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Λ

Yago

En aquellos días, aunque yo no observaba cambios en el sitio donde vivía, tenía un extraño presentimiento de que “algo” sucedería, el color del cielo era diferente, el aire difícil de respirar y aquella sensación que todo se hacía pequeño era insoportable.

Esa mañana, desde la oscuridad de mi aposento, abrí mis ojos y detallé mis brazos y piernas, fuertes, en flexión. Así, tomé el camino de mis ejercicios diarios. Era un sendero bordeado de sembradíos, árboles centenarios: castaños, eucaliptos y cipreses. Envuelto por un aroma a flores, a tierra mojada y por aquel eco rítmico que me tranquilizaba. Sin identificar su origen, parecía la mezcla del rumor de brisa entre las hojas, la música del agua corriendo entre las rocas de los riachuelos, cadencioso, pausado, familiar, lo había escuchado toda mi vida. Conocía gran parte de ese camino, cada día me aventuraba más allá, contrario a mi sentido común, no podía frenar aquel impulso que me llevaba a continuar. Inicié el ascenso de aquella montaña imponente, camino prolongado, empinado, pero estaba preparado, tenía meses entrenando intensamente. Escalaba con afán, sentía agotamiento, mi corazón latía más rápido como respuesta a mi trabajo. Las subidas se intercalaban con senderos algo más planos donde recuperaba parcialmente el aliento.

Desde un recodo del camino, al fondo de una barranca, observé unas luces, parecían estrellas, al acercarme al sitio, lo vi sentado al borde de un río que corría entre árboles, piedras, flores y pozas profundas. Aquel Señor de barba oscura, alto y fuerte pescaba pacientemente; sin sobresaltos, como si me conociera, respondió mi saludo con una voz parecida al trueno:

“¡Hola hijo! ¿Qué tal tu camino?”, “¡Difícil!”, si no le molesta, descansaré aquí un poco para continuar” respondí. “Me pareció ver unas luces que venían desde este sitio”. “¡Viste bien! de ahí surge el nombre de este paraje, lo llaman Campus Stellae, y es el sitio que siempre espera, así que bienvenido. Mi nombre es Yago”. Inmediatamente me senté confiadamente a su lado y sentí paz, amor y una felicidad indescriptible, que atribuí a lo hermoso del lugar, entonces comenté que siendo el camino tan difícil provocaba quedarse allí para siempre. Por primera vez Yago me miró, y preguntó por qué caminaba, le respondí que ni yo mismo sabía, solo tenía aquel afán de búsqueda, de ir más allá, de conseguir algo que no podía discernir.

Me dijo: “En el camino conseguirás luz, oscuridad, barro, agua, tierra, perfumes, olores desagradables, colores, sombras, ruido, música, pero lo más importante te conseguirás contigo mismo, y allí muy dentro de ti conseguirás la razón misma por la cual caminas. El camino es un transcurrir de momentos, hechos, personas, que compartirán contigo sus pertenencias, buenas y malas, y permitirá que intercambies con ellos tus propias posesiones. Lo más importante es lo que los acontecimientos que se sucedan marquen en ti. Si te involucras con el camino, si comprendes su esencia, si lo intentas desde tu propio amor, desarrollarás sentimientos de solidaridad, amistad, agradecimiento, caridad, paciencia y amor por el prójimo. La ruta está señalada, solo tienes que estar dispuesto a entender los símbolos que se iluminarán con la luz de tu propio espíritu. Caminarás sobre las huellas de muchos que pasaron antes y dejaron un rastro que no solo facilitará tu propio andar, sino que te reconfortará saberte en el buen camino. Es una marcha que harás en el espacio, en el tiempo, y sin espacio, ni tiempo a la vez, pero siendo tu camino solo puedes realizarlo tú. Siempre el final encontrarás el inicio de otro, por lo que una vez en el camino, siempre en el camino. Te regalaré dos consejos, nunca dejes un sueño a la vera del camino y ten clara tu meta. En tu caso, esa avidez por la exploración y la investigación, será el mejor estímulo para dar siempre un paso más.

“¡No logro comprender todo lo que me dices! pero puedes tener la seguridad que lo llevaré grabado y en algún momento, lo debo recordar y entender, y lo más importante ponerlo en práctica” intenté explicar.

Abrazándome me dijo: “¡Perfecto hijo mío! Es hora que sigas adelante, llevas ahora como bagaje este conocimiento. Ten la seguridad que el mismo camino te pondrá a prueba, y sí lo haces con juicio, vivirás el buen camino y te habrás convertido en peregrino de Campus Stellae, por lo tanto regresarás a este sitio que siempre te espera, donde siempre te esperaré”. Una vez peregrino, siempre peregrino. Seguí mi camino, y volteé para decirle hasta pronto, “¡Buen camino peregrino, Ultreia!” me gritó desde aquel sitio precioso. La imagen de Yago, su enseñanza y la paz de aquel lugar, nunca los olvidaría.

La subida era intensa, cada vez más empinada, reconocía el buen camino y, sus señales casi imperceptibles, sin embargo mi lucha se intensificaba, mi corazón latía rápidamente, el aire se hacía irrespirable, la temperatura descendía, pasaba por un cañón de paredes húmedas y estrechas, cada vez con mayor dificultad, pero sabía donde llegar. ¡Estoy cerca! Lo presiento, ¿es el final del camino? ¿será el comienzo? recuerdo a Yago, una vez en el camino, siempre en el camino. Una vez peregrino, siempre peregrino.

Abro los ojos, hay luz, mucha luz. Estoy mojado, siento frío, tiemblo de frío. Me duelen mis oídos, hay ruido, mucho ruido. Me duele la piel, me tocan y duele. Estiro mis brazos, mis piernas, abro mis manos. Me duele respirar, debo hacerlo….

Tomo aire. Nací.

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