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Una historia en (la cuneta) el Camino

Bueno, pues te lo cuento rapidito (que ando con prisa), resulta que nos pusimos el mundo por montera el abuelo Wenceslao y un servidor de tal modo que nos pusimos manos a la obra para hacernos el Camino de Santiago. Pero no hasta la Catedral, que va, nos llegamos hasta donde el viento da la vuelta, ya sabes, allá por la que llaman Costa da Morte.

¿Qué por qué? Pues porque llegó la hora. Porque se nos juntaron la muerte de la abuela con los recuerdos del abuelo y se nos agarraron a las tripas. Así que nada, nos cogimos (la urna) unas mochilas que nos dejaron tus primos de cuando suben a la montaña y a gastar suela pisando tierra. Pero no creas que fue andar por andar, que no estamos para esos menesteres, fue una experiencia espiritual que dijo don Pedro, aquel cura que marchó para el sur porque los inviernos en Castilla le estaban matando. No, el vino que se arreaba por las tardes no, era el cierzo... que se le metía hasta las entretelas, según contó.

¿Qué cómo nos fue? Pues ya sabes, de todo hubo, como en la viña del Señor, que lo mismo nos tirábamos jornadas enteras amortajados de calores prietos como nos llovía como si se viniese el cielo abajo. Pero bien, Wenceslao aguantó como solo se aguanta para dar cumplimiento a las promesas buenas, esas que te haces a ti mismo; Y claro, no las puedes dejar sin cumplir porque las cargas a la espalda como alforja cargada de cosas pendientes y te encorvan la vida. Y no olvides nunca que el abuelo fue conocido en el pueblo por no doblar el lomo ante nadie. Ni siquiera lo consiguió ante aquel patrón que tuvo, el mismo que no contento con hacer fortuna del estraperlo se pavoneaba por las calles del pueblo hasta el mismo día que apareció astillado en la cuneta. Lo más curioso es que, si tenemos en cuenta el poder que atesoraba, no apareció jamás el culpable y para fiestas de la Virgen ya andaba todo el pueblo pendiente de la romería, con lo que se olvidó el tema.

Dicen que lo mejor del Camino son las amistades que haces, que a base de compartir cansancios, hambres y ampollas, se afianzan en los corazones de los peregrinos los rostros de quienes comparen tramos de esta nueva peregrinación en que se ha convertido el sendero. Pero nosotros no, que el abuelo no veía sino falangistas y gentes que, según palabras propias, andaban purgando pecados que nadie conocía, pero que todos intuían; Y por eso se mostraba reacio a compartir el pan y el queso que nos proporcionaba las fuerzas necesarias para continuar.

Y fíjate, tuvimos que llegar a Fisterra (que es como llaman los gallegos al fin de la tierra) para ser testigo de la única vez en que al abuelo se le llenaron los ojos de lágrimas, que hasta el día que murió la abuela (a fuerza de apretar la mandíbula) consiguió terminar la jornada sin soltar una sola. Y fue al momento de desparramar las cenizas en el borde del acantilado, viendo como marchaban hacia el mar de los recuerdos. Y te digo más, que no quede por contar, que tuvimos que pasar (de regreso al pueblo) por la Catedral de Santiago para ver al abuelo con la boca llena de sonrisas. Sí, ya sé que cuesta imaginárselo sonriendo, pero sucedió como te lo cuento, y es que, sentado frente al altar, no pude evitar oírle decir (en susurros) 'que Dios me perdone, que el Vitoriano ya no puede'. Y se me representó, lo mismo que un cuadro de Goya, la imagen del Vitoriano. Astillado en la cuneta y con la baba seca rodeándole la bocaza que se gastaba. Semana y media antes de las fiestas de la Virgen.

En este momento me pongo tierno como filete de babilla, pues el laberinto que conforma la memoria encuentra la salida a los recuerdos de aquel viaje que realizaron el bueno del abuelo y mi tío Miguel hace ya más de cuatro inviernos. Si viajar es vivir, aquel fue el comienzo de una nueva existencia. Una, me refiero a la vida, donde comprender que gastar un poco de nuestro tiempo con quien apenas dispone ya del suyo es guisar un potaje que sacia los rugidos que provoca el día a día y provocan ese regusto en las tripas similar al hambre atrasada. Y ahora se me clavan como alfileres los momentos que vivieron juntos y que, a base de escuchar al tío relatarlo una y mil veces sin aburrir jamás, me permiten ser testigo de excepción del momento en el que los dedos del abuelo (curtidos por mil veranos de duro trabajo en la vendimia) mecieron la urna que se convirtió en el tercer viajero de aquel verano.

Por eso hoy, que mi abuelo Wenceslao es ya un silencio que nos rodea (hundido bajo la tierra del pueblo que solo abandonó en una ocasión), siento que aquel viaje, en el cual pudo despedirse de la abuela que (años atrás) supo que la maldad puede vivir en la casa de enfrente fue el segundo viaje más importante de mi vida. El primero es el de decir adiós al pueblo amortajado por la certeza de no regresar, aunque siempre lo llevaré, me refiero al pueblo, clavado al pecho y metido entre las uñas. Lo mismo que el recuerdo de los abuelos.

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