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Λ

Rostros amables y desconocidos

Pasaba una mala racha. Primero perdió el trabajo y después a su mujer. Ni siquiera podía ver con frecuencia a su hijo. Era como el infierno. Un día recibió la llamada del agente inmobiliario. Le ofrecían por el piso una cantidad importante de dinero y decidió aceptar la oferta. Tenía 43 años y había perdido todo lo que una vez tuvo. Pero quizás las cosas se arreglaran si maduraban por sí mismas.

Con una vieja rueda de bicicleta fabricó un carrito muy ligero, que podía sujetar a la mochila con dos mosquetones. Cargó la tienda de campaña, el hornillo de gas, algunos utensilios de cocina, ropa y alimentos, puso en su mochila lo imprescindible, y una mañana lluviosa de abril, Laurent dejó atrás Auxerre, con todos sus problemas, y puso rumbo a Santiago en compañía de Zizou, su fiel perro boyero, el único ser en quien todavía podía confiar.

Atravesando la vasta extensión de llanuras y colinas cubiertas de viñedos de su Borgoña natal, llegó a Vezelay, de donde parte una antigua vía romana llamada Lemovicensis, que desciende transversalmente hacia la parte más occidental de Los PIrineos, haciendo noche siempre en los campos, hasta que alcanzaron Limoges, donde tomó habitación en un hostal, limpió sus cosas y disfrutó de nuevo de aquellas comodidades que te ofrece la civilización cuando tienes dinero.

Luego llegó el mal tiempo. En Bazas, junto a la plaza de la catedral, dejó por fin de llover. Entonces Laurent buscó su cámara de fotos, pero no pudo encontrarla. Se habría esfumado en cualquier punto del trayecto durante la última semana. La dio por perdida.

La cámara quedó olvidada en el hostal. Una camarera la encontró al día siguiente, aunque no había forma de contactar con Laurent. Entonces llegó al hostal otro peregrino. Le contaron la historia del hombre que viajaba con un perro y un carrito. No sería difícil dar con ellos. Idearon algo. Una suerte de relevo que lograra darles alcance. Así es que la cámara se puso también en marcha hacia Santiago.

Conocimos a Laurent en San Jean Pied de Port. Yo estaba allí con mi amigo Henri, un viejo peregrino, un ser maravilloso que conocí bajo un intenso aguacero en algún remoto paraje transitando el Camino Primitivo. Un año después, juntos de nuevo, estábamos en la víspera de emprender el ascenso a las temibles cuestas de Orisson.

En la puerta de Francia, vimos llegar a Zizou por el camino de Ostabat. \\"Le chien pelerin\\", dijo Henri, mientras le daba al animal un azucarillo de los que siempre llevaba para remojar en el aguardiente de su petaca. Luego vimos aparecer a Laurent tirando del carro. Entablamos conversación y después fuimos todos a beber cerveza. Laurent nos contó su historia. En el Camino solo sabes de los demás lo que ellos te quieren contar. Eso es siempre una ventaja. Al atardecer nos dirigimos al viejo puente de piedra y apoyados en el pretil vimos correr las aguas alegres del Nive.

Con el alba emprendimos el duro ascenso que nos llevaría a Roncesvalles, atravesando Los Pirineos de norte a sur, 24 Km de subida continuada con algunas rampas terroríficas. Marchando en llano, el carro no era un problema. Pero en subida tenías que ir arrastrando todo el peso, y de bajada era aún peor, pues el carro te empujaba, tenías que ir frenando y castigando las rodillas. Con todo, Laurent marchaba muy bien.

Desde allí, el relieve se suaviza, bosques espesos, tupidos, extensos hayedos y robledales, por el valle de Erro y la ribera del Arga hasta Pamplona, donde disfrutamos una tarde de pinchos y de cerveza.

Camino hacia Puente la Reina, culminando el alto del Perdón, un ciclista comenzó a vocear. Llegó resoplando hasta nosotros, bajó de la bici y se abalanzó sobre Laurent, que no le conocía de nada. El desconocido metió entonces su mano en la alforja y sacó la cámara que éste había perdido. Laurent abrazó al hombre y le dio las gracias. Nos hicimos una foto todos juntos antes de que el ciclista comenzara el descenso. Nosotros tres, allá arriba, muy alegres, comenzamos a entonar aquella canción que Henri nos había enseñado:\\"Tous les matins nous prenons le chemin ...\\"

Aquella tarde, en la cafetería del albergue, Laurent nos mostró las fotografías que traía su cámara. De manera especial, algunas que él no había tomado. En ellas podía verse al tipo del hostal, otros dos hombres, una mujer, el ciclista que nos había dado alcance. Era extraño. Rostros amables y desconocidos. Gente formidable que había hecho posible recuperar su cámara. Fue un momento mágico, hermoso. Una renovada esperanza en la condición humana. Nos quedamos sin palabras, enamorados de aquellos rostros.

Deseé que nunca amaneciera, pero lo hizo. Laurent continuaba por el Camino Francés hasta Santiago y nosotros debíamos abandonarlo para regresar a nuestras vidas. Acaricié el hocico a Zizou, abracé a Laurent y le mostré mi admiración por su aventura de 3000 Km. Me dijo que aquello no era importante,sino lo que hacíamos cada día de nuestra vida para continuar adelante. Le deseé toda la suerte del mundo.

Henri y yo montamos en el autobús que nos traía de vuelta a Pamplona. Allí esperamos al de Somport, por donde entraría de nuevo en Francia para regresar a Reims. Llegado el momento, nos abrazamos. Se me hacía muy difícil. Au revoir, amigo. Hasta siempre.

Permanecí fumando en el andén hasta que llegó el mío. Nada más se puso en marcha, comencé a echar todo de menos.

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