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El Camino de Santiago: un reto en familia

Había oído hablar muchísimo de las transformaciones que el Camino de Santiago suele provocar en cada persona que lo hace, pero me preguntaba si ese mismo camino tendría la capacidad de cambiar el comportamiento de unas personas hacia las demás dentro de una misma familia.

Mi esposa Simone y yo intentábamos hacer, o al menos proponer, programas que despertaran la curiosidad de todos, pero con un hijo de diez años, Thomas, a quien solo le interesaban los videojuegos y la tele, y otro adolescente de catorce, Thales, cuya principal inclinación era mantenerse lo más lejos posible de su familia, esta hazaña era prácticamente irrealizable.

Así que propuse hacer el Camino en bici durante las vacaciones de verano. La propuesta fue rechazada por unanimidad, incluso por mi mujer, que no se consideraba físicamente capaz de tal hecho.

La idea propuesta no era pedalear simplemente los últimos doscientos kilómetros para conquistar el derecho a la Compostela, sino empezar en Roncesvalles y pasar el máximo tiempo posible juntos, ayudándonos y dependiendo los unos de los otros.

Poco a poco, cada uno fue ablandando la resistencia que oponía al proyecto y el planeamiento empezó a tomar aliento. Compramos las bicicletas, las alforjas, la ropa de ciclismo y todo lo que se imaginaba necesario. Incluso hicimos un desplazamiento experimental hacia una ciudad cerca de donde vivimos.

El día citado, cogimos el tren hacia Pamplona y, de allí, el autobús hacia Roncesvalles. Nadie en mi familia, excepto yo, jamás había dormido en un albergue. Compartir una misma habitación con desconocidos, obedecer reglas estrictas, ver las luces que se apagan a las 22:00h, respetar el horario de silencio, levantarse antes que el sol, todo eso fueron normas a las que los niños no estaban nada acostumbrados, pero que influyeron positivamente en ellos.

Estrenamos los chubasqueros bajo una lluvia débil el primer día del camino. Este día también nos deparó una bajada pronunciada y pedregosa que provocó la caída de Thomas y de mi mujer, generando los primeros hematomas y rasguños.

Al final del día Simone estaba tan extenuada que el cansancio le hizo perder completamente su buen humor. Tendríamos muchos otros contratiempos a lo largo del camino, pero las dificultades siempre nos fortalecen.

El segundo día tuve mi primer pinchazo. La cámara de repuesto y las herramientas necesarias estaban en mis alforjas, pero la bomba estaba con Thales. Aunque le habíamos advertido que no se adelantase demasiado, estaba algo como a dos kilómetros por delante de nosotros. Lo llamé por el móvil y le pedí que volviera, que lo hizo de muy mala gana.

Mientras tanto, Simone, que había dejado su bici bajo la sombra de un árbol, fue cogida por una rama al coger la bici. La rama le golpeó encima del ojo izquierdo, y por poco no se acabó el camino para todos nosotros. Hecho el apósito con la ayuda de otros peregrinos y cambiada la cámara, seguimos el viaje.

Hubo veces en que Thomas, fatigado por tanto ejercicio, se negaba a pedalear uno metro más siquiera. Pero yo había aprendido la lección en aquel desplazamiento experimental y llevaba conmigo una cuerda para engancharle por el manillar y así proseguir el camino. Después de pasar por varias ciudades y pueblos del Camino, como Redecilla del Camino, Espinosa del Camino, Hornillos del Camino, Boadilla del Camino, La Virgen del Camino, San Miguel del Camino, y varias otras, Thomas bautizó esta cuerda con el nombre de la 'Cuerda del Camino' Siempre que estaba cansado, me lo pedía: "Papá, quiero la cuerda del camino"

Thales, sin embargo, permanecía alejado de nosotros. Todos los días avanzaba al máximo todo lo que aguantaba y descansaba solamente lo suficiente para que nadie lo adelantara. Hasta que un día, al subir hacia O Cebreiro, se encontró con una bifurcación: una flecha amarilla indicaba el camino para los peregrinos a la izquierda y otra a la derecha para los bicigrinos. En duda por cual camino seguir, nos llamó al móvil. Le dije que nos aguardara, pero, cuando llegué al lugar donde el camino se dividía, ya no estaba allí.

Lo llamé por el móvil y le dije que parara, pues que él tenía unas galletitas rellenas en las alforjas y se acercaba la hora del desayuno. Le alcancé casi media hora más tarde y, mientras le echaba la bronca, Simone me llamó para decir que Thomas no podía empujar más la bici. Dije a Thales que la culpa de la debilidad de su hermano era suya, pues que no había comido a la hora prevista. Y le ordené que bajara la cuesta para traer la bicicleta de su hermano.

Thales se marchó cuesta abajo corriendo y volvió minutos después con la bici de su hermano. Tenía ojos de tigre rabioso, pero algo en él había cambiado. De ese día en adelante, no se apartó más de nosotros. Parecía haber entendido el significado de la palabra familia.

Llegamos a Santiago diecisiete días después de nuestra salida de Roncesvalles. Cuando quedaban solamente ocho kilómetros para alcanzar la meta, nuevamente bajo la lluvia, tal y como habíamos empezado, el cambio de marchas de la bicicleta de Thales se estropeó y fue él quien necesitó la 'cuerda del camino'.

Cuando Simone vio las torres de la catedral por primera vez, comenzó a llorar. La llegada a Santiago de Compostela, se puede decir, fue triunfal. Habíamos alcanzado nuestra meta: estábamos más unidos que nunca.

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