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Amor a primera vista

Tal vez haya sido amor a primera vista. Cuando la conocí aquella tarde de fines de mayo cerca de la frontera con Francia, me pareció hermosa. Era muy fácil darse cuenta que para ella también sería la primera vez. Sin dudas era exactamente lo que yo necesitaba para poder desandar los más de ochocientos kilómetros hasta Santiago de Compostela. Con Genoveva, así se llama, salimos muy temprano un domingo neblinoso, bajo una fría y persistente llovizna. Digamos que empezamos mal, pero muy ilusionados por lo que vendría. De a poquito me fui dando cuenta primero, de mi torpeza en el trato y luego de cómo ella me iba haciendo entender que y como quería que yo hiciera las cosas, para digamos… llevarnos mejor. Nos divertimos muchísimo a lo largo de los días y kilómetros por paisajes indescriptibles, entre olivares y viñedos, infinitos campos de trigo y amapolas por caminos arbolados que se perdían siempre tras montes y montañas ya que allí no existe el horizonte. Atravesamos aldeas y ciudades, caseríos y corrales que olían a estiércol. Zarzales, flores e iguanas nos acompañaban por todos los suelos imaginables. Unas veces a la velocidad de los gorriones, otras a la de las mariposas y en algunas subidas casi como los caracoles. Genoveva y yo seguimos cada una de las infinitas flechas y señales, tantas como estrellas. Continuamente hacia el oeste, por la mañana su sombra por delante, a la tarde mi sombra por detrás. Siempre juntos también lo pasamos mal, pero duró poco. Aprendimos de nuestros gestos y silencios, como cuando respetuosa se quedó a la entrada del cementerio, donde llegué para cerrar un círculo de más de ciento veinte años. A veces cuando bajábamos interminables cuestas me daba a entender que podía más, que era capaz de bajar más rápido y no siempre, casi nunca le hice caso. Pensaba que cuidándome a mi, también la cuidaría a ella. Al cabo de algunos días ya se podía decir que éramos el uno para el otro. Es más, yo no comprendía el camino sin ella y hasta pensé en traerla conmigo al final, cuando volviera a Argentina. Al llegar a la plaza del Obradoiro nos recibieron sones de gaitas y redoblantes. Frente a la Catedral de Santiago de Compostela la alcé en mis brazos, era todo lo que podía hacer con las pocas fuerzas que me quedaban. Pero igual seguimos, si había más camino juntos iríamos hasta el final, allí donde los romanos decían se terminaba la tierra. El camino termina en Finisterre, frente al mar, simplemente porque allí no hay nada más que una lengua rocosa que se adentra en el océano Atlántico y solo deja senda para desandar. De lejos fue testigo del rito, la purificación de quemar la ropa del camino de las estrellas. Otra vez pensé en el final, qué hacer con Genoveva? Dejarla o traerla conmigo? Comprendí que yo había terminado mi camino, pero ella seguiría allí por mucho tiempo, con otras personas que mejor o peor que yo serian su compañía. De alguna manera ella estaba hecha para esto y su vida sería siempre de senderos, raíces, barro, piedras, arcenes, polvo y asfalto. Le quité todo el peso que tenía, con mis manos la lavé despacio para que luciera hermosa como cuando la conocí. La acaricié, la besé, la dejé sola y sin mirar atrás me fui. Nunca, nunca te olvidaré Genoveva, Spezialized Crave Comp. 29” MTB. Hasta siempre. Buen Camino!

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