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El Camino: un mundo interno por descubrir

Hoy, posible lector, encuentro un momento para hablar de cosas sencillas y especiales, pero profundas como la vida misma. Este relato trata sobre vivencias en el Camino de Santiago, pero también de lecciones de vida. Recuerdo que la primera noche no pude dormir más que tres horas. Soñaba que un terrible terremoto asolaba la ciudad donde vivía y que muchos gatos negros ronroneaban por las calles. Al despertar me di cuenta que de lo primero daba explicación los continuos movimientos de Javier, un peregrino español que dormía en la litera bajo la mía y que lo segundo se trataba de los ronquidos en concierto que exhalaban de las gargantas de los que serían mis amigos del Camino de Santiago. He salido a la calle con una sola pregunta: ¿Por qué caminar a Santiago de Compostela?

La primera etapa entre Saint Jean Pied de Port y Roncesvalles deja la más profunda impresión en todo mi ser, una sensación de que en adelante ya no seré mas el mismo. Akyio Kobayashi, la primera amiga del camino me enseñaría el valor de la humildad japonesa, de la sencillez y del silencio, tres elementos que cuando llegué, 35 días más tarde, a la Plaza del Obradoiro, supe que nunca se irían de mi lado.

En el camino uno aprende a conocerse a sí mismo, a comprender a los demás y a aceptar el universo tal como es. La primera lección de vida me la brinda Zubiri. Al cruzar el Puente de la Rabia, mi rodilla izquierda está muy hinchada y el dolor es insoportable. Decido abandonar, pero la mañana siguiente veo que cada peregrino sale con alguna dificultad y decidido a cumplir la etapa del día. Tomo mi bastón y continúo. El dolor se hace intenso pero me doy cuenta que cantando y silbando canciones se hace tolerable. Primera conclusión: el dolor físico alcanza un clímax, al cabo del cual o se pierde la consciencia o se hace tolerable.

El ascenso al Alto del Perdón confirmaría lo dicho: en medio del barro arcilloso que hace doblar el peso de las botas me encuentro con Wendy, peregrina americana que a sus más de seis décadas, deja ver su determinación de éxito y su generosidad al acompañar a una peregrina española que sirve de guía a su hermana invidente, ambas vienen desde Pamplona. Ellas me dan la segunda lección: cuando estás muy mal y a punto de tirar la toalla, aparece otro peregrino en peores condiciones que te dice que tú también puedes continuar. Esta lección seria reforzada en otras ocasiones como cuando en Arzúa alcanzo a una peregrina Surcoreana que caminaba con más dificultad que yo o cuando Marco Torreao del Brasil y José de México me enseñan sus rodillas y talones tremendamente hinchados y adoloridos.

La historia la escriben mujeres y hombres ganadores y cada peregrino sin importar su sexo, religión, condición social o económica, ha sido un ganador, especialmente por haber demostrado que se puede vivir con menos cosas materiales, haber superado sus propios límites físicos y haber compartido cama, casa y comida con gentes que quizás solo tienen en común una cosa: ser seres humanos.

Dado que no hay normas ni existe la casualidad en el camino, bajo los capiteles de la entrada a la iglesia de la Asunción en Uterga encuentro a Ellie Jo, una peregrina Coreana que durante el día encarna a una mujer decidida, emprendedora y triunfadora y que durante las noches se desliza entre la multitud que habita los albergues con una gracia de gacela y con un don de gentes siempre dispuesta a ?echar una mano? a quien lo necesite. El camino es así, saca lo mejor de cada peregrino y lo pone al servicio de los demás.

En Uterga, precisamente, encuentro por segunda vez a Sussan, peregrina originaria de Virgina (USA) y a la cual han apodado ?La Dealer? porque tanto a mi como a otros peregrinos nos obsequió con una pastilla mágica contra el dolor que me hizo sentir nuevamente como un chaval imberbe. Nos cuenta, entre risas y sonrisas, que bajando del Alto de Lepoeder sintió la necesidad de orinar, pero dado que el barro abundaba decidió dejarse la mochila. Acto seguido desliza su pantalón con tan mala suerte que el peso de la mochila hace que ruede por el suelo. Todos reímos con simpatía ante su felicidad de tener cosas para contar. Y es que todos y todas tenemos también historias felices, difíciles y curiosas para compartir. El camino sigue y con el también nosotros avanzamos.

Cuando a las 4:00 pm en Pedrouzo tomo una decisión incorrecta y debo caminar 16 km más hasta Monte do Gozo al cual llego a las 8:30 pm, me doy cuenta de mi segunda conclusión: en el camino nunca estás solo. Varios peregrinos me han alcanzado y reconfortado con el ?Buen camino?, sin importar la hora. El día siguiente, mientras entro en la catedral de Santiago me doy cuenta que mi camino no ha terminado y que tampoco empezó en Saint Jean. He sido testigo de milagros que aun no comprendo, he aprendido a perdonarme a mí mismo. Quien soy yo no importa. Lo que en realidad cuenta es el caminar, el estar en movimiento.

El camino enseña, cuestiona. Si tienes miedo a encontrarte a ti mismo(a), aléjate del Camino. Ahora, sentado en la terminal de buses de Santiago de Compostela, me doy cuenta que la respuesta a mi primera pregunta en el camino no podrá ser respondida antes de dos meses, cuando por fin asimile lo que significó el Camino de Santiago para mí.

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