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Λ

Hay algo en la niebla

Me planté en Cebreiro con el corazón en la boca tras un pequeño infierno hecho cuesta. Una cuesta que te susurraba al oído que el final estaba cerca pero no tanto como yo me pensaba. Creo que acompaña los susurros con una sonrisa ladera, así como de mala gente.

Al llegar al pueblo divisé lo que cualquiera podría interpretar como un trozo del Paraíso en la tierra. Si Dios existe está claro que su color favorito es el verde. Me quedé un rato pensando en mis cosas mientras miraba el valle. Al final, simplemente me quedé mirando. Ahí estaba, pasando la tarde sintiéndome reconfortantemente pequeño y ridículo.

No hizo mala noche, era de una serenidad acongojante, la verdad. Sin embargo, dentro del albergue tronaba. Hubo no menos de tres focos de ronquidos que asustaban al mismísimo miedo, uno de ellos justo al lado de mi litera. A las 5 de la mañana, despierto cortesía de esos ronquidos qué sonaban como cacofonías amplificadas al 11, decidí que era buen momento para levantarme. 20 minutos después estaba fuera del albergue, todavía era noche cerrada y la luna parecía instalada en un sobreático cualquiera de lo cerca que estaba.

Con la linterna y las indicaciones que me habían dado el día anterior empecé la etapa. A mí derecha, lo que apenas unas horas antes era una constelación de verdes se había tornado un gran colchón de niebla. Entre nosotros, acojonaba un poco.

A medida que el camino se hacía descendente la niebla se colocaba a tu altura, o tú a la suya, y ésta preñaba todo lo que podían ver tus ojos de una singular cualidad etérea. Todo ganaba en inquietud y belleza. Eso exactamente: inquietud y belleza. La gran combinación.

Todo lo que se plantaba ante mí parecía salido de un lienzo, y aunque podías tocarlo no estabas seguro de que fuera real. Nunca antes había visto algo así. Es decir, claro que tenía vista niebla antes, lo que no había visto era ESTA niebla.

Mientras caminaba por los diferentes parajes tenía la sensación de que en vez de un camino estaba haciendo cinco. La sugestión ante lo que me rodeaba era tal que la cabeza no paraba de imaginar que es lo que podía haber tras los bancos de niebla más espesos, tras los árboles y los arbustos, esperándome al fondo del camino o en aquello que dejara inmediatamente atrás. Cualquier crujido te hacía pensar en meigas, en la Santa Compaña, en Romasanta y hasta en el conejo blanco de Alicia en el País de las Maravillas. Por separado o a la vez.

Para cuando amaneció completamente me di cuenta de algo: Estaba, sin remedio, enganchado.

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