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El mirador

Isabel y Manolo son de Mislata, Valencia. Su relación estaba pasando por “un momento bajo” desde mucho antes de lo que serían capaces de admitir. Isabel, más decidida, llevaba ya un tiempo pensando en hacer el Camino. Un par de amigas del trabajo lo habían hecho y sus testimonios le despertaron las ganas de coger mochila y seguir flechas amarillas. Tras un par de meses de “taladreo” diario, Manolo le dijo que sí más para que se callara que por convencimiento. Se pasaron el Camino prolongando las tensiones del salón de su casa salvo cuando coincidían con otros peregrinos (y no siempre). Ella le lanzaba los clásicos reproches y él cada hora y media, más o menos, respondía de manera furibunda y avanzaba rápidamente unos 20 metros como si quisiera dejarlo absolutamente todo atrás. Cuando veía que por mucho que andara todo seguiría igual se relajaba y esperaba a que Isabel llegara para continuar juntos hasta que llegara el momento de repetir el proceso. Así estuvieron una semana.

Eso sí, sentían cierta compasión por aquellos que hacían el Camino solos.

Solo estaba Daniel. Se había quedado descolgado de sus colegas no por falta de fuelle sino porque quiso quedarse unos días perdido por algunos parajes castellanos. A sus amigos ya los veía todo el año, pensó. Etapas más tarde, bien entrada Galicia, el dolor en su talón izquierdo (que llevaba un par de jornadas dándole la lata), le hizo pararse. Justo en el momento en que levantó la mirada tras quitarse las botas captó un destello del rostro de una peregrina lo suficiente llamativo como para levantarse como un resorte. Sin embargo, no podía seguir ese ritmo ahora y se tuvo que resignar con verla alejarse mientras su figura cada vez se hacía más pequeña engullida por la neblina…”ya me la encontraré en el final de etapa”, se consoló.

Mientras tanto podía fantasear con la idea de acercarse a ella y tratar de convencerla para ir a ver la puesta de sol en Finisterre y quemar sus botas juntos. Casi todo el mundo decidió parar en Ribadiso da Baixo y bañarse en el riachuelo que lo precede o quedarse charlando en la orilla, sobre la hierba. Todo el mundo salvo la bella y misteriosa peregrina. Daniel, tan intenso el pobre de él, se quedó pensando si no habría merecido la pena morderse los labios y forzar ese talón. Y pensó en ello un largo, largo rato.

Maureen es una chica de Athens, Georgia. Tras la recuperación del coma de su mejor amiga en un accidente de coche en el que Maureen conducía (y sí, estando ella bastante perjudicada) juró que haría el Camino Francés de cabo a rabo a modo de agradecimiento y penitencia. El caso es que Maureen no estaba disfrutando demasiado, enseguida la sorprendieron molestias en rodillas y tobillos hasta que en la parte final del viaje, allí donde los paisajes de Galicia flirtean contigo desde su majestuosidad, se dio cuenta de que tenía cuatro ampollas a las que prácticamente sólo les faltaba hablar y tomarse una barrita energértica a tu salud. No dijo nada a nadie y no quiso tocarlas por temor a cosas que había leído, como que podía ser el final del viaje por culpa del dolor. Como, a pesar de la mala pinta, el sufrimiento era asumible decidió no tocarlas pero era inquietante verlas alineadas una tras otra en los dedos de su pie derecho.

Y así se durmió, mirándolas. O ellas mirando a Maureen. Muy fijamente.

Al día siguiente, un ronquido de tantos la despertó y se encontró con un montón de peregrinos con los ojos como platos rodeando su cama. Había niños llorando. Sólo acertó a soltar un “What the fffffuck???” bastante sonoro hasta que advirtió que su movilidad, directamente, no existía. Al rato, un médico se acercó hasta ella y le dijo cual era la situación: se había convertido en una ampolla. Una ampolla de 1 metro y 65 cm. Tal cual. Tras mucho deliberarlo y desoyendo todos los consejos, pidió que enviaran su mochila al siguiente destino (Sarria) y se dispuso a continuar. El final estaba cerca y haberse convertido en un ser grotesco que sólo podía arrastrarse no la iba a frenar. Al principio no pudo disfrutar del amanecer en Triacastela, de esas primeras horas donde la niebla convierte el Camino en algo tan bello que es casi irreal, un buen escenario para que una ampolla gigante (convendremos que tampoco es algo muy real) dé sus primeros pasos. Con el transcurrir de las horas se iba encontrando más cómoda, iba conociendo mejor sus propias posibilidades y se dio cuenta que, de entrada, había eliminado el maldito dolor de sus articulaciones ni que fuera porque estas ya no existían (algo magnífico en los repechos y, sobretodo, en los descensos). Arrastrándose y apretando los dientes disfrutó de la Iglesia de Santiago camino de Barbadelo, de esos peculiarísimos hórreos o de la serenidad de las vacas paciendo. También de la solidaridad del resto que, tras la perplejidad de un primer encuentro, no dudaban en echar un cable a nuestra ampolla favorita cuando le era necesario. Tocaba disfrutar del Camino. Y a fe que lo hizo.

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