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Una estrella en el camino

Pedro es un navarro de pura cepa, uno de esos hombres a los que no te imaginas llorando. Había decidido hacer el Camino de Santiago por deporte. Un 2 de julio se enfundó sus botas y echó a andar solo. Había escuchado que en el camino se hacen verdaderos amigos pero él tampoco tenía la intención de compartir sus pasos con nadie.

Lo que había llevado a Manuel a enfundarse las botas y recorrer los 775 km del camino francés eran otros motivos completamente distintos. Necesitaba purgar sus faltas. Sabía que había sido tremendamente injusto con su mujer y sus hijos al engañarles de nuevo con la bebida. También tenía pensado afrontar la peregrinación en solitario.

José y sus tres hijos, al contrario, iban a compartirlo todo durante el mes entero que, calculaban, les llevaría completar a pie la distancia entre Saint Jean Pie de Port y Santiago de Compostela.

?Buen camino?, saludó sonriendo José. ?Jajajaja. Buen camino por novena vez?, contestó Pedro. A estas alturas de la peregrinación, el rudo navarro se había dado cuenta de que sería difícil continuar el camino en solitario. ?La gente tenía razón, en el camino es imposible no hacer amigos?, pensó Pedro. La travesía tiene la peculiaridad de juntar a los caminantes. Con etapas de 30 km es imposible no encontrarse constantemente con las mismas personas todos los días. ?Y, además, este señor, con sus hijos, parece muy majo?, pensó resignado Pedro.

Manuel estaba solo al borde del río Tirón. El ruido del agua le recordó al sonido que brotaba del grifo de la cocina. En aquella ocasión estaba abierto de par en par y el agua se llevaba consigo el whisky que Manuel estaba vertiendo en el fregadero. Esa acción le había valido una nueva oportunidad de su mujer y sus hijos, pero ahora todo se había ido al traste. Había vuelto a beber. ?Y encima en la fiesta del tío que peor me caía de la oficina?, pensó. Manuel llevaba 10 minutos con los ojos cerrados frente al río absorto en sus cavilaciones. No se dio cuenta de que José Fernando, sus tres hijos y Pedro se habían sentado a su lado.

?Buen camino. ¿Te podemos ayudar??, preguntó Pedro. ?Te vimos en el suelo a lo lejos y nos hemos acercado para ver si necesitabas algo?, añadió José. ?No, gracias. Estaba soñando despierto?, contestó educadamente Manuel. ?Ya me voy?, dijo. Se levantó rápidamente y continuó su camino.

Al caer la tarde, y ya en el pueblo de Carrión de los Condes, José Fernando volvió a ver a Manuel solo en un banco. Se acercó. ?Un poco de fruta?, le ofreció José Fernando. ?Un poco de fruta y un rato de conversación no me vendrán mal?, pensó Manuel. ?Sí, gracias?, dijo. Y alargó la mano para coger 5 o 6 cerezas. ?Siento la despedida tan brusca de antes?, soltó de repente Manuel. ?No te preocupes, solo queríamos ayudar?, contestó José Fernando. ?Ahora soy yo el que se despide bruscamente. Va a empezar un encuentro con nuestras encantadoras hospederas agustinas y me había acercado pensando en si querrías acompañarnos?, añadió. ?La verdad es que creía que iba a hacer mi camino en solitario, pero a la vista está que no será así. Además las monjas nos han prometido un regalo?, aceptó Manuel.

Una de las hermanas de la orden se había adjudicado una guitarra y cantaba con una dulce voz. Cada palabra penetraba hasta el fondo de los corazones del variopinto auditorio, peregrinos venidos de todas las rincones. Al finalizar la melodía otra de las monjas comenzó a hablar sobre el verdadero sentido del camino. ?Cada uno tenéis un motivo para estar aquí hoy. Yo os entrego esta estrella de papel para que guíe vuestro camino no solo hasta Santiago de Compostela, sino que os conduzca hacia aguas tranquilas en vuestras realidades cotidianas?, dijo la hermana a la vez que repartía las estrellas de papel.

Cada uno de los peregrinos que se acercaron a recogerla, lo hicieron con lágrimas en sus ojos. Pedro se dio cuenta de que había sido egoísta no invitando a su hijo a que le acompañase durante el camino. Su pasión por el deporte había superado, en esta ocasión, al cariño por su hijo. El ejemplo de José Fernando, que recorría cada metro con sus seres queridos, también le había ayudado. ?Mi estrella me guiará hasta Santiago y hasta el amor de mi hijo?, se dijo Pedro.

Manuel también se acercó llorando a por su estrella. Su inopinado encuentro con José Fernando y sus hijos le había hecho darse cuenta de lo tonto que había sido al poner al alcohol por delante de sus seres queridos. ?Mi estrella me guiará hasta el fin del camino y, de ahí, me llevará hasta recuperar a mi familia?, pensó Manuel al mismo tiempo en el que cogía el teléfono para llamar a la clínica que le había recomendado su mujer.

El lloro de José Fernando era de satisfacción. Hace ya más de tres meses había sentido una moción interior para emprender el Camino de Santiago pero no sabía el por qué. Ahora, después de ver llorar a Pedro y a Manuel y constatar el cariño que le tenían, cobraba sentido ese impulso interior que había sentido para emprender la peregrinación. Cuando vio morir a su mujer un año antes creía que la vida ya no tenía sentido. Pero ahora sabía que era ella la que le guiaba y que la estrella de papel le conduciría, algún día, a su reencuentro.

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