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Λ

La amapola del Camino

I.

La roja pincelada en el verde seco, pálido, casi amarillento, donde la escasa hierba crecía más alta de aquella breve porción de terreno empeñada en participar del pardo cereal que alcanzaba el horizonte como un sereno mar de polvo y trigo. Tostado mar sólo alterado por algunos grupos de arbustos que recortaban el espacio como herrumbrosos barcos en melancólica derrota. La roja pincelada como trazo breve en lienzo profundo, chispa de azogue en campo de ocre inabarcable, corola caliente sobre roca desolada. Compañera.

Atrás había quedado Burgos con su pétrea belleza rimando con el verde y el Arlanzón, poesía racional del paisaje urbano de alma serena, donde la noche víspera de la partida, mientras la luna se asomaba al albergue jugueteando entre los pináculos de la Catedral, me sorprendí pensando en mi litera, -ya estoy en casa... En ese pensamiento partí de mañana cargando la mochila de anhelos y melancolías.

Lejos quedaba el mundo enloquecido que, nocturno y artero, también me dejó en el morral una falta de fe en el género humano, que acrecentaba mi carga por menos peregrina y más terrena. Nunca fui menos peregrino que entonces, en aquellas primeras jornadas de mi tercera ruta jacobea en las que el gris desaliento me alejaba de la vía celeste amarrando mis plantas al suelo. Y es que los romeros que se me cruzaban llevaban escrita la Puerta de Capricornio en la sonrisa, y su saludo desprendía la luz radiante de la estrellas, -buen Camino... Pero las estrellas me quedaban tan distantes como un sueño febril a la mañana. ?Buen Camino, peregrino, y qué lejos quedan Gaza y Tel-Aviv, Etiopía y los cristianos de Mosul, Donetsk y los desocupados de Occidente... En Burgos descubrí que el Camino es mi hogar, mas mi alma estaba siendo transitada por los fantasmas aciagos de la desesperanza.

Campos de trigo interminables se extendían hasta donde la vista alcanzaba desparramando por el espacio la monótona decoloración del terreno. Suaves ondulaciones y modestas colinas eran insuficientes para alegrar el paso bajo el flagelo del sol de julio. Y sólo dispersas poblaciones contempladas por mil años de peregrinación ofrecían hospitalidad y sombra a los caminantes. Rabé, Tardajos, Hornillos del Camino, Hontanas? Y el albergue del enigmático Arroyo San Bol en medio del páramo. Mas allí la contemplé, solitaria y dando vida al suelo marchito. Roja y grácil entre piedras baldías, la amapola danzaba al son de la brisa como una mariposa de abril venteando savia. Enseguida anoté en mi cuaderno: ?esta amapola es de admirar pues resiste en un mundo inhóspito de hombres crueles?. Y mientras escribía, me preguntaba cómo esa flor delicada podía sobrevivir en medio de la senda sin haber sido pisada o arrancada, destrozada por el ser humano. Aquéllo podría inspirar un pequeño relato sobre la entereza frente a la adversidad de un mundo oscuro. Lejos sonó un ukelele. La mujer que lo tocaba animaba a algunos peregrinos reunidos bajo la sombra de los primeros árboles de la jornada. Rayaba el mediodía pero seguí adelante sumido en el pensamiento de la amapola que resistía en plena vereda a merced de los hombres.

II.

Las sutiles sombras que la luz vaporosa acortaba a medida que la Luna iba remontando el cielo de Castrojeriz conformaban una atmósfera mágica en las ruinas de San Antón. Una gasa de plata envolvía las piedras milenarias, los ventanales góticos y las desmadejadas plantas silvestres que, perdida la memoria de su esplendor, habitaban los restos de la antigua Encomienda General Antoniana en Castilla. La Tau que remataba la pequeña espadaña en un extremo de lo que había sido la iglesia del cenobio parecía un espectro centinela de los viejos arcanos. Las diminutas figuras de Santiago y San Antón velaban desde las hornacinas del ábside el sueño de los peregrinos. Y parecíame, mientras vagaba solitario, que fantasmas de negros hábitos con cruces azules al pecho me observaban etéreos entre las piedras y la maleza. Todo en aquel sitio revelaba a mis ojos los misterios de una belleza romántica.

Antes de regresar a mi litera pasé una vez más por el sencillo comedor donde se había desarrollado la cena comunitaria. Cuando se divisan las aisladas ruinas del monasterio de San Antón nada hace presagiar que entre ellas el peregrino pueda encontrar un albergue en el que descansar y pasar la noche. Pero es allí, durante la cena compartida entre los viajeros a Santiago, que se descifran los secretos más profundos que atañen a la condición humana. Cada peregrino ofreciendo a la mesa las pobres viandas que carga en la talega. Cada peregrino compartiendo las miserias y alegrías que acompañan las jornadas. Cada peregrino compartiendo el calor humano que se olvida, arrinconado por desvelos que se descubren triviales. Cada peregrino compartiendo una sonrisa y el corazón. Y la música del ukelele como dragomán armonioso entre tantas lenguas diferentes.

Recogido en mi saco el último pensamiento me acercó a esas personas llegadas desde países distantes para devolverme la esperanza en el género humano.

III.

Caminaba de nuevo bajo el sol. Detrás del Mostelares, Castrojeriz quedaba oculto a la llanura descolorida e implacable que se abría como un océano de trigo ardiente a mis pisadas. Y en medio de la senda que atravesaba aquel piélago encendido apareció la roja pincelada. Mas esta vez no solitaria. Ahora podía ver las amapolas en grupos de cuatro o cinco entre las rocas. Saqué mi cuaderno y anoté reconciliado: ?las amapolas sobreviven alentadas en el amor a la belleza de la naturaleza humana?.

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