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Peregrino a Santiago con la luz del corazón

Comparto mi experiencia, esperando te resulte de interés y ayude a no decaer. Siempre adelante. Buen camino.

Con una organización perfecta, de la mano de la ONCE, fuimos 42 peregrinos y 5 monitores. De los 42, 15 ciegos. Además de 4 perros guía que también hicieron Camino con sus dueños.

Los 112 kms que recorrimos en 6 etapas, entre el 29 de agosto y el 3 de septiembre, fueron toda una proeza que nunca creí ser capaz de acometer.

Para mí, el Camino es la metáfora de la vida: desde la ingenuidad y la sorpresa de la niñez, en la primera y los primeros pasos; el crecimiento que forja tu futuro, con los primeros golpes y la confianza que te da el ir avanzando; la adolescencia y la juventud, con los amores iniciales, el despertar a la sensualidad y la belleza del entorno; la primera madurez, que te hace sentir fuerte; la segunda madurez, que apunta el horizonte de la vejez, ya con cierto bagaje y recuerdos; y el final, la senectud, la llegada a la meta de la Luz, el sentimiento de haber culminado con éxito, toda una existencia de ilusiones y retos, de dolor y raíces traicioneras, te sientes bien, tranquilo, has cumplido.

Y comenzó el Camino. De Sarria a Portomarín, qué calor y qué larga se me hizo la etapa hasta llegar al pantano por una cuesta abajo que no acababa nunca y una barandilla con farolas y obstáculos sobre aquél. Me sentía bien, agotado pero contento, no tenía ampollas. Pero llegó la segunda, entre Portomarín y Palas de Rey, ésta fue durísima, mucho calor, mucho asfalto, muy larga, ampollas, dolor, agotamiento, los monitores no daban abasto para curarnos y aún así, desde el complejo de cabañas de madera en que comimos hasta el pueblo, entramos, cual legión de desarrapados cantando a voz en grito. Las siguientes etapas, de Palas a Melide, de Melide a Arzúa y de Arzúa al Alto de Santa Irene fueron más llevaderas y con un entorno de naturaleza mucho más agradable. Finalmente, desde Salceda hasta la catedral de Santiago, con el Monte do Gozo por medio, se hizo interminable también pero entrar por las calles de la ciudad en fila de a dos, con las barras direccionales, los bastones de montaña o blancos y los perros guía, cantando: 'Sí, sí, sí, los ciegos de la ONCE ya estamos aquí'y 'Objetivo cumplido, Camino recorrido'. Fue brutal, la gente nos aplaudía y hacía fotos. Y llegamos al final. La Plaza del Obradoiro nos recibió con la música de gaita y la emoción se desbordó en abrazos de enhorabuenas y lágrimas de felicidad.

¿Que cómo lo hice yo? Miguel, mi guía, amigo de hace muchos años, con problemas auditivos más graves que los visuales _que también los tiene_ cogía su palo de montaña por la punta y yo por la empuñadura, poniéndolo paralelo al suelo. Hicimos así, una improvisada barra direccional, mucho más eficaz que el que yo tomara su brazo o el asa de su mochila a la hora de avanzar. Así, hicimos para superar, con éxito, bajadas de piedras y raíces, cruzar estrechos puentes sin barandilla o subidas interminables.

¿Y mis sensaciones? Toqué un grueso roble y me abracé a él para recibir su energía, toqué piedras centenarias en capillas y cruceiros, toqué hortensias y laureles; escuché trinar de pájaros y mugidos de vaca, escuché el rítmico pisar del grupo al avanzar, escuché la muñeira y el acento dulce gallego; olí aromas a naturaleza y campo, desagradables como el estiércol o las parideras y agradables, esencias naturales a espliego, lumbre o pan de pueblo; y degusté las delicias de la tierra, con su empanada, su pulpo, su ternera y su tarta de Santiago, sin que faltaran ni el Alvariño ni el orujo de hierbas ni la queimada.

¿Y las anécdotas? Nos equivocamos de Camino, una aldeana nos dice, con su acento cerrado. Por aquí no es, ¿es que no vieron la flecha, carallo? En Melide, como pulpo en mesa de madera con una familia, la abuela, los padres y los gemelos de 9 años, que ha venido a pasar el día _es domingo_ desde Coruña, distingo por dónde están ubicados los niños, quién es Samuel y quién Mateo, alucinan diciendo que los que ven nunca los distinguen y yo que no veo, sí lo hago, jajajajaja; unas vacas marchan sin prisa por nuestro camino, hemos de apartarnos y siento un golpe en el brazo, una de ellas me ha 'saludado'con un coletazo, se ve que lo hizo para que me acuerde de ella cuando coma rabo de vaca, jajajajaja; Miguel, mi acompañante, no se cree que hayamos subido al alto de Santa Irene, así que le proponen que conduzca el autobús y tenga por copiloto a uno de los perros guía y que éste, con las indicaciones de sus mano derecha o izquierda, apoyadas en el salpicadero, le vaya guiando, jajajaja; nos llevan a hacer la foto de la puesta de sol en el faro de Fisterra, pero el sol, díscolo, se oculta bajo la niebla, él que nos ha acompañado todo el Camino, supongo que, sabedor de que éramos ciegos, no nos vendría mal su poder iluminador, así que nada de nada, ni foto en Fisterra ni nada que se le parezca, menos mal que luego, en Cee, nos pondremos ciegos a base de mariscos, regados con vino blanco fresquito _ parece ser que a mi copa le ha salido un agujerito en la base porque siempre estaba vacía, jajajaja.

El final: los recuerdos, la Compostela en mi mano y mi nombre en latín, el regreso, la resaca física y mental.

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