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Λ

Eramos cinco

Eramos cinco, había empezado el camino de verdad y ya había hecho cuatro amigas, revoloteaban mi cara y cuello afanándose por beber mi sudor incipiente de las siete de la mañana de aquel primero de agosto del 2000 en una atolondrada primera etapa del camino en la que la primera foto fue con el cartel de la altitud del Cebreiro, que me conduciría a Santiago en busca de la tan apreciada Compostela, titulo que se entrega a aquellos peregrinos que recorren cien kilómetros andando o creo ciento cincuenta a caballo, para conquistarla hay que llevar quince kilos en la mochila.

El día anterior bajé en Piedrafita e inicié el camino hacia el Cebreiro del que me separaban apenas cinco kilómetros, llegue al albergue con solo esos cinco kilómetros pues de que manera llegaría que la hospitalera me dijo según lo hice ¡¡ por dios, primero bebe de este botijo, siéntate o acuéstate un rato y después ya me darás los datos ¿desde donde vienes, Astorga?, y yo lo conteste que desde Piedrafita y se quedo pensativa y apostando cuantos días duraría mi odisea.

Al segundo día después de una jornada de 38 grados a la sombra llegué al albergue de Barbadelo después de atravesar la fraga más grande que había visto en mi vida, los castaños y carvallos eran centenarios o así me parecía a mi, al cruzar este soto tuve la sensación de estar en la edad media, llame a mi mujer diciéndole que volvía por no poder resistir semejante tormento, en ese momento veo por la ventana del albergue que llegaba un muchacho que resultó ser catalán, con dos... y dos muletas arrastrando unos pies llenos de cascabeles indicando a la gente que se apartara que venia el con la intención de comerse el mundo, en ese momento y aun hablando por teléfono supe y así se lo comunique a mi mujer, que llegaría al final del camino, aún no sabia como por mis limitaciones pero lo haría. Lo primero que hizo fue pedirme un trozo de papel pues venia con dolores de tripa, al día siguiente a la salida de Portomarín tuvo que claudicar y finalizar el viaje en taxi pero el motivo por el que inició el viaje solo el lo sabia,

Llegando otro día al monasterio de Samos y teniéndome que cambiar de calzado pues debía haber 42 grados al sol, el alquitrán pegajoso me impedía caminar con soltura y una madre con dos hijos que me había adelantado hacia unas horas apareció, venia de vuelta a buscarme para llevarme la mochila hasta el albergue dado mi estado calamitoso que había detectado al adelantarme y no hablaba mi idioma que fue lo más impactante, no os podéis imaginar cual grande fue mi primera llorera. Cuando llegué al monasterio ya me estaba esperando el fraile hospitalero que por indicación de dicha señora me tenía la litera justo enfrente de la puerta de entrada y al lado de las duchas... digno de perdón.

Hice amigos madrileños que buscaban el eucalipto, eran del senderismo y no habían visto nunca por los alrededores de Madrid tales gigantes, a partir de ese día, por la mañana nos despedíamos y ellos me llamaban la tortuguita gallega.

Del resto del camino hay un montón de anécdotas así como lugares, momentos y instantes en donde aplicar la frase que luego aplique a tantas circunstancias de la vida ?CARPE DIEM? , ?disfruta del momento?, cada segundo de sombra en el camino, cada mojadura de cabeza en una fuente o baño en un río, cada brisa que te golpeaba en la cara o en la nuca en ese momento de pleno sol era como una bendición de la naturaleza y los momentos en que te cruzabas con peregrinos o los adelantabas y se dice siempre ?buen camino?, como a uno que venía de vuelta hacia Zaragoza y venia cantando, se le oía a kilómetros y sin verlo todo el mundo ponía una sonrisa en boca esperando el cruce con el, otro sucedido fue mi llegada a Palas de Rey sobre las cinco de la tarde y como mis colegas ocupaban una litera o un trozo de suelo para mi, no me preocupaba pero esta vez curiosamente a cinco minutos del albergue veo como unas familia de cuatro miembros de los cuales dos eran ya dos mocetes aparcan y bajan de un coche, cogen sus mochilas y se dirigen al albergue al que llegaron unos cinco minutos antes que yo y cual sería mi sorpresa cuando al pedir alojamiento me dice la hospitalera que no había sitio.

Uno de los recuerdos más queridos fue el ver que mi amigo Paco de Coslada en un arrebato humanitario una vez que llegó al albergue de Santiago y dejo a su amigo manolo descansando, volvió hacia atrás unos cinco kilómetros para llevarme la mochila hasta el mismo Monte do Gozo a cuya entrada llegamos después de hacer el ultimo día 38 kilómetros para poder asistir al día siguiente a la misa del peregrino a las doce en la catedral, momento con la consecuente llorera en el mismo momento que llamando a casa pronuncié la frase ?llegue?.

Al día siguiente y cuando el botafumeiro volaba en las alturas de la catedral y una monja sentada a mi lado de nacionalidad italiana me dio la paz fue tal vez la sensación de plenitud de mis expectativas personales por haber logrado lo que ni yo mismo creía poder hacer.

Y si rematáis en Fisterra quemando alguna prenda incluso la ropa interior mientras el sol se pone en el horizonte del fin del mundo la gloria será para siempre jamás vuestra.

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