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Λ

¡Estás ahí!

Eso fue lo que le grité a mi interior, aquel que había perdido hace mucho tiempo, lo encontré entre árboles, silencios, cantos de pájaros, mares y montañas, en la soledad del entorno. Estaba manchado y descuidado como lo estaba yo por fuera en ese momento, pero eso no importaba tenía que reencontrarme con él.

Es entonces cuando limpia por dentro y no tanto por fuera empecé a andar con alegría y recogimiento y así eres capaz de vislumbrar cosas, situaciones, acciones e incluso enfermedades que no verías en otro momento.

Esto fue lo que me pasó este año, concretamente en Villalba, encontramos un hombre que padecía un mal de enfermedad, pero como contrapunto era portador de un don inimaginable, era capaz de convertir su desgracia en un bien para los demás. No daré nombres propios porque el anonimato y la sorpresa de quien lo encuentre será el mejor regalo que el camino le otorgue, a pesar de esto, los compañeros y amigos que estuvieron conmigo aquellos días sabrán perfectamente de quien hablo.

Es aquí en personas como esta en quienes realmente reside el espíritu del camino, nos acompañó en nuestra llegada a Villalba, ya que nos quedamos sin plaza en el albergue, nos acompañó hasta el polideportivo que se situaba al final de una cuesta martirizadora después de muchos kilómetros. Nuestro amigo se dio cuenta rápidamente de nuestro cansado caminar y decidió ir a su casa a comer algo mientras nosotros nos duchábamos, para después coger su coche y dar varios viajes recogiendo peregrinos y bajarlos al centro del pueblo a comer.

Se lo agradecimos de forma reiterativa porque su bondad había sido impresionante y cuando nos despedimos no pudimos evitar la humedad de nuestras pupilas.

Al día siguiente cuando partimos a Bahamonde, cual no sería nuestra más agradable sorpresa, que ver que nuestro amigo había decidido conducir los 21 Km y trasladarse de su pueblo para saber como habíamos desarrollado y concluido la etapa, además de interesarse por si nos habíamos perdido, ya que la salida era confusa. Ese día él nos regaló su compañía, su sonrisa, sus vivencias, su alegría por Galicia, Santiago y el camino, en definitiva fuimos testigos de la alegría de vivir de alguien que padece una enfermedad y acumula años de experiencias vividas, siendo testigo de ello las sienes nevadas que lo poblaban, y que guarda como tesoros en la memoria.

Este caballero maravilloso sigue dándonos las gracias ¿qué ironía verdad?, pues sí y no se cansa de agradecer los días que pasamos juntos y las conversaciones que mantuvimos y seguimos manteniendo por teléfono.

A estas alturas ya sabrán qué mal afectaba a nuestro compañero, o quizás no, incluso algunos peregrinos que estaban allí ni se percataron, y aún hoy en cualquier otro lugar ni la veríamos, pero el camino le da vista al ciego de espíritu.

Padece de la Soledad, lo acompaña cada día, cada noche, cada amanecer y atardecer, martilleándole los recuerdos que no se cansa de revivir y que desearía que se hicieran de nuevo realidad, pero él siente que la soledad es relativa y nosotros se la llenamos durante unos días, a cambio de su bondad, misericordia y amabilidad, haciéndosela más llevadera.

A partir de entonces estuvo presente todo el camino, era un ejemplo de humanidad que habían puesto en nuestro camino, pernoctamos en Sobrado Dos Monxes, en el Monasterio, y en ese resquicio del cielo en la tierra, pudimos meditar de lo acontecido, llegamos a Arzúa y finalmente alcanzamos el tan ansiado abrazo del Obradoiro.

Exactamente ahí es cuando empieza un nuevo camino, todos los recuerdos que rememoro me sirven para ser mejor persona y para que sean el timón de mi vida diaria.

Por eso mis últimas líneas de este relato serán sólo de agradecimiento:

Gracias a mi bordón conyugal que me acompaña cada día, a mis compañeros de peregrinaje por la variante del norte, de Córdoba, de Madrid, de Canarias etc, gracias a la señora, cuyo nombre no conozco, pero que nos ofreció su comida recién comprada en Sobrado y que me emocionó ante tal ejemplo de solidaridad y misericordia, a los desconocidos que nos dedicaron una palabra amable, a los que nos indicaron y a los que no nos hablaron ni siquiera, a los albergueros, a todos los peregrinos que se cruzaron con nosotros etc.

Gracias a nuestro siempre amigo de Villalba y por supuesto al Apóstol Santiago por su abrazo reparador, por su acompañamiento en este camino tan intenso y emocionante y gracias a Dios por todo lo que me ha dado y me da cada día.

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