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Λ

Un Camino de piedras

Sus marcadas arrugas de la cara le delataban de haber llevado una vida difícil. Sus ojos grises reflejaban tristeza y sabiduría. Percibí que tras esa mirada, aquella mujer apenas podía esconder una gran maraña de sentimientos y estaba convencido de que debajo de ese pañuelo de colores, su cabeza guardaba un sin fin de conocimientos. Era medio día y un espléndido sol de agosto no daba tregua ni siquiera a la sombra de aquel nogal a la entrada de Lorca, un pequeño pueblo de la zona media de Navarra. La radiografié en un par de segundos y decidí forzar la conversación. El paraje, con la anciana sentada en un viejo y descascarillado banco de madera y un pequeño arroyo a sus espaldas, era idóneo. Además el día se estaba haciendo más duro de lo esperado y todavía me restaban dos horas para finalizar la etapa.

-Pareces cansado. Aquí hay algún sitio donde te puedes hospedar. -Me comentó.

Le conté que mi intención era continuar hasta Estella. - Así entre la etapa de ayer y la de hoy, le gano un día.- Le comenté.

Todavía no era consciente de la lección que iba aprender aquel día. La mujer suspiró, negó con la cabeza en repetidas ocasiones y me invitó a que me fuera de allí.

-La juventud goza de grandes ventajas, pero la ignorancia puede eclipsar todas ellas. - Espetó.- Corre, ponte la mochila y no pierdas el tiempo.-

Las primeras palabras de Felisa no habían sido exactamente las que yo esperaba escuchar. En un primer instante me sentí ofendido, pero a fin de cuentas era yo quien había decidido detenerme allí e intentar entablar conversación con ella. Tras unos momentos de incertidumbre, la anciana logró su objetivo. Y ése no era otro más que hacerme ver que El Camino no era un fin, sino un medio. Yo en principio eso ya lo sabía, pero realmente, no lo había interiorizado. Esa misma tarde la pasé en el pequeño pueblo, leyendo el libro que mi hermano me había recomendado llevar y con los pies metidos en el arroyo. Al día siguiente, en vez de emprender el camino con los primeros rayos de sol, fui el último en salir del albergue y me acerqué a despedir a Felisa. Durante la noche me había surgido una duda y aparte, necesitaba agradecer cuanto me había enseñado el día anterior. Me invitó a pasar a la cocina y tras una agradable tertulia confirmé mis sospechas. Todos aquellos conocimientos sobre El Camino, los había adquirido del conversar con sus gentes, pues ella no tuvo oportunidad de recorrerlo. Nunca olvidaré su respuesta cuando le pregunté si ella había hecho El Camino. Se levantó de la silla de mimbre sin decir palabra y, ayudada con su bastón, salió al exterior de la casa.

-Ese es el camino de mi vida.- Comentó. Señalando con el bastón a un camino de piedras que ascendía hasta una eras y unos viejos corrales de ganado.

Salí de aquel pueblo con más fuerza de la que había sentido nunca. Tenía la impresión de que poseía energía como para llegar a Santiago de una sola tacada, pero sin embargo al llegar a Estella antes de la hora de comer, decidí parar en el albergue. Tenía la teoría, así que por qué demorarme en ponerla en práctica. A veces pienso que la magia de Felisa actuó aquel día. Disfruté callejeando por la zona antigua de la ciudad, retraté el claustro de la iglesia de San Pedro, una joya escultórica del románico, y avancé unas páginas de mi libro sentado en las escaleras de piedra que ascienden a la Iglesia de San Miguel. Como colofón del día conocí a Eva, actualmente una entrañable amiga, en la terraza del albergue, disfrutando de una cerveza y al son de las notas de una afinada guitarra, que mientras entonaba las notas de 'noches de bohemia' hacía erizar el vello de mis brazos. Esos son los primeros recuerdos que, con el atardecer de testigo, me vienen a la cabeza cuando a alguien le escucho nombrar El Camino de Santiago.

Así que lo único que puedo recomendar a quien vaya a realizarlo, es que intente ir un poco más allá de llegar de Santiago. No es que le sugiera que camine por encima de las aguas del Cabo de Finisterre, aunque si es capaz de ello, seguramente no dude en hacerlo. Tan sólo le invito a que cuando llegue a cualquier ciudad, a cualquier pueblo, intente adivinar dónde se situaban los mercaderes para vender sus pertenencias, vea a los monjes adentrarse en los ahora inhóspitos monasterios, recree en su imaginación una honorable lucha de caballeros y, en la medida de lo posible, que interactúe con sus gentes. Pues son sin duda parte fundamental del camino, y nunca sabes cuánto puedes aprender de ellas. Se lo dice un servidor, que tuvo un curso acelerado del Camino y de la vida misma, a la vera de un camino de piedras.

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