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Λ

Una piedra en el Camino

Isabel y dos amigas empezaban el Camino de Santiago en Roncesvalles. Habían dormido en el albergue y estaban a punto de hacerse una foto junto al cartel que indica: Santiago de Compostela, 790 km. En ese momento, Alejandro llegaba con dos compañeros en taxi. Siempre conquistador y atento a la jugada, se acercó ofreciéndose a hacerla. -Saldréis las tres juntas- justificaba, pidiendo a continuación, el mismo gesto con ellos. Luego, ellas emprendieron ruta hacia Zubiri deseándoles Buen Camino y ellos, en dirección contraria iban a desayunar y conseguir su primer sello en la Compostela.

Saliendo de Burguete las chicas se cruzaban con un paisano que se dedicaba a abrazar, con cara dura, a toda peregrina que no lograra evitarle. Llegaron a Bizkarreta con calles en obras, tomaron un café en una terraza del centro del pueblo. Al irse Isabel golpeó sin querer, con su bota una pequeña piedra piramidal de color gris y grana que mal rodando alcanzó uno de los poyetes de granito que delimitan la plaza.

Los chicos llegaban después, las mesas del bar llenas. Alejandro se sentó en un poyete de la plaza para ajustarse un calcetín, clavándose al descalzarse una piedra pequeña de color gris y grana. Molesto la cogió para lanzarla lejos, pero al mirarla le atrajo y se la guardó en su bolso de mano con los chicles y el móvil.

El siguiente tramo es angosto; hay que caminar en fila india, favoreciendo la broma de colocar en la mochila del que va delante algún ?suplemento?. Así fue como recibió David, algunas piedras de sus compañeros incluyendo la pequeña piramidal. Cuando llegaron a Espinal y pararon en una fuente, descubrió la picia, lanzando a los campos las piedras y a los amigos unas letanías no repetibles; iba a tirar la última, pequeña de color gris y grana, la estaba mirando, momento que aprovechó Alejandro para arrebatársela y guardarla con la excusa de que la llevaría el resto del Camino para compensar la guasa. David aprobó el gesto.

Un gris chirimiri refrescaba la jornada. Las chicas alcanzaban, después de resbaladizos ascensos y descensos por los húmedos bosques de la zona, el Alto del Erro donde un bar-móvil avituallaba a los peregrinos. A punto de continuar, llegaban los chicos. Mutua alegría y Anne, sorprendida preguntaba ¿Cómo iban sin mochilas? Pedro contestaba que El Camino se puede hacer: andando como vosotras, en bici como ésos; señalando a dos ciclistas pertrechados como Robocop; y hasta en burro, pero nosotros lo hacemos en taxi, aclaraba que uno de ellos tenía un corazón maravilloso, pero con algún problemilla de uso, no podía llevar peso y otros dos se amoldan, concluía sonriendo.

Alejandro, que se había ausentado un momento entre los árboles, sacó la piedra gris y grana de su bolso y en un acto muy suyo, escribió con un permanente su número de móvil en una de las caras: 687...

Continuaron hacía Zubiri. Encarnita caminaba con David mientras recordaban, como en un concurso, las nacionalidades de peregrinos que habían ido conociendo durante la jornada: Canadienses, sur-coreanos, italianos, barceloneses, alemanes, malagueños, portugueses, islandeses, etc.; luego Pedro y Anne, que acordaban que un camino por el que han pasado miles de peregrinos durante cientos de años tenía que emanar una fuerza especial, que por eso era un ?Camino Mágico?; y por fin Alejandro cerraba el grupo con Isabel, a la que caballerosamente le pidió llevarle la mochila, mientras hablaban de las oportunidades fotográficas del viaje, introdujo en la misma, la piedra piramidal, gris y grana. Era su tarjeta de visita.

Al llegar a Zubiri, en la joroba del Puente de la Rabia, se hicieron mutuamente las fotos de unas y de otros. Iban a hacerse la de ?los chicos con las chicas? cuando entraba en el puente, con claro alboroto, un burro con sus alforjas plenas, que precedía a un peregrino que indicaba con gestos y silbidos que se apartaran para que pudiera pasar el jumento, y él claro.

Por fin se hicieron la conjunta. Cómodos y abstraídos, disfrutando de uno de esos momentos felices que ofrece El Camino. Pero Pedro, cabal, rompía el hechizo diciendo:

-Siento recordaros que el taxi nos estará esperando en el atrio de la iglesia de San Martín para llevarnos a Pamplona.

-?Bienvenidos al mundo real?- Apuntó David, cual personaje de Matrix.

General decepción, unos besos de despedida. Las chicas se fueron hacia el albergue. En el taxi, hacia la capital, ellos recordaban los momentos vividos en la densa experiencia del día. David rompía el silencio:

-¿Seremos tontos?, no les hemos pedido el teléfono- La pregunta quedó sin respuesta; silencio sepulcral en el coche.

Las chicas, ya en el albergue, deshacían sus mochilas. Isabel introdujo la mano en la suya y tropezó con una piedra pequeña piramidal de color gris y grana. Sorprendida la volteaba arriba y abajo dubitativa. Encarnita, arrebatándosela, la mostraba a sus compañeras por una de sus caras en la que aparecía escrito un número, afirmando:

-Esto es un teléfono.

Isabel, ágil, cogía su móvil y ordenaba a su amiga.

-¡Dicta!- marcando. 687?

El tristón ambiente del taxi se alteró con la llamada. Alejandro, azorado, cogió su móvil y contestaba:

-¡Dime!

Isabel, tragando saliva, preguntaba:

-¿Eres? Alejandro?

-Sí, soy yo. ¿Y tú quién eres?

-Soy Isabel.

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