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Λ

Porque para entenderlo, hay que vivirlo.

"Podías pasarte largos minutos contemplando una simple roca, sólo por el hecho de que era bonita."

Eso dijo un amigo que acababa de volver de hacer el camino. Y yo pensé: justo eso.

Es una de las cosas más importantes que me he llevado de la experiencia. Aprender a contemplar, a mirar, a escuchar la naturaleza. A empaparme de ella, a disfrutarla sin pensar que estoy perdiendo el tiempo si sólo me siento a mirar un bonito paisaje. A vivirla y sentirla, como se vive y se siente el camino: deteniéndose, descubriendo, compartiendo. Apreciando cada paso, cada minuto y cada lugar.

El aire que se respira es diferente. Limpio, puro. A veces pienso que me transporto a un lugar lejano. No sólo en distancia, sino en el tiempo. No necesito nada más que lo que cabe en mi mochila, y tampoco tanto. Disfruto con lo que tengo en cada momento, ajena a lo que creo necesitar en mi día a día rutinario. Porque quizás necesitar, no se necesita demasiado para sentirse feliz.

Recuerdo a un señor francés, que tuvo que enviar a casa 2kg de equipaje porque su mochila pesaba demasiado. Seguramente creyó necesitar más de lo realmente necesario. También hay quien va despojándose de cosas por el camino, de mudas y de utensilios que en realidad nunca utiliza y, sin ningún apego, los dejan. Quizás en otra circunstancia, en otro lugar, no lo harían con tanta facilidad. Pero eso son cosas que aprendes en el camino.

Y es que, en el camino, se aprenden muchas, muchas cosas. Como que, a veces, desconectar un tiempo de todo te hace ver las cosas desde otra perspectiva, porque desde la distancia se ve todo diferente. No puedo sino acordarme de una chica que dijo haber salido desde la puerta de su casa un mes atrás, que había emprendido el camino porque necesitaba pensar, pero que después de todo ese tiempo y de tantos kilómetros recorridos, no había pensado en nada. Quizás no había nada que pensar, simplemente necesitaba un respiro, un tiempo para ella. Y eso, sí que se lo llevó consigo.

También aprendemos de nuestro esfuerzo, de lo que podemos conseguir si nos lo proponemos. Muchas veces nos sorprendemos de lo que somos capaces de hacer, pero la verdad es que los límites nos los ponemos nosotros. La felicidad que sientes al alcanzar un alto, al llegar a un pueblo que vislumbrabas lejísimos (o más), al terminar un repecho interminable o una cuesta rompepiernas, es impagable. De igual modo, te satisface ver cómo tus compañeros de camino, esos que te encuentras día tras día compartiendo ruta y esfuerzo, también lo consiguen. Como aquel chico polaco con la rodilla lesionada que no sabía si podría continuar andando y alcanzar su meta, pero que siempre acababa llegando, por muy difícil que le resultase. Y finalmente sonríes, y sonríe, porque lo ha logrado.

Y siempre, siempre, recordaré a una mujer mayor que iba sola, y que necesitaba apoyarse en unas andaderas para caminar. Iba a tender su ropa recién lavada en la parte trasera de un albergue, y unos muchachos se ofrecieron a ayudarla puesto que las cuerdas estaban altas. Ella les dio las gracias, pero rechazó la ayuda. Les dijo: "si no puedo hacerlo por mí misma, de qué me sirve…". Ese era también su esfuerzo, y esos los límites que no quería ponerse. Y me pareció que mucha gente debería aprender de ella.

Realmente, conoces a tantas personas de sitios tan diferentes, que por el simple hecho de compartir un pequeño tramo de camino con unos y otros a lo largo del día, ya merece la pena. De muchos aprendes de su experiencia, de su forma de ver la vida o el camino y de su manera de disfrutarlo. Y de otros aprendes cómo no hacerlo, claro está.

Conocí a un grupo formado por 5 personas que se habían conocido en el camino, cada uno de una provincia diferente, incluso de diferente país, pero que decían ser una familia e iban siempre juntos. También había una mujer que caminaba sola y decía ser libre, pero que no lo era en absoluto…Es curioso todo lo que se aprende de unos y otros y sobre todo, muy enriquecedor.

Muchas son las experiencias vividas, y muchas las cosas que me llevo cada vez que hago un tramo del Camino de Santiago. Tantas que podría estar horas y horas hablando de ello, y seguramente solo comprenderían mi entusiasmo y lograrían entenderme aquellos que lo han experimentado.

Porque no siempre es fácil expresar lo que se siente al contemplar un paisaje, al llegar, o al ver el mar después de días de montaña. Ni por qué romperías a carcajadas delante de un repecho empinadísimo después de horas de caminata y un sol de justicia…

Porque para entenderlo, hay que vivirlo.

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