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Λ

Punto y seguido

Ya está.

He llegado al final de este Camino. Estoy en Santiago de Compostela.

Despertarme, remolonear mientras la gente de la habitación recogía sus cosas y salían zumbando, desayunar algo mientras rehacía mi mochila, empezar a andar, parar a descansar un rato, andar un poco más, y después de varias horas, llegar al lugar programado como destino, ducharme, dar una vueltecilla y cenar algo, para finalmente, irme a dormir como las gallinas, en cuanto oscurecía.

Todos los días iguales, pero a la vez, también diferentes, al cambiar la compañía encontrada por el Camino. Cambiaban también los lugares y paisajes por los que pasaba, y los planes de recorrido y horarios que iba haciendo mientras andaba, al darme cuenta de que el tiempo no iba a la misma velocidad a la que yo andaba.Y según pasaban los días, más disfrutaba de lo que había a mi alrededor.

Además, el irme solo me ha obligado y permitido conocer a un montón de gente durante todos estos días: el ciclista madrileño que venía pedaleando desde Italia; el valenciano que se quedó “de fiesta” a mitad de recorrido; los de Burgos y la zaragozana con los que visité Sangüesa; la chica de Chicago que dormía solo en bragas; aquel valenciano que iba buscando novia; ese alemán con el que cene y no sabía decir “albergue”; el francés con la mochila marcada en el pecho al hacerse todo el Camino sin camiseta; el de Aranda, que iba haciendo un Camino “gastronómico”; los chavales madrileños con los antifaces al cuello; el oriental que se hizo todo el recorrido descalzo; las chicas de Atapuerca de mi misma opinión…; las chicharreras con las que coincidí los últimos días, y el otro tinerfeño con el que vi la Fórmula 1; los “superhombres” easonenses (que no donostiarras) a los que humildemente deje atrás; y ese vitoriano que cuando se ponía a andar, dejaba estela a su paso; el mallorquín con el que el camino se me hizo un poco más corto; las dos pamplonesas, cada cual más pava; el camarero-humorista de Madrid; aquel riojano, con el que pase toda una tarde en la piscina; los de Bilbao, que igual no han conseguido llegar, porque a uno de ellos se lo estaban comiendo los bichos; la gente del albergue de El Acebo, donde compartimos una muy buena cena; los estudiantes de Granada (aunque ninguno era de esa ciudad); la pareja de Tarragona con la que descendí desde O Cebreiro; y ese italiano con el que coincidí casi todo el final del Camino, durmiendo en polideportivos y con el que pase muchas horas hablando los últimos días.

Mucho tiempo y mucha gente, pero nunca demasiado/a. Al principio, los primeros días hubo muchos momentos en los que me sentí sin tiempo, animo o fuerzas para llegar hasta el final. Y eso me desilusiono un poco. Pero según pasaron los días, vi que las piernas me respondían bien. Ahí empecé de verdad a disfrutar, y aunque en muchos momentos me venía a la cabeza la sensación de querer acabar cuanto antes, la mayoría del tiempo se me paso volando, por estar haciendo algo que quería hacer y que además, me estaba saliendo bien.

Y así, conseguí llegar a Santiago de Compostela habiendo salido desde Jaca, a los pies de los Pirineos. Tras recorrer alrededor de 830 km, atravesando las provincias de Huesca, Navarra, La Rioja, Burgos, Palencia, León, Lugo y La Coruña; y de andar por caminos de cabras, calzadas romanas, arcenes, carreteras, bosques, páramos, riberas, campos de cereal, montes y ciudades. Y todo ello, cargando con una mochila de unos 12 kg, y después de perder 3 kg y medio de peso (ya que en el fondo, mi nutrición se basaba en la pasta con tomate, las latas de albóndigas y las de melocotón en almíbar).

Muchos a los que conté mis planes me dijeron (y otros no lo dijeron, pero seguro que lo pensaron), que no podría terminarlo en solo 23 días. Y tenían razón, porque al final solo necesite 22. Y esto, personalmente me hace sentirme muy bien, porque he visto de lo que soy capaz, y también de lo que se escapa a mis posibilidades.

Por último, os agradezco a todos los que me habéis ido llamando de vez en cuando, o simplemente me habéis escrito un email o sms, porque en ese momento, el camino se me ha hecho más corto y menos duro. Gracias también por los consejos que dos de vosotros, que ya habíais vivido esto, me habéis ido dando. Gracias a Bea, que primero desde Inglaterra y después desde su pueblo perdido de la mano de Dios, me ha acompañado todos los días y me ha dado el apoyo necesario para poder terminar esto. Gracias a mi padre, que me ha demostrado que él sabía que podía hacerlo desde que empecé, incluso en momentos donde el que no creía en sí mismo era yo. Y por supuesto, gracias a mi madre, porque desde donde está, me ha empujado en las subidas, y me ha sujetado en las bajadas.

El Camino de Santiago no termina en Santiago. Al final, es como una maqueta a escala de lo que es la vida, con días malos y otros muy buenos, atravesando baches pero aprendiendo de ellos, llegando a comprender de verdad el valor de lo que nos rodea, pero no quedándose parado cuando todo parece fallar. Hay que seguir caminando, todos los días.

“El Camino es así, un día crees tocar el cielo, y al siguiente te duelen todos los huesos”

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