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Almas del Buen Camino

Entonces el Camino de Santiago no era como ahora. Yo lo hice por primera vez en los 50, fíjate si ya pasó tiempo. De mi vida olvidé muchas cosas, de hecho la mayoría, pero curiosamente de aquella peregrinación recuerdo casi cada paso. Podría contarte tantas historias que aún vendría otro invierno y seguiríamos aquí, a la orilla de este río Tuerto... Qué sé yo, será porque baja con un ojo cerrado para no ver al Teleno en la distancia y sentir morriña de su infancia. No te apures, que hoy también te voy a contar una historia del Buen Camino. Escucha.

Del otro lado del puerto de Foncebadón, las gentes no son como aquí, allí son más abiertas y parlanchinas. Los maragatos somos más introvertidos y recios, yo diría que somos como la cecina a la carne, y por eso la de Astorga es la mejor. Pues bien, no andaría ya muy lejos de Villafranca del Bierzo cuando me alcanzó una tormenta que a poco acaba allí con mi aventura. En aquel tiempo no había tanto albergue como ahora, pero las casas estaban abiertas a cualquiera. Era además invierno, cuando las noches crecen a la par que menguan los trabajos del campo, y los vecinos del pueblo velaban la agonía de la naturaleza en lo que llamaban filandones. Acudían como limaduras atraídas por los imanes en que se transformaban las cocinas de hierro fundido cuando el fuego ardía en sus panzas, sólo visible al abrir la bocona para tragar otra cucharada del mineral que sacan de las entrañas negras de sus tierras. Resultó que el filandón de Nuncia, que así se llamaba mi anfitriona, era el más concurrido, quizá porque ella todavía seguía haciendo la lumbre en el suelo, en el centro de la única estancia de una casa que olía a botillo. Los mayores se sentaban en un par de escañiles; ellos encorvados hacia el fuego, y ellas haciendo punto. Los niños y jóvenes lo hacían sobre tayos, que eran rodajones de madera de roble, o directamente sobre el suelo de barro duro pero cálido. A mí me cedieron un tayo próximo al fuego y me cubrieron con una especie de colcha de ganchillo muy colorida. Aquellas gentes contaban historias de moras encantadas, describían el fabuloso tesoro que la princesa Lucerna dejó enterrado por los alrededores, y discutían sin fin sobre la historia de la espada de Roldán que aparecía en las noches de San Juan sobre un lago próximo. También hablaban, con la voz a la altura del crepitar, de los muertos, y de la Guerra. Y así iba transcurriendo la velada hasta que Nuncia, viéndome ya sin tembleque, me pidió que contase yo también algo, pues siendo un peregrino suponía que me habrían sucedido historias dignas de ser compartidas en torno a aquel fuego. Decidí contarles la última, la que me había acontecido apenas dos días antes en un pueblo próximo a la Cruz de Fierro. Por cierto, ellos insistían en que se dice Ferro, y es que en el Bierzo hablan un dialecto que a veces parece música celestial y otras un conjuro endemoniado. En fin, que les di la razón y evité mencionar nombre alguno para no soliviantar de nuevo a los presentes...

Cuando cruzaba las calles desiertas de aquel pueblo abandonado ya me sorprendió que sonase la campana de la iglesia. Luego, mientras descansaba sentado sobre el tapial derrumbado del cementerio, un señor enjuto y vestido de negro apareció de no sé dónde y se sentó a mi lado para soplarme en el cuello. Le sorprendió que pudiese verlo, y como aliviado me contó su historia.

En verano es cuando más peregrinos pasan al lado de este camposanto, me decía. Da gusto verlos, tan variopintos. Me divierte soplarles en el cuello, aunque en invierno prefiero tocar a su paso la campana de la iglesia. Tendría que ver sus caras. Son el tipo de bromas que podemos gastar las almas en pena, lo poco con lo que conseguimos cierto solaz, usted lo sabe bien. Sentado sobre el túmulo de mi enterramiento o sobre este tapial atiendo al paso cansino de los años, como si ellos fuesen también peregrinos, aunque al carecer de cuello pasan frente a mí inalterables a las chanzas.

Esta mañana, encadenada como de costumbre a los restos que se pudren bajo tierra porque nadie vino a echarme unas oraciones ni tan siquiera unas lágrimas, divisaba la loma del camino que viene a mi prisión con la esperanza de otear una víctima que me sacase de la molicie, cuando el corazón ?o lo que sea que nos mantiene muertos? me dio un vuelco. Porque le vi a usted. Me restregué los ojos como a veces hacía en vida y ratifiqué la identificación.

Fue entonces cuando Nuncia me interrumpió. En realidad, se había quedado adormilada ya en la discusión del dichoso Fierro o Ferro y se fue a despabilar justo en ese instante. Todos querían oír el final de mi historia, pero la vieja elevó su voz sobre las protestas para exclamar a quien debía ser su nieta: «¡Nievitas, trai o rosario!». Y, como por ensalmo, todos desfilaron hacia la salida con alguna disculpa.

Mejor así, pues obviamente no podía decirles la verdad, que el peregrino que les hablaba era un alma en pena maragata. No sé, ya se me hubiese ocurrido algo? Por cierto, fíjate qué pinta de guiri ?como os gusta decir ahora a las almas jóvenes? tiene aquel peregrino. Apostaría la vida a que es alemán, ¿le damos un sustito?

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