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Necesitaba volar

Todos me habían dicho que aquel momento se grabaría en mi memoria. Podría volver a repetir la experiencia, pero jamás guardaría de una manera tan nítida ninguna de las siguientes como la primera vez que pisara el Obradoiro. Había imaginado muchas veces como sería aquel momento, pero no me hubiese acercado ni por asomo a la realidad.

Desde que vi Santiago desde el monte do Gozo sentí una ola de sentimientos. Una mezcla entre la alegría por haber logrado un objetivo que parecía muy lejano, a más de 700km, y la tristeza de ver cómo llega el momento de cerrar una etapa que me ha hecho evolucionar en mi propia persona.

El Camino de Santiago se ha encargado de escribir muchas de las páginas que forman el libro de mi vida y, justo cuando estaba andando de una manera automática sin ver las flechas amarillas guiado por la intuición, fueron releídas en primera persona antes de escuchar la gaita de aquel valiente músico con ganas de compartir su arte con aquellos que pasamos por delante con ansias de oler el incienso del Botafumeiro.

Recuerdo aquella noche en la que emprendimos nuestro camino. Era una noche estrellada en una cena con amigos. Uno de ellos, como si de un mago se tratara, nos llevó a momentos del pasado en el que sin conocernos nos habíamos prometido que algún día lo dejaríamos todo en busca de aventuras. Ahora resultan anecdóticas las dudas surgidas alrededor del viaje, pero la llama ya había sido encendida y se necesita más que un caldero para evitar la tentación de empezar de cero desconociendo lo que puede pasar en un breve instante de tiempo.

Nuestros primeros pasos demostraron que la aventura no era lo nuestro y nada más pisar Pamplona para llegar a Roncesvalles tuvimos que abandonar parte de nuestro equipaje al comprobar que la cámara de fotos no iba a sobrevivir a hacer una instantánea. Aquella noche conocimos, sin saberlo, a personas que marcarían nuestras primeras etapas. Personas valientes que habían decidido enfrentarse al reto solas, aunque hacerlo en pareja no es un reto sencillo.

Pronto fuimos conscientes de que el tiempo tiene un valor distinto cuando uno se levanta a las seis de la mañana y emprende la jornada mucho antes para estar durmiendo a las diez. Los días se convierten en semanas y las semanas en meses. Da igual caminar en lunes que hacerlo un sábado, lo importante es seguir andando hacia delante poniendo la vista en tierras gallegas.

Nuestras fuerzas se resintieron en la subida al alto del perdón y fuimos conscientes de que quizás habíamos sido algo alocados al escoger este reto sin haber entrenado con anterioridad como habíamos leído en las guías. Aún así ya estábamos inmersos en la ruta, debíamos seguir caminando por muchas dificultades que se fueran presentando. Muchos se entrenan físicamente antes de coger la mochila, olvidando que la gran aliada puede ser la mente.

En Logroño entendimos la unión que se va creando al saludar a los peregrinos a ritmo de Buen Camino!, al compartir cenas con una copa de tinto, al no importar quién eres en tu día a día porque aquí eres como todos. Se hizo difícil dejar marchar a casa a quienes estaban formando parte de nuestra familia y volver a estar solos después de un tiempo acompañados.

Superamos fortalezas y vencimos al gran Cid, derrotando a los dolores que intentan hacernos fracasar en nuestros objetivos, pasando por lugares donde la historia está presente debajo de cada piedra y compartimos alguna copa antes de las diez para no quedarnos fuera del albergue.

El sol se convirtió en otra prueba a superar en las largas rectas de Castilla, esfuerzo recompensado por las fiestas de los pueblos por los que fuimos pasando y otras cenas comunitarias unieron nuestros lazos con otros peregrinos al ritmo de la Bamba, amigos que con el tiempo superaron la prueba de la distancia. El entorno cambia de decorado, dejando los bosques verdes por campos de trigos.

Y sin apenas darnos cuenta, la tormenta se nos echó encima en Foncebadón, a las puertas de la Cruz del Ferro, lugar perfecto para dejar las piedras cargadas en el tiempo y con las que honrar a los seres más queridos. El respeto por el lugar y por su significado hace que cueste llegar a la cumbre por el miedo a pisar los sentimientos de otros peregrinos.

Galicia acabó con las últimas oleadas de calor, recibiéndonos con una gran tormenta en la subida de O Cebreiro, en la que el chubasquero no pudo evitar que acabáramos con los pantalones arrapados a la piel. La gran afluencia de peregrinos a partir de Sarria hace vivir la experiencia de otra manera, pero, sin duda, el entorno hace que aparezca la magia a cada instante.

No había sido nada fácil llegar hasta ahí, pero la fuerza de la mente hace que podamos ver logrados nuestros objetivos. La catedral me parecía preciosa, era increíble verme sentado en el suelo contemplando tal obra de arte. Descansamos un tiempo, seguramente no por el cansancio sino por la asimilación de lo conseguido. Después marchamos a buscar nuestra Compostela, aunque nuestro premio ya lo habíamos logrado.

Volvimos a la plaza. La había imaginado mucho más grande y mi fin de viaje de otra manera. Necesitaba encontrar el lugar donde sentir que mi alma volaba, por eso seguimos andando buscando nuestro camino rumbo a Muxía pasando por Finisterre. Fui libre por un tiempo y quizás esa sensación es la que me haga volver más pronto que tarde a vivir una aventura distinta por nuevos caminos.

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