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Amigos

La última vez que le vi parecía un tipo feliz. Intuí que algo tenía que ver con los sucesos que gravitaron sobre su vida durante las últimas semanas. Fue un encuentro hilarante y divertido, evocando pormenores de nuestra aventura jacobea, mientras tomábamos un café tras otro, con unas pastas riquísimas que nos trajo su hermana en una bandeja de alpaca. Después, mientras nos despedíamos junto al ascensor, noté un brillo en su mirada que me conmovió, hasta el punto que no pude encontrar la frase adecuada; solo le sonreí. Entonces, él me rodeó con sus endebles brazos y me deseó un ?buen Camino?. Pocos días después, recibí la noticia de su desaparición por la Policía. Entre sus papeles había diversas notas de variada índole y en una de ellas figuraba mi nombre y mi teléfono. Me pidieron comparecer en comisaría para contar mi relación con él, no más allá de la rutinaria investigación que exigía el expediente, abierto a raíz de la denuncia hecha por su hermana. Y yo conté al agente encargado del caso lo poco que sabía, que conocí a Tebo en el albergue de Pola de Allande y que hicimos juntos los doscientos y pico kilómetros que nos separaban de Santiago de Compostela. Nuestra amistad se ubicaba en un brevísimo periodo de tiempo, pero el hecho de compartir bocadillos, confidencias y tiritas para los pies durante ocho días hermana mucho. Me decía que no era hombre viajero. No le atraían los medios de transporte ni los folletos turísticos, sino el conocimiento en sí. El destino más que el trayecto. También decía que se pueden hacer los mejores viajes desde un confortable sofá, solo pertrechado con un buen libro, en vez de una mochila. Y, aunque sabía que para aquel poli carecía absolutamente de interés, le referí su teoría del conocimiento; su preferencia por viajar al interior de las cosas, pero no sobre las cosas, naturalmente, obviando su localización geográfica. ?Entonces, te gusta viajar, aunque no quieras reconocerlo ? le corregí - porque el viajero es esencialmente un tipo ávido de conocimiento, y la búsqueda de este es el motor que lo impulsa?. Él lo negaba; decía que indagar en el interior de las cosas no implica hacer desplazamientos tediosos. Yo le insistía en la incongruencia de su argumento: estamos haciendo el Camino, amigo mío; una experiencia esencialmente viajera. Y él que no. Hacía apenas un año que había perdido a su esposa y, después de ese abismo inicial, quería vivir una experiencia taumatúrgica. Necesitaba explorar los vericuetos de su interior y encontrar el camino de salida. Eso? el Camino. Hizo el hatillo, cogió el autobús de línea y se fue a Oviedo, decididamente resuelto a llegar andando hasta Santiago por el llamado Camino Primitivo, aunque también con la esperanza de que el Santo obrara el equilibrio de su fe, que ahora se tambaleaba peligrosamente. No buscaba un espacio tridimensional, sino un agujero metafísico donde sumirse. La muerte de su mujer hizo que perdiera algunas referencias vitales y no sabía bien que fue de ellas. La relación con el mundo había cambiado y aquellos valores que tanto apreciaba habían perdido su significado: la solidaridad, la justicia y todas esas pamplinas? ?Luis, tengo la sensación de que mi lugar en el mundo ya no existe? me soltó un día, y de nada sirvió todo el argumentario de manual que me apresuré a exhibirle. Dijo que las personas, como las cosas, son útiles mientras hacen una función, pero después, unas y otras, perfectamente innecesarias.

Acabamos el Camino, nos dimos los teléfonos y un abrazo. Yo regresé a mi vida y él a la suya. Se mudó a casa de una hermana, la que figura como denunciante y única persona que le ofreció el calor de un cuarto y un cuartillo de calor. Después nos llamábamos a menudo; al despedirnos lo hacíamos con un ?buen Camino?, como premisa de buenos deseos. Me decía haberse convertido en un hombre solitario e introvertido. Decidí ir a verlo el día que me confesó su tremendo caos mental. ?¿Recuerdas aquello que te dije sobre la utilidad de las personas y las cosas??. ?Sí, claro?. ?Pues ya he encontrado mi utilidad, aunque en África.? Pero, como digo, señor inspector, no lo encontré mal. Me sorprendió tanto su actitud,? su positivismo, que eludí hurgar directamente sobre el inestable ánimo, al que hizo referencia en la última conversación telefónica, temiendo que se colapsara. Me dijo que en el Camino se le encendieron algunas luces interiores que le permitieron ver con más claridad, aunque en aquellos momentos no fuese consciente de ello. Pero el caso es que, sintiéndose solo y vacío, sin contenido ni utilidad, incluso sabedor de esa enorme pérdida que le llevó al borde mismo de la tragedia, había descubierto algo importante: sentirse útil en el mundo es solo una apreciación subjetiva. Yo le escuchaba atentamente, mientras estudiaba el extraño fulgor de su mirada. Luego me dijo que estaba pensando la posibilidad de pedir una excedencia en su trabajo, tan solo para experimentar qué se siente cuando uno se libera de la rutina habitual. Permanecimos ambos en silencio, conteniendo las lágrimas. Seguramente pensábamos los dos en el incierto camino que iba a emprender, aunque fuere alumbrado por ese otro Camino, mágico, que recorrimos juntos.

Eso fue todo lo que pude contar sobre Tebo. El poli cerró la carpeta de cartulina gris, anotó algo junto al borde superior y lo rodeó con un círculo. Después me dio las gracias y me fui.

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