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Ser sólo Camino

Dicen que lo peor del camino es que termina. Que cuando lo acabas ya estás pensando en volver. Yo no quiero pensar en eso ahora. Quiero saborear (y digerir) éste, la satisfacción de haberlo terminado, los momentos vividos y grabar en mi cerebro todo lo aprendido. Y es que si una cosa he aprendido es a vivir el instante previendo poco: la comida del día y a lo sumo el desayuno para la mañana siguiente. En alguna parte leí ?ser solo camino, sin preguntas?, y me lo adjudiqué.

Es duro, no nos engañemos. Tanto el camino físico, kilómetros con la mochila a cuestas, como el emocional, recorriendo el tiempo con otro tipo de carga. Así funciona esto de ?peregrinar?. Lo bueno es que el trayecto se suaviza al paso de los días. El cuerpo se acostumbra a la mochila, y la carga invisible va mermando haciendo hueco para las cosas nuevas que vendrán. Como no va a enganchar esto del camino.

Empezamos en León, 308 km por delante y 13 días para recorrerlos. [Apunte para una próxima vez: no cerrar el billete de vuelta. Nunca se sabe dónde te puede apetecer pasar un día más, o simplemente andar un poco menos]

Partimos dos amigas, lo justo para no iniciar la aventura sola si ERAS una miedica, pero lo ideal para abrirse a conocer muchas personas e ir sumando amigos tal cual apóstoles.

Avanzábamos. De algunos lugares recuerdo el nombre, de otros no, pero sí un buen momento vivido en ellos o una buena sensación. Por ejemplo, la de tomar el único café con leche de soja que encontramos en todo el camino, en un bar precioso, de un pueblo precioso próximo a Astorga.

Como nosotras, el paisaje también cambiaba, dejando atrás el duro páramo mesetario para entrar en el verde liliáceo de los Montes de León. De igual manera discurrían los peregrinos. Con unos solamente compartías el sendero y un ?buen camino? de cortesía; con otros algunos kilómetros de conversación. Los avanzabas o te avanzaban y quizás ya no los volvías a ver. Aprendí a dejar que las personas compartieran por un momento mi vida y luego salieran de ella, sin disgustos, sin apegos. Afortunadamente algunos se quedaron y deseo que sigan conmigo ahora.

¿Conocéis Foncebadón? Probablemente no. Pues en este minúsculo pueblo del Monte Irago, puerta de entrada a la comarca del Bierzo, pasé una de las tardes más especiales. Porqué si bien cada día empezaba con un recorrido nuevo para andar, cada tarde de descanso nos deparaba nuevas cosas que vivir.

El albergue Monte Irago es el modo en que un grupo de personas que hicieron el camino, siguen ahora participando de él. El ambiente es sumamente agradable, y cada tarde organizan una cena comunitaria con todos los peregrinos alojados en él. La nuestra fue magnífica. Compartí mesa con compañeros de otros países lo que me obligó a comunicarme con ellos a pesar del idioma, y gracias a este esfuerzo sentí que estaba 100% en ese lugar, y que no quería estar en otra parte. Este sentimiento de plena atención me ha acompañado durante todo el camino y espero conservarlo ahora.

Esa tarde en Foncebadón y el camino recorrido a la mañana siguiente hacia Ponferrada sean quizás, los dos días que recuerdo más especiales, puesto que nada más salir de madrugada nos esperaba un espléndido paisaje, el paso por la mítica Cruz de Hierro y la entrada a la comarca del Bierzo. A pesar de que me dolía mucho el tobillo, me CREÍ sentir realmente bien.

Llegué a Ponferrada muy contenta aunque el tobillo seguía doliendo y cuando en el albergue vi que un médico ofrecía masajes gratuitos no dudé en acudir. Me senté poniendo la pierna en alto y él la miró, casi sin tocarla, y dijo: ?tu problema es que andas muy rápido, por este camino y por el de la Vida. ¿Ves esa gente con ampollas? Tú estás peor que todos ellos?. Me dejó KO. Había estropeado uno de mis mejores días.

De madrugada me levanté y caminé de nuevo, dejando, sin percatarme, que mi compañera se adelantara. Con Stefania, una nueva amiga italiana, caminábamos más despacio. Disfrutamos mucho de ese día, conociéndonos, hablando con éste, escuchando a aquel, entrando en pequeñas iglesias que nos salían al paso. Llegué a Villafranca del Bierzo muy contenta, y con la sensación de haber vivido plenamente el camino por primera vez. Cuanta razón tenía aquel médico de Ponferrada. ¿Será verdad que en el camino nada es casual?

Recuerdo especialmente una noche en la que estuvimos charlando con una chica de Barcelona. Por la mañana nos levantamos tan pronto que no me pude despedir de ella. Me supo mal, pero me quedé con el momento vivido, y partí.

Ahora sí, estaba inmersa de lleno en mi camino. Y andaba, hablaba, lloraba, La Faba. Escuchaba, cojeaba, Triacastela. Reía, compartía, Melide. Madrugaba, vivía, cambiaba, Gonzar. Me entusiasmaba, me acercaba, estaba agotada, Santa Irene. PEREGRINABA, Santiago. FELICIDAD.

Hace una semana volví a casa, y me he sentido triste, totalmente descolocada en mi propio mundo. Hasta esta tarde, en la que he quedado con un buen amigo para contarle las vivencias del viaje. Hemos ido a una cafetería cualquiera de Barcelona, nada especial, y justo después de pagar, al darme la vuelta, me encuentro de cara a Irene, la chica de Barcelona de la que no me pude despedir. Mañana iremos a comer. ¿El camino? No lo sé, pero inmediatamente he reconectado con todo lo aprendido allí. En resumen: si no quieres controlarlo todo, si VIVES, las cosas fluyen.

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