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Un cruce de vidas

Ayer, la lluvia se guardó en las nubes que, aunque amenazantes, no se atrevieron a derramarla sobre dehesas y caminos. Hoy, en cambio, ha amanecido con un sol espléndido.

A pocos metros de la última casa del Real de la Jara, el arroyo de la Víbora divide dos comunidades y dos provincias: Sevilla y Badajoz.

El paso sobre el arroyo es un vado de cemento con poca agua habitualmente, pero iba crecido, y hube de descalzarme, colgar las botas al cuello y pasar despacio, porque la corriente era fuerte.

Al otro lado, los restos del castillo de Las Torres hablaban del pasado santiaguista de Monesterio, mi destino por hoy, en esta Vía de la Plata que recorro.

El sendero se mostraba ancho y cómodo, atravesado por frecuentes regueros de agua y bordeado por una explosión de vida vegetal cuyos colores acentuaban los rayos del sol. ¡Un auténtico placer, caminar en esas condiciones!

La ermita de San Isidro, más o menos a mitad de jornada, significaba el final del sendero y el comienzo del asfalto, a cuyo borde izquierdo una estrecha vereda serpenteaba entre zarzas y eucaliptus hasta el paso bajo la autovía, momento en el se había de abandonar la carretera para bajar a la pista de tierra que sube al puerto de la Cruz, muy cercano ya a Monesterio.

En esta zona tuvo lugar un suceso que aún recuerdo con pena.

Vi venir a lo lejos una figura negra. Era un perro de mediana alzada que caminaba muy despacio. Algo le pasa, pensé, y me acerqué a él.

El animal estaba en los huesos. Esto suele ser una frase convencional para indicar delgadez, pero en este caso era absolutamente realista. Su paso cansado y su mirada inmensa me conmovieron. Le acaricié la cabeza, y él la levanto, mirándome con aquellos ojos profundos en los que, junto a un hambre desesperada, se agitaba el fatalismo de un destino y, al mismo tiempo, la esperanza de que yo pudiera evitarlo. Pero no llevaba nada de comer en mi mochila. Absolutamente nada.

Mantuvo la mirada unos segundos, los suficientes para convencerse de que yo era como los demás humanos que lo habían reducido a ese estado, y, agachando tristemente la cabeza, salió despacio de la pista y se internó poco a poco en los campos.

Pensé en llegar al pueblo, comprar comida y volver, pero faltaban dos kilómetros y medio, más otros tantos de vuelta. Era toda una hora, en la que sería difícil localizarlo de nuevo.

Lo dejé ir llevándose su muerte, y me quedé con una marca que nunca desaparecerá del todo, porque, pensando en ello más tarde, vi que en mi desistimiento había también una gran parte de conveniencia de no alterar el orden de mi camino.

Un acto de cobardía, en suma.

Continué hacia Santiago con un peso aún mayor que el de la mochila.

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