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Λ

La leyenda de dos piratas

Dos piratas de mala nota, dos marineros de tierra, el uno gordinflón, con más barriga que nariz tenia Góngora, amigo indiscutible de la cerveza de trigo, a la que abrazaba cada día, decía él que le quitaba la sed que le deja en la boca la sal de la tierra: como os digo amigos, eran marineros y piratas de tierra.

La otra, se dedico a las nobles artes de la mar, allá en tierras andaluzas, concretamente en Sevilla, que tiene un mar con nombre de río y un río con nombre de mar. A ella, la apodaban "la ola" por su cabello ensortijado, de buen carácter y también amiga de la cerveza y el vino.

Cierto día encontrándose ambos en una taberna de mala nota, escucharon historias, quizás leyendas, o tal vez fábulas exageradas, de un lugar poblado no hace mucho de celtas, poblado hoy, decían otros marineros de tierra, de galaicos, también llamados gallegos que se encomendaban a Santiago Apóstol.

Decidieron prestos partir a esas tierras, llenaron sus atillos, con prendas marineras, algunas viandas, y como armas, tan solo sus cayados de madera de naranjo. Iniciaron su viaje en lugar llamado Cobas, donde se hospedaron en una fonda regentada por un gallego llamado 'Suso'.

De cobas, contaban después que era un lugar luminoso, de una extraña belleza, los maizales los saludaban inclinándose por el viento, los cuervos mariposeaban, jurarían que sus plumas eran de colores, las flores se posaban en las mariposas, y en la oscuridad, las estrellas parecían zambullirse en los verdes prados. Dicen que no habían conocido hasta entonces que significaba el SILENCIO, de verdad; la naturaleza en ese lugar conspiraba con ellos, era un cómplice necesario, para que esos dos marineros encontrasen su mar de felicidad.

Al despertar, en su mar en calma, en el lugar de COVAS, donde ni el gallo se atrevía a cantar, marcharon para Ferrol, con los brillos del sol como testigo mudo, se aproximaron a Neda, tierra de San Andrés de Teixido, lo primero que vieron, una ría antaño cubierta de agua, hoy seca, un viejo molino, que se esfuerza por recuperar aquel paraje; algo de encanto tenía aquel lugar-como en la vida, dijo, uno de los marineros- donde se seco el pozo siempre hay agua , para buscar.

Dos gaviotas le señalaban la dirección. El viento, soplaba hacia Pontedeume, y parecía acompañarlas una estrella en el cielo.

Ese día soñaron, y les pareció escuchar ya las gaitas, y les pareció, que dormían ya sobre el confortable suelo de la plaza del Obradoiro, se acercaban al puerto soñado, soñaban con llegar. Los pies eran alas, sus cuerpos se transformaban en blancas gaviotas, los pinos, los helechos, los grandiosos alcornocales tomaban forma de flechas que indicaban el camino. Se acercaba el puerto, olía a sal, su patrón estaba cerca. El capitán Santiago, les esperaba con los brazos abiertos. Su paraíso prometido estaba cerca.

Llegaron a Miño y después, Betanzos les abrazó, sus calles, jardines laberínticos, preñados de edad, le mostraban que la belleza se oculta, tras las negras piedras. Un río les saludó, una pradera y otra, un pinar, un campo de Helechos nunca vistos, y otro de laureles dorados al sol, verdes, verdes oscuros, limón, amarillos, ocres; una brisa suave; el murmullo de una fuente o una ría que nace en la montaña. Y que montañas, y como se divisaba el mar desde el palo mayor, y como dibujaban desde la popa y desde la proa, porque se adivinaba su destino. La sombra del Obradoiro se posaba en su camino.

Una bruma los abrigó, la espesura, les permitía ver sus cuerpos. No tapaba la niebla ni la bruma - créanme - sus pies cansados. La uva se hizo vino aquel día, y la manzana sidra. Sus almas ya no eran de piratas. Eran dos marineros que amaban el mar que navegaban por trigales y los cuervos gaviotas parecían.

No soñaron esa noche, porque vivían ya en un sueño.

A la mañana siguiente, divisaron el puerto. La inmensidad de aquel Puerto del Obradoiro les hizo libres; Soñaban despiertos. Al llegar tumbados en la playa de arena negra, divisaron ensimismados:

Dos negras torres que protegían su barco. Su patrón les saludaba desde el palo mayor. Deseaban abrazarlo. Su patrón los había abrazado durante todo el camino- Vuestro destino esta aquí. Vuestro camino concluyó- Les gritaba entre el sonido de las gaitas, que se filtraba en el viento. El viento sonaba a gaitas mejor dicho.

Los marineros - antiguos piratas de mala nota - no querían hablar. El silencio, era su lenguaje, pero si les resonaba en su cabeza un viejo poema que les susurraba las rocas de aquella playa:

Vine a ti, Santiago, patrón de los marineros de tierra,

Llegué a tu lado, y te encontré,

Entre rocas negras,

En tu playa de piedras blancas,

Con mis pies desnudos,

Con un alma que muda a nueva.

Me abrazaste, me amaste,

Ungiste mis pies,

Lavaste mi cara,

Sediento me diste de beber,

Hambriento me diste de comer.

He visto como manejas el timón de tu barco,

Entre rías, entre bosques, y entre mares,

Entre fuentes, entre piedras...

Solo quiero abrazarte.

Sentir que mi camino no acaba aquí.

Soñar que empieza hoy mi camino.

Pensar que todo lo andado,

Es por haberte amado.

Lograr verte, con tu sonrisa bravucona.

A ti te pido, y a ti te doy,

Santiago de Compostela.

A ti te digo. No soy más que una parte del camino.

No soy sino un marinero de tierra.

Un peregrino.

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