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11 de abril

Son las 08:00 de la mañana del 11 de Abril de 2014 después de 6 años de excusas o circunstancias de causa mayor salgo desde mí casa en Madrid dirección Santiago, al final sería dirección Finisterre. La primera prueba me la encuentro en el puerto de la Fuenfría, a los seis kilómetros de ascensión mi tendón rotuliano dice stop, llevo desde el año 92 con problemas de rodilla, pero eso es otro relato que no viene al caso, me bajo de la bici y empiezo a subir andando decidiendo que hacer, a las tres horas consigo llegar al final de la ascensión y una vez arriba hasta Segovia es todo bajada así que para que parar. Al levantarme por la mañana parece que todo está arreglado, recargo fuerzas y comienzo la segunda etapa, errorrrrr, pasados diez kilómetros comienzan los dolores insoportables y he de parar, unos kilómetros más adelante veo una farmacia y recargo los bolsillos con calmantes que me acompañarían hasta el final. Seguía siguiendo las flechas amarillas hasta que dejaba de verlas y me encontraba perdido, gracias a las nuevas tecnologías me descargué un mapa en mi teléfono que al menos me indicaba la dirección a seguir, hasta Sahagún realicé mi propio camino ya que no sabía la mayoría del tiempo donde me encontraba. Esta parte la pasé en solitario el 80% del tiempo, salvo dos peregrinos de Madrid que encontré en un albergue el resto de mi camino lo realicé en solitario. Camino llano y desolado me acompañaban todo el rato, pero ya lo dice el dicho, ancha es Castilla. Al comenzar la parte del camino Francés la orografía cambió y la llanura dio paso a montes que la verdad no me apetecía subir ya que la rodilla protestaba todo el rato, llegar a la Cruz de Ferro fue una odisea y eso que no sabía lo que me quedaba por delante, O Cebreiro. Kilómetro tras kilómetro conocía gente de todos los lugares del mundo y cada uno tenía algo que contar, algunos con ampollas que parecían túneles en la piel y que no querían parar, después de ver eso lo mío no era tan gordo aunque quizás si lo fuese y yo me negase a verlo, el caso que cada vez estaba más enganchado y no podía parar. O Cebreiro se alzaba frente a mí y es cuando me di cuenta de lo que me esperaba, paré a pensar un rato y al final no pensé nada, comencé a pedalear al lado de un ciclista de la zona y entre charla y charla cuando me avisó llevábamos la mitad de la ascensión, es cuando me di cuenta de que estaba exhausto y necesitaba parar, la otra mitad fue un infierno, pero cuando terminé de subir pensé, al final era menos de lo que pensaba, jajajajajajaja. Me senté en una piedra a contemplar las vistas y me di cuenta de lo afortunado que era de estar en ese enclave maravilloso, donde sólo se escuchaba el sonido del viento. Seguí avanzando recreándome con las vistas y con los personajes que conocía con mis pedaladas día a día y sin darme cuenta me encontré en la plaza del Obradoiro, mi sorpresa fue que no sentía nada especial, salvo que había llegado después de ocho días pedaleando a dicha plaza, decidí seguir hasta Finisterre y ver el mar, estas dos etapas las recuerdo mejor que ninguna ya que mi rodilla ya no quería seguir, de echo el primer día a los 34.5 kilómetros me bajé de la bici y unos amigos que viven en una aldea maravillosa a 12 kilómetros de Santiago me tuvieron que recoger, por la noche me metieron en un bidón con agua helada hasta la cintura y por si era poco fueron metiendo hielo hasta que mi piel se volvió roja de la congelación, pero lo mejor es que mis piernas, músculos, tendones y demás cosas que tenemos por dentro lo recibieron como un vaso de agua en el desierto. Al día siguiente me dejaron en el lugar que me recogieron y terminé los 39 kilómetros que restaban. Llegando al kilómetro cero del camino en el alto del faro de Finisterre decidí parar a escasos cinco metros y darme la vuelta, no tenía sentido acabar el camino después de lo que había sufrido, tenía que dejarlo incompleto y poder disfrutar del momento de no terminar el camino, la mejor decisión, me han tachado de loco por hacer eso, pero como siempre he dicho es mi camino y hago lo que creo oportuno, no me arrepiento. 144 días después de eso en un viaje en coche que empezó en los Lagos de Covadonga y que por casualidad me llevaron por toda la costa Cantábrica y Galicia, llegué de nuevo a Finisterre, al encontrarme en el mismo punto decidí terminar el camino, los cinco metros de espaldas y bailando. A fecha de hoy sigo con la rodilla mal, sin poder entrenar y sin que me digan los médicos donde está el problema, pero mereció la pena. Lo mejor del camino TODO, lo peor NADA. Sólo sé que hay un camino por cada persona y que cada uno tiene el suyo.

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