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El camino no acababa en Santiago

Uno de los objetivos más apasionantes que me había planteado en mi vida siempre fue el hacer el camino de Santiago. No era ninguna promesa, ni ninguna obligación, era un reto personal. Por lo que el 2 de Agosto de 2012 me propuse hacer 9 etapas del camino partiendo desde Ponferrada para llegar a Santiago en menos de 9 días. Tenía por delante 200 kilómetros. ¿Prisas? No, quería desconectar la mente, disfrutar de la experiencia y del paisaje, pero en 7 días era el primer cumpleaños de Rodrigo, mi hijo pequeño.

Armada de mi mochila y de las cosas indispensables para cualquier peregrino fui recorriendo kilómetros, conociendo a gente, y guardando en mi mochila todo tipo de experiencias, vivencias y anécdotas.

Al poco de iniciar el camino, empezamos a adelantar gente, cruzas la mirada con desconocidos, sonríes a gente que te resulta agradable, y aun siendo largo el camino conforme van pasando los días vas viendo caras conocidas. Compañeros de viaje que no escoges pero que van en busca del mismo destino que tienes tú.

Una de las personas más curiosas que conocí fue un hombre de Badajoz. Rondaba los 70 años, su pelo era largo y canoso al igual que su larga barba. Era imposible no sentir ternura por él. Lo conocimos a lo largo de la primera etapa, y al finalizarla en el albergue de Pereje nos contó que estaba recorriendo el Camino Mozárabe. A pesar de recorrer distintos caminos coincidimos con en varias ocasiones a lo largo del camino. Para nosotros era el reflejo del apóstol que no seguía a la lejanía, pero que nos acompañaba en la travesía. El pararía en Santiago, pero su camino no acababa allí, su final estaba en Finisterre.

Seguimos las etapas, y concretamente la que me hizo pasar la tercera noche en mi trayecto, diluvió. Calada hasta los huesos y, por si fuera poco, para rematar el día no encontré alojamiento en el albergue al que llegué. ¡No me lo podía creer! ¿Qué podía hacer? Más agua no me cabía en la ropa, y sin lugar donde poder pasar la noche. Empecé a preguntar a varias personas, hasta que una de ellas me informó que unos kilómetros más adelante había otro albergue. Era tarde, estaba cansada, dudaba de cómo me iban a recibir, y si mi cuerpo sería capaz de resistir recorrer más distancia, o si el agua que habitaba en mi indumentaria me pasaría factura al día siguiente. La noche se nos empezaba a echar encima y buscaba un lugar nuevo en el que no sabía si iba a encontrar sitio. Por primera vez en lo que llevaba de camino el pesimismo empezaba a apoderarse de mí.

Costó, pero llegué, encontré un sitio donde poder dormir, y empecé a ser consciente que a través del camino el esfuerzo diario empezaba a verse recompensando, aunque simplemente fuera encontrando un lugar para no dormir al raso.

Al final me alegré de haber tenido que buscar otro alojamiento diferente al que tenía pensado en un primer momento. Allí nos recibió una mujer mayor, entrañable, una de esas personas que merece la pena conocer. Ese tipo de gente que a pesar de ser desconocida, te reciben con una sonrisa en la cara sin pedirte nada a cambio. Nos acogió, nos cambiamos de ropa, y la mujer nos ayudó a secar todos nuestros enseres. Para extraer el agua de mis zapatillas utilizó un truco que jamás olvidaré. Me hizo darle mi calzado, y empezó a arrugar hojas de periódico haciendo bolas e introduciéndolas dentro de ellas. Mano de santo, en este caso no del apóstol, sino de mi nueva amiga.

En todos los días que estaba durando el trayecto nunca había dormido tan a gusto como lo hice en esa casa. Todo olía mejor, hasta el desayuno sabía mejor. Por si fuera poco la mujer no quiso cobrarnos nada, pero no podíamos abandonar aquel lugar sin demostrar nuestro agradecimiento, y la única manera de hacerlo era de una forma económica.

El camino se sucedía, y cada vez me iba sintiendo mejor, más animada y con más fuerzas para cumplir mi desafío propuesto. El tiempo acompañaba y mis pies se estaban portando muy bien. Ninguna rozadura, ni ningún gesto de dolor, esperaba que así fuera durante las pocas etapas que me quedaban.

Y sí, culminé la novena y última etapa en seis días. Pisé Santiago, mientras callejeaba por los adoquines que te acercan hacía la Catedral, notaba como se me iba erizando el vello, como un grupo de mariposas revoloteaban por mi estómago. No podía pensar, eran tantas cosas las que pasaban por mi cabeza en ese momento, muchos recuerdos y muchas imágenes que la única forma de expresarlas eran a través de las lágrimas que empezaron a cubrir mi rostro en cuanto vi asomar al final de una calle la plaza del Obradoiro. Llegué, vi la catedral, me perdí entre los peregrinos, rodeada de ellos y de turistas me pude sentir única, como si no tuviera a nadie a mí alrededor. No me dolía nada, no me dolían los pies, no me tenía ninguna molestia. ¡Increíble! ¿Mi meta? El camino es la meta, y no acababa ahí, porque lo mejor de todo ello más allá de la satisfacción personal de haber hecho el camino, lo había logrado en menos tiempo del propuesto, y si por algo podía estar contenta era que el día siguiente, el 8 de Septiembre, estaba invitada a uno de los cumpleaños más especiales de mi vida y no iba a faltar. ¡Felicidades Rodrigo!

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