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Un antes y un después del Camino

Todo empezó en febrero 2013, cuando mi amiga me insistió en que fuera al Camino de Santiago, la etapa de León a Triacastela, durante la Semana Santa. Me cuestioné si sería capaz de caminar 176,9 km. Pero el gusanillo de saber si llegaría y que sentiría fue lo suficientemente importante para enrolarme en esa aventura. Además, de ser una zona que por motivos sentimentales conozco muy bien. La familia de mi padre es de la zona del Bierzo, más concretamente Lago de Carucedo, a unos 22 km de Ponferrada, la capital del Bierzo Alto. Por lo tanto, tenía proyectado que si no era capaz de realizar todas las etapas y desfallecía en el Camino, no incomodaba, mejor dicho no fastidiaba a nadie del grupo a seguir el Camino, ya que realizaría un alto en la zona para ver a la familia.

El 30 de Marzo emprendí rumbo a León, en tren. Allí me encontraría con mi amiga y el grupo de personas con las que realizó otros años distintas etapas del Camino. Pernoctamos en el Albergue de Peregrinos de León, para mí, el primer contacto de lo que podríamos llamar el "Mundo del Camino". Compartiendo lugar para dormir, en este caso separados hombres de mujeres y un pequeño espacio para desayunar, entre personas de diferentes nacionalidades, edades, en grupos y solas. Pero cada uno de ellos, con su propio motivo de viaje. La primera regla, de este "Mundo del Camino", fue comprobar el respeto por el silencio a la hora de apagar las luces, para dormir, 10 de la noche, y despertar del mismo modo, sin encender las luces, siendo sigilosos a la hora de recoger y sin mediar palabra, respetando el sueño del peregrino que aprovecha hasta el último instante de su descanso merecido.

La primera etapa, empezó a una hora temprana, para no tener que soportar demasiado el calor, como bien sabían los expertos del grupo. Me desperté, pronto, pues bien los primeros movimientos de la gente, no tengo el sueño profundo y envuelta en un mundo nuevo para mí, no me permitió descansar todo lo que me hubiera gustado. Me senté en la cama, dormía en la litera superior, y descendí lentamente hasta llegar al suelo. Cogí los enseres para asearme y me dirigí al baño. Al salir, de la sala de descanso femenino y pasar por la sala masculina, antes de llegar al baño, a mano izquierda, visualicé una pequeña sala donde se encontraban algunas personas realizando curas a sus pies. Me pregunté sí, tal vez yo, al día siguiente estaría como ellos. En esos momentos no me importaba, mi objetivo era asearme y prepararme para mi primer día de experiencia en el Camino. Una vez preparados y desayunados nos pusimos en marcha. Salimos del albergue y fuimos en busca de la señal amarilla, el primer aprendizaje, una señal a seguir a lo largo del Camino. A los pocos metros, tuvimos que hacer un alto para cubrirnos de la lluvia, unas gotas de agua fina y constante que no nos abandonaron a lo largo de las siete etapas. Iniciamos todos juntos el recorrido, poco a poco el paso de cada uno marcaría seguir adelante solo o en compañía. Tuve muchos momentos de soledad, mis pasos y mis pensamientos al mismo compás. Cruzando la mirada cómplice con quien te adelantaba y dirigiéndote con la simple frase llena de connotaciones "Buen Camino". Avanzando poco a poco, cada vez con menos fuerzas pero con la satisfacción de llegar. Una vez finalizada la etapa, y comprobando que quedaban horas de luz y que el camino hasta Hospital de Órbigo no implicaba dificultad y suponía tener adelantado unos kilómetros de la siguiente etapa. Nos pusimos en marcha. Sentía caer la lluvia por mí rostro, pero no me importaba nada, cosa que en la ciudad no soportaba, me sentía cansada a la vez que libre, la naturaleza, mis pensamientos y yo. Al llegar y observar como mis pies doloridos habían soportado mis primeros kilómetros sin ampollas, fue mi primera recompensa al comprobar que querer es poder. Me sentía con fuerzas para seguir adelante, cada vez más se difuminaba en mi pensamiento la idea de no ser capaz de conseguirlo. Después de compartir una merecida cena con otros peregrinos ofrecida por los hospitaleros del albergue, llegaba el momento de descansar para afrontar la etapa del día siguiente. Fueron pasando las etapas, unas más duras que otras por la dificultad pero igual de importantes para mí. De cada una de ellas aprendí, y volví con la lección aprendida que las pequeñas cosas por muy pequeñas que sean son importantes. Al regreso de mi primera experiencia en el Camino, necesitaba volver pronto para seguir llenándome de esa fuerza que te hace la vida mucho más llevadera y te permite valorar aquello que realmente es importante y no tardé, el 31 de agosto emprendí las primeras 7 etapas del Camino del Norte de Hendaya a Bilbao, y así he ido sumando etapas del Camino del Norte más todo el Camino Aragonés. Espero llegar a Santiago el año próximo y ver cumplido, el deseo de conseguirlo junto a la amiga que me ofreció la oportunidad de conocer ese "Mundo del Camino". Por circunstancias de la vida tuvo que hacer un alto en su peregrinaje para afrontar y superar con total éxito una de esas pruebas que te pone la vida. Llegar a Santiago juntas supone la culminación de ganar toda una batalla a la vida, además de una satisfacción completa. Porque el Camino de Santiago te engancha. Cada año necesito volver a él, no importa el clima que te encuentres, lo más importante es lo que te traes de regreso ¡serenidad y satisfacción!.

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