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Λ

Tres kilómetros.

Uno debe saber cuando es vencido, o por lo menos saber cuándo parar. Parar a tres kilómetros de la Catedral de Santiago no es muy común, pero hubo un porqué. Dejemos a los puristas contabilizar las llegadas a pie, bicicleta, caballo o qué se yo, en taxi también cuenta. Me explico: a mi espalda, cómodamente sentado en su sillita de bebé y ajeno al sufrimiento del peso extra que supone a la bicicleta y a mis piernas, Fernando -tres años-; nunca pensé que pudieras aguantar 100 kilómetros en bicicleta. Más atrás, con nueve años, Juan: todo corazón, firme tu promesa de completar el camino en su nueva bicicleta. Acompañados, unas veces aquí, otras allá por Carmen, madre, esposa, alforja rodande y miembro de este equipo que sin haber entrenado lo suficiente -¿cuánto es suficiente?- partió de Sarria viniendo de Sevilla.

Sí, uno debe saber medir sus fuerzas, pero ¿y las de los demás? Cinco etapas, cinco días, equipación sobria -pero pesada-, ninguna ayuda externa, nuestros serían los medios y nuestra la alegría. Enemigo de la planificación excesiva como soy y de la lectura hasta la náusea de guías, unas consultas, algunos consejos amigos y el poco sentido común que le va quedando a uno, me valieron para planear el camino. No nos venció el camino, no: disfrutamos de los retos que impone: aguantamos caídas, arañazos, calambres y cansancio como todo peregrino, disfrutamos de cada centímetro de él, de cada saludo y de cada adiós.

Amanecer del quinto día: Juan, tras una noche vomitando -gastroenteritis-, no puede comenzar la última etapa. Un virus. Como en La Guerra de los Mundos. Con esto no contábamos. Tampoco contábamos con que Juan, tras media mañana durmiendo tomase de nuevo la bicicleta y se pusiera en marcha pese al malestar. La etapa más fácil fue la más difícil. Después supe cómo de mal debió sentirse y lo mucho que puso de su parte. Animo, ánimo, que ya se ve Santiago. Sí, ya estamos, pero Juan está pálido y, juro que es casualidad, nuestro hotel está justo en la acera, a nuestro lado. Faltan tres kilómetros, seguir sería pedirte demasiado.

Tres kilómetros. Quien diga que hubiera seguido debería perder la custodia de sus hijos.

Tres kilómetros. Adios entrada triunfal, adiós foto. Hola, hijo: no sabía que tenías esta fuerza de voluntad.

Siguiente día, obviando detalles que son imaginables, el virus se extiende y me castiga, en primer lugar a mi. Llueve. Descartamos, obviamente, ir al Obradoiro en bicicleta, andando es biológicamente imposible.

- ¡Taxi! Al Obradoiro.

Y así, en taxi, completamos el camino.

Tres kilómetros.

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