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Λ

Un final difícil de olvidar

Cada vez que hago el Camino voy escribiendo un diario.

Esto es lo que escribí de la última etapa del Camino Francés.

30 de agosto de 2008. Monte do Gozo-Santiago de Compostela

Nervios, calor, ruido. Ha sido la peor noche que he pasado en todo lo que va de camino, asi es que levantarme no supone ningún esfuerzo, al contrario, estoy ansiosa de hacer la mochila por última vez y ponerme andar.

He salido con Pepe. El ritmo es vivo. Vamos charrando de mil cosas porque, aunque hemos coincidido andando estos dias, nunca nos hemos parado a hablar.

Él es un peregrino veterano, así es que me dejo guiar.

Hemos dirigido nuestros pasos a la estación de autobuses. Hemos comprado los billetes de vuelta a casa para ese mismo día y dejado las mochilas en consigna.

Con solo la capa y la riñonera puestas vamos otra vez en busca de nuestras amigas las flechas amarillas que nos llevarán hasta la catedral de Santiago.

La lluvia arrecia pero yo difícilmente puedo correr.

La emoción es palpable. Me siento liberada sin el peso de la mochila a la espalda.

Estoy feliz por haber llegado a mi destino.

Ya estoy pisando los adoquines de la plaza del Obradoiro. Me dirijo hacia los soportales para contemplar la magnifica visión de la fachada de la catedral.

No hay palabras.

Un abrazo a Pepe y una risa nerviosa son la manifestación de mis sentimientos.

Pepe comenta que lo mejor está por llegar, pero yo discrepo, lo mejor está pasando aquí y ahora.

Más tarde llegará lo que él dice, el abrazo al apóstol, pero es que yo he hablado tanto con Santiago en cada iglesia donde encontraba su imagen por los pueblos que he pasado, que ya no hace falta verlo en la catedral.

Nos hemos hecho las típicas fotos que intuyo que todo peregrino se hace.

Y sigue lloviendo, pero no me importa, yo también estoy llorando.

Entramos en la catedral y vemos con pena que el pórtico de la Gloria está siendo restaurado. Nos asomamos como podemos y vemos su grandeza.

Se respira paz en la catedral. En el interior apenas hay unos cuantos peregrinos que cumplimos con la tradición de abrazar al Santo y visitar su tumba.

Me embarga la emoción. Apenas hablo porque solo tengo ganas de llorar.

Pepe me mira, me habla y sonríe. Entiende lo que siento porque antes lo sintió él.

Ya solo nos queda el último rito que cumplir, ir a por nuestra tan merecida Compostela.

Con un poco de retraso, por una avería informática, han abierto la puerta de la oficina del peregrino. Hemos subido contentos la escalera y tras enseñar la credencial y contestar cuál es el motivo de la peregrinación nos han entregado el tan ansiado premio.

La sonrisa no me cabe en la cara y la satisfacción es infinita. Casi me pongo a llorar cuando al bajar las escaleras en dirección a la calle nos han dado la enhorabuena los otros peregrinos que esperaban su turno.

Son alrededor de las 9:30 de la mañana y acabamos de ser conscientes de que hoy todavía no hemos desayunado.

La necesidad física ha quedado en un segundo plano pero ahora ya nos toca desayunar.

Mi móvil comienza a recibir las contestaciones de los amigos a los que he enviado la noticia de mi llegada a Santiago. Son las personas que a lo largo de los días me han mandado su apoyo y su ánimo.

Alrededor de las 11:30 ya nos ubicamos estratégicamente en la catedral para oír la misa del peregrino y presenciar el vuelo del botafumeiro.

Silencios compartidos y lágrimas reprimidas nos acompañan hasta el momento en que Pepe se va a coger su autobús.

Dos besos y una frase:\"me alegro de haberte conocido\" nos sirven de despedida.

Cuando me quedo sola los recuerdos afloran, se hacen presentes. Y hablo con Santiago y le cuento lo que han significado en mi vida estos días. Le agradezco todos los momentos vividos hasta llegar aquí, los buenos y los no tan buenos.

Estoy feliz, dichosa, siento una paz inmensa, como nunca la he sentido.

Salí de casa sola pero nunca he sentido la soledad.

Deambulo por las calles de la ciudad sin dirección concreta. Saboreo el día, el lugar y el cese de la lluvia.

Me encuentro con muchas caras conocidas: Marta, la catalana, el húngaro, la pareja de jóvenes madrileños que aparecían y desaparecían en el camino, al matrimonio sevillano, tan guapos los dos y tan arreglados que me ha costado reconocerlos.

Es curiosa la situación de saludar a tanta gente conocida en una ciudad a la que acabo de llegar.

Mis pasos me llevan de nuevo a la plaza del Obradoiro. Me siento en medio de la plaza y observo a los peregrinos. Ya no se oyen quejas sobre dolores ni ampollas en los pies, ahora todo son risas y alegría.

Un último adiós al apóstol. Le reitero mi gratitud y le prometo no olvidar el Camino.

Después de finalizar el Camino Francés han habido otros caminos, todos distintos entre si y todos inolvidables.

Este año no podré volver pero espero que en el futuro sigan habiendo muchos más.

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