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Epílogo de mi Camino

No las tenía todas conmigo, cuando el 21 Enero 2014 escribí las impresiones de los primeros doce kilómetros de entrenamiento que acababa de hacer. El terror a tener serios problemas en los pies empezó a invadirme cuando vi las primeras rozaduras. Temía como muy posible que aquellas líneas terminaran a los pocos días en la papelera.

No conseguí que ese terror me abandonara por completo hasta el día tres de Mayo, unos metros antes de llegar al albergue de Muxía.

No he tenido ningún dolor de cabeza, ni de estómago, no he sufrido caídas, ni esguinces, ni fiebres, ni indigestiones. Una simple ampolla hacia el final, cuya aparición fue, incluso, oportuna y positiva, pues sirvió para darme un poco de sensatez y prudencia, algo así como lo que hacía el esclavo que, montado en la misma cuadriga del César, le iba diciendo constantemente, durante el desfile triunfal, ¡recuerda, ¡oh, César!, que eres mortal!

He dormido poco y he sido anárquico y desordenado en las comidas. Sin embargo, una fuerza que yo desconocía me ha llevado hasta el final. Lo que he perdido en peso, lo he ganado en satisfacción, autoestima y orgullo.

Hay que volver a la vida normal. Al llegar a casa el 4 de Mayo de 2014, recibí órdenes de ir inmediatamente a la ducha y de colocar toda la ropa en la lavadora. Al parecer, olía a peregrino.

El auténtico peregrino va acumulando indulgencias, kilómetro a kilómetro. Y las indulgencias, qué duda cabe, tienen su propio aroma. Las propias, algo diferente de las ajenas, pero todas huelen. Y ese olor va penetrando en la ropa, en las botas, en la mochila..., se va colando por todos los resquicios del cuerpo y del alma. Te duchas todos los días una y hasta dos veces y haces la colada a diario. Pero el jabón ¡lagarto! hace lo que hace, limpia la suciedad, pero su suave aroma no puede disipar el olor de las indulgencias. Y uno acaba por acostumbrarse y aceptar su propio olor y, con el tiempo, el de los demás.

¡Aceptarás y amarás a tu prójimo peregrino como a ti mismo!

Este es, en verdad, el primer mandamiento de cualquier Decálogo del Peregrino.

Ya he perdido el olor a peregrino y el color tostado de soles y vientos, Ya he recuperado casi los ocho kilos perdidos. Ya he visto un montón de telediarios. Durante la ¡burbuja! del Camino no me enteré de nada. Cuando volví de Muxía a Santiago, supe, por ejemplo, que seguíamos teniendo el mismo Presidente, porque pregunté a qué venía tanta policía en la Plaza del Obradoiro. Era que nuestro Presidente acompañaba al Primer Ministro de Japón. Era el primer contacto brutal con la triste realidad.

¿Hay vida más allá del Camino? La respuesta es sí. Y no nos queda más remedio que retomarla. Pero ya no es lo mismo que antes. El cáncer del Camino ha hecho metástasis en nuestras almas. Nos ha sido inoculado un veneno que corre por todas nuestras venas, nos ha invadido un virus imparable, se nos ha alojado un voraz gusano que nos roe en lo más íntimo de nuestro espíritu. Tendremos que seguir viviendo con él toda la vida. El Camino imprime carácter y su huella es indeleble.

Claro que el Camino crea adición y engancha. Es verdad. Alguien me ha dicho que también yo, pronto o tarde, volveré. No lo sé. Pero lo que si sé es que, cuatro meses después, sigo con la misma \"morriña\" que me invadió al entrar en la Estación de Santiago para coger el tren de vuelta a Madrid, y creo que ¡seguiré siguiendo! con ella durante no sé cuánto tiempo más.

Uno se encuentra en el Camino y fuera de él, con personas de toda clase y condición, incluso con personas que preguntan con cierto tono morboso o que directamente afirman, con enorme e injustificable atrevimiento, que el Camino es poco menos que un kilométrico prostíbulo y que los peregrinos van a eso y no a lo que dicen ir o a lo que verdaderamente van.

Afirman que en el camino hay mucho libertinaje y promiscuidad. Hay algunos a quienes les basta ver hablando juntos tan sólo un par de veces a dos peregrinos, para atreverse ya a anunciar con gran seguridad y suficiencia que ¡equis!se está beneficiando a ¡zeta!.

Una de tres, o yo estoy haciendo otro camino diferente o, como soy miope, tengo muy mala vista y no me entero de nada o esas personas tienen muy buenos contactos en el Ministerio del Interior y están constantemente siendo informados de cada paso que damos los peregrinos. No sé. Pero no me gusta que con tanta ligereza y frivolidad se degrade el ya de por sí frágil buen nombre del Camino.

A los musulmanes que han completado la peregrinación a la Meca (Hajj) les profesan una especial veneración y respeto y les añaden al nombre el titulo honorífico de ¡El-Hajj!

La peregrinación a La Meca propiamente dicha, dura tres días y supone un recorrido total, entre La Meca y los otros lugares santos, de unos 60 kilómetros, entre ida y vuelta. Y no precisan hacerlos andando pues disponen de un ferrocarril, que utilizan normalmente.

Yo, que en treinta y tres días he recorrido paciente y trabajosamente, desde Saint Jean Pied de Port hasta Muxía, con mi mochila a cuestas, creo que en justicia me he hecho acreedor, al menos, a la misma veneración y respeto que ellos.

Así que me tomaré la licencia de otorgarme el mismo honroso título:

Ya soy Venerable. Ya soy un ¡El-Hajj! cristiano. Soy El-Hajj César.

¡Handoulilah!. ¡Aleluya!

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