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¿Vivir una experiencia o... empezar a vivir?

El Camino es la vida. Así de simple y claro ha sido el mensaje que me llevo adentro desde hace unos días. He hecho el Camino primitivo, de Oviedo a Santiago, que me ha atraído desde el comienzo, por su nombre, por el hecho que fuera poco transitado (buscaba soledad y paz) y empujado por los comentarios leídos que decían que se trataba del camino más duro con diferencia con fuertes subidas de montañas, etapas rompe piernas y largas bajadas hacia embalses y valles verdes. He encontrado todo esto, y mucho más. Lo que no me esperaba, entre los pocos Peregrinos encontrados en el camino, era de volverme a encontrar a mí mismo. He conocido a gente maravillosa, que han sufrido, que sufren, personas alegres, sencillas, pero nadie superficial o arrogante. Hay personas de todos los países, razas, idiomas, edades y experiencias de vida. Sin embargo, en el camino cuando estás subiendo a un montaña y te parece que el sendero no termine nunca o cuando te encuentras sin agua en tu cantimplora, somos todos iguales y solos y juntos logramos llevar a cabo cada etapa. El camino tiene una sola regla: tienes que salir desde un refugio o albergue y llegar al siguiente. Todo lo que pasa en el medio, depende de ti, de tu ganas de observar el paisaje, pararte a comer o beber, sacar fotos o notas de viaje o simplemente conversar con los demás Peregrinos que te acompañan por un tramo. Pero el objetivo está allí, claro y fijo que te espera para acogerte. Puedes llegar tarde, puedes ralentizar tu paso, puedes hasta pararte a descansar, puedes creer de no llegar nunca o de no lograrlo por el dolor a tus pies o de tus rodillas, puedes pararte en un bar a secarte después de haber pasado horas debajo de la lluvia. Pero no puedes tirar la toalla, pararte o volver atrás. Es una regla simple pero dura. Para mí ha sido increíble. Desde la quinta etapa me salió un dolor fuerte en mi rodilla izquierda y en cualquier otro momento habría tomado la decisión de pararme. Allí no podía, no quería. Tenía que llegar a Santiago y así ha sido. He pasado las primeras cinco etapas a conocer gente y las siguientes seis a despedirme de ella (porque lo dejaban por razones personales, por lesiones, porque iban más lentos o más rápidos que yo) y a conocer nuevos Peregrinos. No hace falta nombrar a todas las personas conocidas que me han enriquecido con sus almas tan ricas de significados, pero aun después de haber pasado ocho horas para subir a un puerto de montaña solo, con la única compañía de potros y caballos, vacas y perros, nubes y bosques, no me sentí nunca solo. Porque he encontrado lo que buscaba, paz y tranquilidad. Serenidad también para pensar sobre el pasado, el presente y porque no, el futuro. No es cierto que el Camino te de las respuestas. El Camino te permite ser lucido y llegar a la esencia del problema. Entiendes mejor el entorno de las cuestiones y te empuja a tomar decisiones. Si luego serán las correctas o equivocadas, no lo sabe el Camino y no lo sabes tú. Pero las decisiones tomadas escuchándonos a nosotros mismos, tarea que es cada vez más difícil en nuestras vidas diarias, siempre serán las más coherentes. Luego esta en nosotros luchar para transformarlas en correctas. En el Camino no hay espacio para dudas, por el exceso de cosas y lo que uno tiene hay que valorarlo y si es posible compartirlo con los demás porque solamente de esta forma asume importancia. El dinero, la ropa y las cosas materiales son importantes solamente si son útiles para obtener los objetivos nobles que nos fijamos. Lo difícil ahora es volver a la vida real porque las primeras preguntas que te haces son: ¿cuál es la vida real? ¿Porque está hecha de esta forma? Hoy en día la vida real parece que divida más que unir las personas y saque en muchos casos lo peor de nosotros. El Camino es diferente, fija objetivos distintos para cada uno que se pueden alcanzar con esfuerzo, fe, confianza y ayudando los demás como ellos lo hacen con nosotros mismos. Pero te devuelve todo con intereses, llenándote de alegría, emociones y entusiasmo. Me acuerdo la noche antes de salir de Madrid, la angustia y el miedo que sentía de tener que enfrentarme a este reto solo, reto a que yo le atribuía un significado de castigo por mis acciones, mis indecisiones y mis dudas. Ha sido el castigo mejor y más bonito que pudiera escoger. Que tonto he sido por el hecho de haber dudado y tenido miedo. Habría que llevar a todos los niños y los adultos en el camino y todo el mundo debería hacerlo por lo menos una vez en su vida. El problema es que una vez que lo hayas hecho, será difícil no repetirlo. Y luego una y otra vez y al final tu vida ?real? se convertirá en una pausa entre un camino y el otro. He conocido gente que lleva todo el año esperando ponerse sus botas (o chanclas o zapatillas), coger su bastón y su vieira y ponerse a andar. El destino está allí que te espera y después de los primeros kilómetros que te parece que te esté cayendo el mundo encima (a lo mejor es sencillamente el peso de tus bloqueos mentales), todo se vuelve más ligero y tus 12 kilos de mochila se convierten en tu escudo que te protege del mundo exterior, de un mundo en el cual puedes confiar porque a cada esquina encontraras comprensión, sonrisas y cariño.

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