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A solas en el Camino

Una inoportuna nevada a principios de mayo nos impidió llegar al nacimiento del río Aragón. Incluso en Canfranc Estación los tejados estaban blancos y los responsables del grupo decidieron seguir el curso del río hasta Villanúa por el trazado del Camino de Santiago.

En aquel momento sentí un impulso irrefrenable de hacer el Camino. Pero también sentía cierto temor ¿Sería capaz? Salir sola a mis 50 años... Por fin me decidí, estaba muy estresada y necesitaba relajarme. Desempolvé la vetusta mochila que me acompañó 20 años atrás por el Pirineo, Asturias y Portugal, conseguí la credencial y me compré un bordón que ha sido mi compañero fiel desde entonces. A finales de agosto llegué a Somport y bajé a dormir a Canfrac Estación. Primeros pasos inseguros, dudas, aunque confortada por los ánimos y ayuda de algún senderista veterano.

En Villanúa me alojé en el albergue. Había un grupo que me invitó a cenar. Después Jaca, Santa Cilia, iba haciendo medias etapas porque me sentía cómoda y no quise forzar la marcha. Además, entró una ola de calor y subieron mucho las temperaturas. Salí temprano hacia Arrés pero los tres últimos kilómetros se me hicieron interminables, monte arriba, por un estrecho sendero con curvas y contracurvas que no dejaban ver el pueblo hasta que estabas encima. Fueron llegando los que venían desde Jaca, el calor era agobiante. Un brasileño cayó redondo frente a la puerta, víctima de un golpe de calor. Pudimos reanimarlo con toallas de agua fría pero tuvo que venir una ambulancia para llevarlo al hospital. No iba demasiado bien equipada, me planteé la siguiente etapa: 20 kilómetros hasta Artieda, sin ninguna sombra... Ya me había probado y visto que sí podía, tenía que ser sensata y prudente. En vez de seguir adelante, me fui por la carretera a Puente la Reina de Jaca para coger el autobús de vuelta. Me encantó la filosofía del Camino: si puedes ayudas, si lo necesitas, te ayudan. Vas sola pero no estás, ni mucho menos, te sientes sola. Había recuperado la serenidad y la calma.

Jubilé la vieja mochila y compré otra más ligera. Había aprendido que es muy poco lo imprescindible para pasar unos días. En abril del año siguiente retomé en Puente la Reina de Jaca hasta Artieda, Ruesta, Undués de Lerda y Sangüesa.

En julio volví a Sangüesa. Quería ir a Izco por Lumbier para ver la foz pero el hospitalero nos dijo que la autovía había cortado el Camino y era mejor ir por el otro lado. No me gustó la alternativa por ser un camino demasiado solitario por lo que no tenía estudiado el trazado y me despisté. La buena gente con la que me crucé me fue orientando y, tras muchas vueltas y caminata monte arriba y abajo, conseguí llegar a mi destino sin mayores problemas. Después Monreal, Tiebas y Puente la Reina, previo paso por la iglesia de Eunate. El objetivo era llegar hasta allí aunque había preparado alguna etapa más por si acaso y, como las botas se negaron a parar, fui siguiendo sus caprichos: Lorca, Estella, Los Arcos, Torres del Río, con otra iglesia octogonal, donde me pilló el aguacero ya en casa Mari. Aún paré en Viana por el tiempo desapacible y terminé en Logroño. A ratos coincidí con un guarda forestal italiano y su hijo que lo seguía a regañadientes con pocas ganas de caminar. No me importaba la distancia recorrida, sino conocer los sitios por donde pasaba, pegar la hebra con sus gentes y echar unas risas con un inglés que me doblaba en tamaño pero que, por ir de bar en bar, me llegó a adelantar hasta tres veces en la misma etapa: "good, very good".

Aproveché el Pilar para ir de Logroño a Navarrete, Nájera, Santo Domingo de la Calzada y Belorado.

Allí comencé de nuevo en junio del año siguiente hasta Villafranca Montes de Oca, Atapuerca, Burgos, donde llegué por el camino del río, aconsejada por otros peregrinos, poco convencional, pero más agradable, aunque el final de etapa fue duro. Desde donde marcan las guías el final hasta el centro hay 5 kilómetros y hacía bastante calor. Seguí por Hornillos del Camino, Castrojeríz, Ïtero de la Vega y Frómista. Iba sin prisas, parando un par de días si había algo que visitar. Dormía en humildes albergues, hostales u hoteles, según las circunstancias, pero agradecida por las facilidades que encontraba para comer y dormir donde paraba. Dejar la mente en blanco, disfrutar del paisaje, respirar hondo y sentir una gran paz conmigo misma y con el resto del mundo.

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