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Λ

Saliendo de Comillas...

Las previsiones indicaban una probabilidad del 70% de lluvia, sin embargo y sorpresivamente el agua no estaba presente. De todas formas decido enfundarme los pantalones de agua. Cuando voy a salir veo que el francés también está preparado y decide compartir mi suerte. Empezamos por atravesar la bella y monumental Comillas. El "capricho" de Gaudí se va quedando a la izquierda, mientras la antigua Universidad pontificia nos saluda desde la derecha.

El agua se disimula con la niebla, de los arboles caen enormes goterones que sus hojas preñadas dejan escapar.

Tras muchos kilómetros de carretera tomo la señal a la derecha. Es un camino que enfila hacia el mar, este me saluda serio en lontananza, está de un gris plomo que infunde respeto.

Al rato ha dejado de caer la cansina agua que me acompañaba desde que dejé atrás Comillas. Cual castigo por el compañero abandonado el cielo fue llorando su pena. En un descanso entre sus sollozos vi la oportunidad de tomar una foto, al tiempo que, descargando la mochila, le daba una portunidad a mis necesidades fisiológicas. Momento que aproveché para desenfundarme el pantalón de agua. Al girar veo aparecer majestuosa la villa de San Vicente de la Barquera, he caminado más de doce kilómetros y no he desayunado. Me dirijo al albergue, allí sello mi cartilla y bajo al centro para tomar algo. Busco una cafetería que había visto antes y me siento en la única mesa libre. Viene la camarera, le pido un café y un bocadillo de tortilla española con cebolla. Me trae el servicio con la misma seriedad con la que me atendió y cuando me dispongo a dar buena cuenta de aquellas viandas veo aparecer a otro conocido. Se trata de un austriaco con el que había compartido secadora el día anterior. Le saludo y le invito a que se siente a mi mesa. Hablamos de la etapa de hoy, del agua que nos ha acompañado y de donde finalizaremos. Él tiene intención de quedarse en Colombres, allí hay un albergue. Le explico lo que conozco de San Vicente y las dos posibles rutas, una por carretera y la otra por el interior. El austriaco se apunta a mi idea y vuelvo a caminar acompañado. Solo quedan unos seis kilómetros así que será rápido, además hemos tomado la Nacional...

Caminamos a la par, cuando el arcén lo permite y charlamos bastante, si charlar se puede llamar a mi continuo destrozar el inglés ¡anda que si Shakespeare levantara la cabeza! Pero resulta que eso, acompañado de una buena dosis de ingenio, sonrisas y gestos da como resultado una agradable caminata.

Llegamos a Unquera y aquí la madre patria cántabra deja paso a la no menos madre patria asturiana. El río Deva las divide y con ello consigue que la mitad del pueblo tenga un prefijo telefónico distinto al de sus vecinos, cosas autonómicas oiga...

Aquí hacemos un alto, me cambio de calcetines mientras nos sirven unas cervezas, solo queremos descansar un poco y darle gusto al gaznate, la camarera se lleva de vuelta el mantel de papel que pensaba ponernos. Allí le comento a Valentín, resulta que el austríaco se llama así, ¿será premonitorio?, el caso es que le comento que en mi guía aparece un camping, algo más adelante, que por el módico precio de 10? te ofrece un bungalow, comenta que no tiene prisa en llegar a Santiago, él está jubilado y le da lo mismo. Yo tengo que avanzar algo más, ayer perdí unas horas, me encuentro bien y posiblemente continúe. Solo restan tres kilómetros para el albergue y me parece un desperdicio de tiempo.

Terminamos las consumiciones, no sin antes bromear con las camareras que al enterarse que venía de Almería me preguntan por Bisbal y nos enfundamos los ponchos. El agua ha vuelto a realizar acto de presencia. Seguimos la dirección adecuada y al cruzar el río Deva y tomar una pendiente vemos un cartel que anuncia que el Camping de los 10? nos lo oferta en 7?, Valentin me mira y pregunta si yo voy al Camping, solo son tres kilómetros más allá del albergue, le respondo afirmativamente y decide unirse a mi suerte. Me ha alegrado mucho su decisión, es un buen compañero de camino.

El cielo se ha enterado y nos intenta hacer cambiar de opinión, cae agua a manta. El poncho chorrea por todas partes, los pantalones absorben lo que les llega y las botas empiezan a llenarse. De nada ha servido el cambio de calcetines, el bienestar de los pies ha durado menos que una piedra de hielo en un wisky, como diría Sabina. El viento arrecia del Norte y el agua se filtra por el cuello. Hasta el ombligo lo sientes lleno, pero ni con esas me borraran la sonrisa de mi faz.

Pasamos delante del albergue, saludo a unos franceses con los que también compartí alojamiento anoche y seguimos desafiantes. Valentin lleva pantalón corto... ¡pobre cupido peregrino!, yo no puedo ni debo quejarme. Tiene 67 años, viene andando desde Saint Jean Pied de Port, en Francia, su destino Finisterre. Tiene un caminar muy vivo y en las cuestas abajo me quedo rezagado... es una máquina.

Hemos llegado al Camping, no sé si tengo alguna parte de mi cuerpo seca, pero mi sonrisa sigue activa y la recepcionista es blanco de mis chistes y bobadas.

Tenemos un lindo bungalow con sus dos camitas y sus dos enchufes, hemos podido ducharnos y la ropa mojada se ha quedado en la secadora ¿se necesita mucho más para ser feliz?

Ahora me voy a ver la ropa que mi cupido particular hace rato que marchó y no sé por donde anda clavando flechas

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