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Λ

Sosiego en el Camino

Venia notando desde hacía un buen rato una ligera molestia en el pie, no hacía más que centrar toda mi atención en el dichoso pie, y me aparté del camino en una zona verde con una hierba alta y fresca.

Me quité las botas y como si fuera un acto reflejo me dejé caer.

No puedo expresarlo de otra forma mejor, dejarme caer. Que sensación más placentera, no tener nada que hacer, nada en que pensar, ninguna preocupación que te altere, nada, simplemente nada. Como diría mi sobrino, encefalograma plano.

Escuchaba a los caminantes pasar. Sus pasos tan distintos. Unos rítmicos y fuertes, otros tranquilos, otros suaves, otros tan enérgicos, queriendo llegar a Santiago pronto, con ansiedad de fin.

¿Cuántos pasaron?. Fueron unos cuantos la verdad, y yo allí, tranquila, escuchando su paso, sintiéndolos como hermanos, compañeros de un viaje en el que puede que nunca nos vayamos a encontrar.

Pasos distintos y vidas distintas. Las suyas, la mía. Tantas vidas solas o acompañadas caminando este amable y a la vez duro camino.

Seguía tirada en la hierba, abstraída del mundo, enteramente dedicada a mi, en un puro sosiego en el camino, un momento de paz que me llenaba tan profundamente, que dudo que esta sensación la pueda olvidar. Espero que no la olvide, porque quiero recordarla cuando vuelva, quiero poder sacarla de mis recuerdos cuando la necesite, cuando el ruido me ensordezca, cuando el trabajo me hastíe, cuando la gente me agote... Quiero sacar este sosiego cuando yo quiera, cuando mi alma lo necesite, cuando tenga que transmitirlo a quien lo busque.

Vienen ahora un grupo de caminantes, que alegría traen, se vienen riendo de algo. Y no puedo evitar que se pinte en mi cara una sonrisa, y pensar, madre mía que algarabía.

Decido que es un buen halo para seguir, que mejor estela para andar que la de la alegría.

Me pongo las botas, las anudo con mimo, me levanto pletórica y me pongo mi pequeña mochila. Cojo mi bastón y salgo al camino. Miro para atrás y les digo adiós, no solo al camino andado, sino a otras muchas cosas que allí quiero dejar.

Con la mirada hacia Santiago, doy mi primer paso, voy ligera, muy ligera, porque he notado por fin, que mi mochila, la de la vida, ha dejado caer un peso que no le correspondía.

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