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Reflexiones de un caminante ante un río

17-08-2014

El silencio envolvía el entorno con una quietud misteriosa, la ausencia de ruido provocaba una sensación extraña en mí, haciéndome imaginar el vasto e inexistente sonido de la nada. Antes de terminar de pensarlo el graznido de un ave rompió el hechizo devolviéndome así a la realidad.

Bebí agua, até mis botas y seguí avanzando por la senda. Intenté volver a percibir la ausencia de sonido, pero el rumor suave de un arroyo (antes apenas perceptible) se encargó de impedirlo.

Hacía rato que no veía ninguna flecha amarilla, tenía la sensación de que en algún momento de despiste mi elección del camino había sido errónea. Sintiéndome extraviado opté por encaminar mis pasos hasta el murmullo de agua. Bajé una pendiente, esquivé una rama y al minuto me encontré frente a un pequeño riachuelo. Hice memoria intentando recordar un viejo proverbio hindú: " los ríos profundos corren en silencio, los arroyos son ruidosos".

Descargué la mochila junto a una roca, me senté sobre ella y me descalcé. Pensé en otra cita: "ningún hombre puede bañarse dos veces en el mismo río". Aquella reflexión de Heráclito me turbó, guardaba una sapiencia enorme (como todas las citas y proverbios que llegan hasta nuestro tiempo), una conclusión aparentemente tan evidente no se da en la mente de todos los hombres. Tanto las aguas de los ríos como en la vida, los acontecimientos sólo ocurren una vez; podrán darse situaciones similares pero nunca serán las mismas, podremos intentar repetir vivencias, pero al igual que el río que no logra remontar su cauce con el fin de volver a atravesar el puente ya cruzado, los hombres no volverán atrás más allá de su memoria, haciendo de esta manera único su tránsito y cada momento de la existencia.

Saqué unos fruto secos y alterné mi sucesión de pensamientos con la pedestre ingesta de comida.

En realidad, los peregrinos no nos distinguimos tanto de los cursos de agua que siguen su camino hacia el mar, ambos nos dirigimos a una "meta", intentando sortear todos los obstáculos que se interponen ante nuestro avance. Igual que el río adapta su forma abrazando la piedra que encuentra en su tránsito hacia el mar, los hombres intentan (con mayor dificultad que las aguas) moldear su ser en el azaroso camino de la vida.

Imaginé por un momento a todas aquellas personas que durante siglos realizaron la misma ruta, nombres anónimos, caminantes harapientos que, como las aguas de aquel pequeño riachuelo, se fundían en el mar del olvido. Lancé una piedra y observé la sucesión de pequeños círculos concéntricos, agarré mi mochila y dirigí mis pasos hacia atrás, empezaba a hacerse tarde y aún debía encontrar el camino correcto, me alegré del absurdo extravío...

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