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El peso del alma

Antiguamente, muchos peregrinos hacían el camino como promesa o penitencia. Cargaban con algo que no se metía en la mochila pero no por eso era más ligero. Hacían el camino, paso a paso, con peso a la espalda y peso en el alma. Llevándolo aunque costara, sin deshacerse de él hasta llegar a Santiago.

Entonces arrojaban la ropa al fuego, se liberaban del peso sobre los hombros y también de la culpa, de la promesa, de ese otro peso invisible que les había acompañado todo el camino. Y al volver, después de nadar en el mar, con ropas nuevas y limpias, y sin ese peso, parecían diferentes. Cómo si de algún modo hubieran renacido.

Yo creo que en realidad de eso se trata el camino de Santiago. Dejar atrás ese peso que no siempre se ve. De renacer.

Cada uno tiene su propia mochila en el alma. Cargada de miedos a los que hacer frente, de desafíos que superar, de tristeza que asimilar. Cada uno tiene su propio peso que cargar peregrinando por un camino. Un camino que se cruza con el de otros, que puedes hacer sólo o acompañado. Un camino en el que encontrar fuerza y esperanza, y encontrarte a ti mismo. Un camino en el que meditar, en el que seguir llevando el peso hasta el final, porque sólo al final podrás liberarte.

Mi peso eran dudas con espinas de angustia. Eran los tentáculos de un monstruo que había dejado en el pasado, pero que me amenazaba con volver a arrastrarme a él. Mi peso era sólo mío, aunque como todos los demonios, salpicaran a los que me rodeaban y querían. Pero mi peso era mío. Mi camino, sin embargo, compartido.

Mi camino era verde y olía a tierra húmeda y principios de otoño. Tenía cuestas arriba que me hacían jadear y calor durante el día, aunque un agradable frescor con sabor a septiembre cuando caía el sol. Mi camino, y el de muchos, era de senderos de tierra y pueblos que me acogían con las calles abiertas. Era de piedras y arbustos. De cielos abiertos y, al final, bocanadas de mar en el aire.

Compartí mi camino con gente lugares muy lejanos gente que casi venía del mismo sitio que yo. Entre el piar de los pájaros la música de los distintos idiomas creaba una banda sonora única. Hablábamos y callábamos caminando unos tras otros, o unos junto a otros. Pasando sobre las mismas huellas de miles de peregrinos que hicieron este mismo camino cientos y cientos de años antes.

Compartí camino con muchos, pero de alguna forma no era el mismo. Nuestros pesos eran distintos. Cada experiencia única. Cada mirada tiene una forma diferente de ver, de entender el mundo. Cada persona tiene un mundo distinto y por eso nuestros caminos no eran idénticos aunque caminásemos juntos, por el mismo. Y eso es lo más maravilloso de esta experiencia. Que cada uno encontrase el suyo propio. Que todos viviéramos una experiencia que nadie más experimentará nunca.

Mi peso se hacía más grande cuando me cansaba. Pero yo me hice también más fuerte durante este tiempo gracias a que no dejé que me detuviera. Y gracias a los otros peregrinos que cuando veían que casi casi no podía más me animaban: “Vamos, chica. Tú puedes. No queda nada.” Y día tras día fui siendo más fuerte que el peso, que el cansancio, que las agujetas. Que yo misma. Y de eso se trata, o al menos eso es lo que fue para mí.

Seguir andando, seguir adelante cuando sientes que no puedes más y que quieres pararte allí mismo.

Y descubrí que siempre se puede seguir adelante.

Recuerdo el Monte do Gozo. Subirlo lentamente. Paso tras paso, y cada paso costaba. En silencio, quemando las últimas energías. Recuerdo llegar arriba sin aire un segundo y sin aliento al siguiente. Viendo el final del camino. Azul, verde, olor a mar y Santiago.

Ahí estaba. El final. El final del camino.

Los ojos se me llenaron de lágrimas y sonreí sin darme cuenta.

Volví a echar a andar renovada. Con nuevas fuerzas, casi corriendo. Al bajar la ladera noté que el peso del alma había desaparecido. Y ya no volví a notarlo.

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