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El camino no se acaba

No recuerdo con exactitud en que publicación leí acerca del Camino, sin embargo en ese instante mi corazón sintió atracción a primera vista. Dos años después me encontraba volando desde América a ese encuentro para hacer parte del camino Francés.

Cuando por fin llegué al punto de partida aunque un poco nervioso, sentí como si nos conociéramos de siempre... León... ahí comenzó esa gran aventura... poco más adelante todo se volvería mas intenso...

En Astorga, a dos días de haber iniciado ya me sentía un héroe por el hecho de haber sobrevivido a estar fuera de mi zona de confort, todo era diferente todo dependía de mi, al quinto día en Villafranca del Bierzo me sentía inmensamente feliz porque descubrí que había vida más allá de las comodidades y facilidades de mi entorno cotidiano, no era el mismo, había un sentimiento de solidaridad legítimo, era más perceptivo y noté que mi capacidad de asombro despertaba de un letargo de muchos años y por supuesto los sentimientos a flor de piel, algo muy necesario para esta gran aventura que por cierto nunca fue rutina.

Aunque la mente y cuerpo luchan por su confort, no hubo momento para pensar en renunciar ni aún en los días de mayor sufrimiento físico y carga emocional y vaya que el Camino me sometió a pruebas intensas especialmente el reclamo corporal, también a las inclemencias del tiempo, sentimientos de soledad, nostalgia algunas veces acompañadas del llanto y no pocas noches de insomnio, no obstante también fue benévolo porque siempre que superaba alguna prueba fui retribuido con los paisajes más hermosos, me mostró lugares y momentos que en el clásico turismo no ves, oí el silencio del camino, me envió música a través del viento y canto de las aves, me endulzó los sentidos poniendo cerezos casi en todo el camino y me reconforté con estupendas comidas, recargué fuerza en albergues y hostales, me permitió conocer personas encantadoras especialmente a tres que durante los primeros días fueron como familia y el separarme de ellas fue muy emotivo.

Transcurrieron los días y fluyeron paisajes, terrenos, personas, callejuelas y pueblos de arquitectura rústica empeñada en sobresalir (exitosamente) sobre la modernidad de ciudades más grandes. Sólo por mencionar algunos... me deleité con platillos espectaculares como el vasto cocido maragato, codillo, caldo gallego y por supuesto los pulpos a la gallega calmaron mi apetito en más de una ocasión, siempre acompañados de un fresco vino de la casa, un ribero o un albariño.

Desde el páramo Leones, el Bierzo y hasta Santiago, ya en tierra Gallega, me crucé con innumerables paisajes, ciudades, personajes locales e infinidad de caminantes que además del objetivo básico, todos llevábamos otras consignas que van desde lo religioso, aventura, senderismo, hasta el desarrollo personal para conocer tus alances, debilidades, fortalezas, qué sé yo... Fui confidente de muchos con quienes compartí parte del recorrido y que tal ves por ser desconocidos y por saber que jamás les volverás a ver es que nos atrevíamos a detallar algunas cosas de nuestras vidas... o bien por sentir que harás un amigo de por vida aún a la distancia.

La carga histórica repleta de simbolismo y la constante emocional se conjugan para terminar en momentos de convivencia muy amenos, especialmente en la comida que es, digamos nuestro premio del día, sentados a la mesa se platica, se planea la siguiente jornada sacamos nuestros mapas, bitácoras, recursos electrónicos y ahí todos somos expertos. Una vez repasado el plan aprovechamos para recorrer y conocer un poco más del lugar en turno y antes de regresar al albergue sentarse en alguna terraza a tomar una fresca caña, una copa de vino o un reconfortante café y desde luego más charla...

Así cada día hasta que por fin llega tan ansiado momento, Santiago me recibe el domingo quince de junio al medio día, misa del peregrino, el Botafumeiro a todo lo que da, centenares de personas convergemos en la plaza siempre acompañados del sonido de una gaita que de recordarlo me eriza la piel, caminando en todo momento con la mirada cristalina -no lo podía evitar- tenía una emoción desbordada que implore jamás terminara. Aún sediento, adolorido, sudado y a cuestas una mochila con 8 kilos sentí una felicidad inmensa...

Me di cuenta que aún entre desconocidos, con pocas posesiones pero con mucha voluntad y amor por la vida se puede ser muy feliz...

Buen camino!! Un código que estoy seguro que quienes lo hemos hecho nos identificará en cualquier momento y lugar porque nos ha marcado en lo más hondo de nuestros corazones...

Marco Rodríguez M.

2014, Veracruz, México

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