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Tres Viñetas del Camino

El Otro Camino

Sarria es el inicio de la parte más concurrida del Camino. Es la primera etapa de quienes se suman al Camino con pies limpios y la ilusión de Compostela. Se suman nombres, nacionalidades, lenguas, personas. Algunas nuevas, otras conocidas pero olvidadas. Un acertijo común es preguntar a un peregrino recién llegado al destino del día---que hoy sería para nosotros Portomarín---dónde empezó a caminar ese día, y sonreírse al verles titubear mientras escarban el recuerdo. El Camino entorpece el paso y embrutece la memoria, pero también refresca el alma, y confirma que uno no precisa saber ni recordar mucho para ser feliz. La felicidad en el Camino es tan efímera como cierta, y es preciso no descuidarse, cosa de no perder el vuelo sutil de una mariposa que cruza la ruta, algún banco en sombra, o el recuerdo de tu mirada cuando me sorprende una fuente tan inesperada como fresca. Hay preguntas que se repiten en el Camino, y hay siempre quien me pregunta si el Universo, o si otras Tierras, o si las estrellas. Yo les hablo de otras dimensiones, y del multiverso del que nuestro universo tal vez sea parte. Lo cual suscita la pregunta de si hay otros Caminos. Si van en otra dirección, si hay otro Santiago. Y yo les cuento que sí, que Santiago se repite, en la geografía y en los hijos, en la historia y en tus ojos. Puede que exista otro Camino, uno en el que no piense en ti. Pero no creo.

Santiago

Las historias del Camino se escriben con señores y milagros, con moros y batallas, con templarios y bandidos, y con hospitales y cementerios de peregrinos. Llegar a Santiago significa siempre morir y renacer, como en el Juego de la Oca, donde la casilla de la muerte implica solamente retrasarse unos turnos. En el Camino la muerte carece de misterio, pero no de encanto, y adquiere significado sólo por ser imprescindible para volver a empezar. Desde que empecé el Camino que medito acerca de cómo sería morir, sin éxito alguno. Pensaba que sería como entrar en años olvidando el don de agradecer, o como recordar con la prisa que borra todas las huellas, o como hacer el amor sólo para recordar cómo es. Pero no es así. Hoy que el sol nos acerca la luz del último día en el Camino, me doy cuenta de que he retrocedido yo también algunas casillas. No las suficientes como para recomenzar el Camino, pero sí como para llegar a Santiago una y otra vez. Pocos entenderían esa necesidad, y habría quien la llamaría debilidad. Pero es porque no han visto tus ojos de mañana, porque no saben a la distancia de cuántos años se resucita, o que nuestra hija se llamaría Rocío, o que cuando me lavo la cara y me abrazas el espejo devuelve sólo una imagen, y no es la tuya. Que los ángeles carecen de semejanza pero no de brazos ni piel ni manos ni labios. Así llego a Santiago---tocado por un ángel.

Después del Camino

Algunas sensaciones no se rinden a las palabras. Se rebelan a ser enjauladas en símbolos, encadenadas en la gramática, maniatadas por la prosa y la rima. Una de ellas es llegar a la Praza do Obradoiro en Santiago y ver la multitud de peregrinos recién llegados, sentados en las piedras mirando al cielo. La plaza es pequeña para la altura de la Catedral, y la única forma de apreciarla es sentarse o acostarse en las piedras y verla estampada contra el cielo, cambiando color y matiz con cada hora que pasa. El temor a Santiago, a lo que viene después, nunca está más presente que en ese momento, en el cual aflojan las lágrimas y uno siente esa sensación de no saber qué hacer con tanto logro, como la primera vez que se recibe a un hijo en brazos. El Camino pide más, y en la bruma que alimenta la adrenalina y el sudor uno no ve nítido lo que es claro: el Camino sigue toda la vida, por las rutas que marcan, como mojones jacobeos, las personas que uno quiere. Quedan también las promesas que uno va pensando en el raudo descenso desde Monte do Gozo hasta el Pórtico de la Gloria, donde un gaitero que parece tan perenne como el Apóstol recibe a los peregrinos con estridencia y estruendo. Pero ya sé que no os importa. Que os preguntáis por mi ángel, ahora que ya no hay peregrino a velar u hombre débil de guardar. Y siempre os recuerdo que mi promesa fue volver a verte. No cuándo ni dónde. Sólo volver a verte. Y algo me dice que el Apóstol no abandona a quien se abandona, como el amor no olvida a quien no olvida. Y hoy que me descubro lejos y sin lágrimas me fortalece el pensarte, el saber que existes, que cuando un ángel te toca la vida no vuelve a ser la misma. Y aquí estoy, con esta cosa extraña que me dejaste dentro y que palpita como un corazón pero que también escucha y habla y conversa. I can ask him who he is and where he comes from; I can ask him to point at the little bears sitting on chairs, or the cow jumping over the moon, or the young mouse, or the red balloon. But he is not fooled when I ask him to point at the air. En vez de señalar al aire me mira y cierra los ojos y calla y me pregunta por ti.

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