en la plataforma.

Sin posibilidad de aburrirnos en este trayecto caleidoscópico, empezamos a costear el caudaloso río Miño; estábamos llegando a ORENSE y en un santiamén estuvimos en Sarria.

La patrulla estaba encabezada por un médico y una profesora de historia, gente de a caballo y expertos en caminatas en las sierras grandes cordobesas. Los secundábamos abnegadamente, un arquitecto y una profesora de nivel inicial. Al recorrer las callejuelas de Sarria, comenzó sin timideces y estentóreamente, lo que sería la banda sonora de nuestra película del camino. Marcelo lanzó al aire las coplas de ?levántate montañero que ya llegó la alborada, desarmaremos las carpas que anoche nos cobijaron?!!!?. Nos internamos en senderos señalizados con los típicos mojones con la concha jacobea o simplemente con la flecha amarilla, también típica del Camino. Aparecen súbitamente caseríos, que casi no se vislumbran hasta entrar en ellos.

Estos bellísimos parajes ya nos hacen saborear, lo que será caminar callejuelas de aldeas con casonas y establos con una noble decrepitud y rusticidad, ocasionada por el paso del tiempo.Envidio la sabiduría de este pueblo (el gallego), que ha decidió mantener estos dignos muros y techumbres, como testimonio de un pasado milenario. En Barbadelo, gestionamos nuestro certificado de paso del camino, para lograr la preciada Compostela. Sabemos que antiguamente se confeccionaba un pergamino formal, que se acompañaba de una concha de vieira, que el peregrino transportaba de regreso, como reaseguro de haber llegado a Santiago.

Pues entonces, ya teníamos nuestro primer sellado orgullosamente implantado, y nuestras conchas con la cruz de Galicia en las mochilas.

Las casas parecen abandonadas, hasta que se ve trajinar a alguna campesina con botas de goma que traslada silenciosamente sus enseres.

Avanzamos con la energía y sobre-aliento, que da la curiosidad. Todo es sorpresivo, sumamente natural y milagrosamente preservado.

Caminamos por momentos en grupos y por momentos semi ? aislados. Hubo periodos de ensimismamiento personal, en los que uno miraba el piso, sus pies obedientes y sacrificados, reflexionando sobre relampagueantes pensamientos. Estos, asaltaban tu soledad circunstancial. En mi caso, me remonto a travesuras de la niñez y de la idea al hecho concreto, de estar pisando el Camino como en una película retro-futurista.

A marcha lenta y disfrutando cada paso, llegamos a monte do Gozo en el que observamos todo Santiago en panorámica. Nos quedamos estupefactos, queriendo recorrer con la vista todos los accidentes que el lugar nos ofrece, montaña, valle y cúpulas de la catedral.

La plaza del Obradorio era nuestro objetivo final; ya estábamos ante la Catedral y el hostal de los Reyes Católicos. Nuestra ilusión de entrar directo a ver el Apóstol debió esperar, ya que la Iglesia estaba cerrada.

Así, apenas instalados, concurrimos con cierta expectativa de niño que ha cumplido su tarea, a la oficina de la peregrinación de la Catedral. En la misma nos encontramos haciendo cola con una babel de diferentes idiomas, en el patio de una casona histórica. Ya en el mostrador de una bellísima sala abovedada de piedra, los asistentes reciben el certificado de paso. Con nuestra Compostela en la mano, como estudiantes que se han graduado de peregrinos, nos disponemos a disfrutar de Santiago. Nuevamente recorridos, fotos, fuentes, lloviznas, piedras enmohecidas, maderas añejadas, adoquines y empedrados que han sido testigos de la historia de la ciudad.

Al día siguiente, llegó el colofón espiritual esperado por todos. La misa del peregrino, impecablemente acertada por nuestra suerte, ya que coincidía con una liturgia especial, concelebrada por una autoridad eclesiástica con todos los curas de la diócesis. Se daba la bienvenida a los peregrinos en muchos idiomas, circunstancias que no eran las habituales.

Nuevamente nuestra conmoción, ante semejante entorno, y al escuchar los conceptos de hidalguía y sacrificio ?per se?, que misteriosamente despliega el peregrino milenario en su búsqueda jacobea.

Esa masa de extranjeros abrazados en su esfuerzo físico y espiritual, con lágrimas en sus ojos como idioma universal de la emoción. El cenit de nuestra expectativa, llegaría con el anuncio que los monjes pondrían en movimiento el ?Botafumeiro?.

Ya de regreso, pienso que me llevo del Camino: los ojos del Greco en Atocha; el misterio del Miño, con sus aguas vaporosas; el rosario de iglesias, ruinas románicas y medievales, construidas y custodiadas por guerreros místicos y religiosos; los bosques de hayas, robles, castaños, pinos, eucaliptus y sus hojarascas perfumadas de humedad y siglos; las aldeas gallegas y sus hoscos, perseverantes y misteriosos ocupantes; las pircas centenarias, los arroyos límpidos con piedras horadadas por el paso milenario de peregrinos; la vista cinematográfica de Santiago desde el Monte do Gozo; la ceremonia de la amistad y confraternidad, sellada con risas, bocadillos de jamón, y jarras de café humeante, mis pies y mi corazón levitando ante el reposo del Apóstol, el Botafumeiro surcando la catedral con la velocidad de la luz, jalado por cuatro duendes vestidos de rojo con cuerdas y roldanas primitivas y eficientes.

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