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Λ

Caballos salvajes

Todas las voces decían lo mismo: No vayas!

Todas las opiniones pensaban lo mismo: Es una locura!

Aún hoy, después de 5 años, me pregunto si lo que pasó fue real o si es algo que mi cabecita soñadora se imaginó (sobre todo cuando la gente me mira con cara de incrédula cuando lo cuento)... la respuesta es fácil: Fue real!

Y así lo hice, contra todo pronóstico y contra todos los buenos consejos, algo dentro de mí me impulsaba, me excitaba, me empujaba a tener otra pequeña gran aventura dentro de la gran aventura que es el Camino de Santiago.

Camino Primitivo, mes de septiembre. El día anterior sufrí un calor insoportable, ya era inmune al dolor, al cansancio, me guiaba por instinto... esa madrugada llovía, hacía frío, la neblina no dejaba ver a más de 10 mts. Decidí desviarme por Hospitales.

La subida no fue tan dura como imaginé, como me habían dicho que sería. Comencé con un pequeño grupo de 5 de los 12 que habíamos compartido albergue en Borres. El resto fue a lo seguro... no, Fue a por su propia pequeña aventura en Pola de Allande.

La lluvia no era cuantiosa, pero era continua.... una "garúa finita" pensé, como dicen en Brasil, y se calaba en todos los rincones de mi cuerpo. Cuanto más subía, más frío, más lluvia y más distancia entre peregrinos. La parejita de asturianos Montse y José iban delante, detrás iba el Sevillano, aunque supe que en cuanto calentara los músculos tomaría la delantera y no pararía hasta llegar al próximo albergue. Lo vería recién a la noche. Detrás y cerrando estaba Daniel, un francés jubilado de 72 años que tenía más juventud y energía que todos y que siempre se demoraba desayunando pero que siempre terminaba por alcanzarnos y hasta le daba tiempo de acompañar durante un buen tramo a todo peregrino que se cruzaba, compartiendo experiencias de los caminos recorridos.

Después de dos horas de subir, de aguantar el frío, el viento y la lluvia y de disfrutar de la soledad...No... de disfrutar de estar conmigo... me detuve bajo un enorme árbol. Sabía que no me iba a proteger pero ahí estaban los asturianos comiendo medio bocata y me pareció buen momento para conversar sobre la etapa. Ellos también sentían como yo que el clima que estábamos soportando era parte del encanto de este lugar y que valía totalmente el esfuerzo. Ellos continuaron. Yo me terminé una manzana y fui detrás. Por momentos la blanca niebla me los ocultaba y de nuevo aparecían, por momentos ellos giraban a la derecha y de nuevo aparecían.

Ahora sí, era yo y el camino. Pensé tanto en este momento! Lo busqué, lo imaginé. El camino y yo. Escuchar la naturaleza, el silbido del viento en contra que te empuja hacia atrás pero te empuja a seguir. Las gotas de lluvia sobre el chubasquero que sabes que da igual tenerlo porque estas totalmente empapada. El frío en las manos, frío que congela. El roce del bordón en las manos congeladas.

Y de repente lo escucho...tum tum... tum tum... tum tum... Era un ruido sordo, como si alguien golpeara sobre la tierra. Me quedé quieta... tum tum... tum tum... Me acordé de las películas que miraba de pequeña los domingo al mediodía, esas de cowboys donde se arrodillaban y escuchaban la tierra para sentir el sonido de los caballos galopando y así saber si venían los indios... tum tum tum tum... los caballos...tum tum... Y ahíi estaban... una manada de caballos salvajes, mojados, corriendo hacia mi... tum tum...

Estaba bordeando la montaña. El camino se estrechaba tanto que solo entraba una persona a la vez. No alcanzaba a ver más allá de un metro pero sabía que un paso hacia la izquierda estaba el precipicio, un paso a la derecha me chocaba con la montaña y un paso hacia delante ya no veía nada. ¿De dónde salieron? Venían de frente... y yo ahora estoy ahí... no hay suficiente espacio... Cómo...?

El cielo comenzó a abrirse, creo que le he dado la vuelta a la montaña. A lo lejos veo a la parejita, cuando consigo alcanzarlos les pregunto: Los habeis visto?... Los caballos?... aparecieron justo detrás vuestro. Eran siete, todos negros, o marrones... la lluvia no me dejaba ver bien... pero había uno, el líder supongo, que tenía una mancha blanca en la cara que le iba del hocico hasta la frente... me miró, yo sé que me miró y cuando se estaban acercando a mí, giró... y los demás caballos lo siguieron. Se quedaron pastando y me dejaron pasar, pero ese caballo negro con la mancha blanca me miró. Me siguió con la mirada mientras yo caminaba por su lado intentando seguir el camino. Me miró y tuve miedo. Me miró y tuve paz.

"Es lo bonito del camino" me dijo Montse, "sólo tú sabes lo que vives en él". Ella me creyó. Lo supe. Fue la única.

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