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Dejando huella

Es difícil que la ilusión, el reto, el sueño de todo un año, acabe por desvanecerse en una estación de tren. Todo está planificado, nuestro quinto año va a comenzar en Irún, la ruta elegida es llegar hasta Santander, 12 los días que tenemos previstos para hacer el recorrido. Muchas horas, muchas ilusiones puestas.

Cinco valientes tomamos el tren en Almería. Nada falta en nuestras mochilas, la experiencia y el sentido común nos hace ver que hay que llevar lo justo. En Chamartín nos sentamos preparados para tomar una comida ligera. Por alguna razón, saco los billetes y los pongo sobre la mesa. ¡¡Noo, se moja uno!!, ¿cómo es posible?, murmuramos por no estar la mesa limpia, guardo el resto, este lo dejo secar un poco, y vuelvo a comprobar la hora de salida, algo me llama la atención del billete: Madrid P. A, eso no es Chamartín, ¡¡no es posible, sale de Atocha en apenas media hora!!, deprisa, más, más, el metro, nervios, más nervios, llegamos, corremos, sudores, deprisa, nos dice la azafata... subimos al tren... salimos, respiramos. ¡¡Lo hemos conseguido!!, no sabemos cómo, pero tenemos claro que nada ha sido casualidad.

Tampoco lo fue que el albergue ya estaba completo y que, lloviendo, tuviéramos que buscar una pensión para pasar la noche. A partir de aquí, entendimos que nada iba a resultar fácil, pues si esa noche nos quedamos sin albergue, podían llegar otras noches, pero para eso, ¡¡sí estábamos preparad@s!!

La primera jornada, larga y dura nos acercó a San Sebastián, preciosos paisajes entre nubes, lluvia y a veces sol. El Camino me acerca a la realidad más próxima, a esa que no se ocupa más que del tiempo presente, eres tú, estás y caminas, nada te espera, nada dejas?nada, sólo pasará lo que tenga que pasar, hay tiempo para todo, para reír, para charlar con tu gente, pero sobre todo, esa magia que envuelve a los peregrinos que recorren el Camino de Santiago cada año, nuevos unos, pero muchos, esos que esperamos llegue la fecha cada año para salir de nuevo. Esa magia que hace camino, amistad en cada paso, saludos, sonrisas, ayuda y buenos deseos. El ?buen camino? frase que nos envuelve, y que sólo al recordarla me dibuja una sonrisa en la cara.

Enseguida comienzan las agujetas, las piernas que no responden cuando, tras el merecido descanso, te levantas para visitar el pueblo, pasear por la ciudad, ¡¡vamos a levantarnos con dignidad!!, jajaja la risa al ver cómo nos movemos lo dice todo... pero nada preocupa, estas pasarán en unos días y allí seguiremos mimando los pies, para no ver las temidas ampollas. Este año vuelvo a librarme, el masaje con vaselina, los calcetines y unas buenas botas usadas, hacen el resto. ¡¡Cinco años sin ver una sola ampolla!!

Cada etapa me asombra, me envuelvo en la belleza del camino y admiro la belleza de sus gentes. Las que allá por donde pasamos, tienen un saludo para darnos, una voz de ánimo y una sonrisa, también ellas, que no caminan, nos repiten ?buen camino? a nuestro paso.

Casi sin darnos cuenta, subimos y bajamos repechos, quitamos y ponemos el chubasquero, caminamos entre estrechos barrizales y esquivamos alguna que otra compañera, no de viaje, las vacas, nuestro amigo, el francés, dio buena cuenta de ellas, no había espacio para los dos, la vaca lo tuvo claro, seguir hacia delante, nuestro compañero también, ¡tirarse al matorral!. Resultado, unos cuantos rasguños en ambas piernas, un recuerdo, nada más.

Sin darnos cuenta el grupo aumenta con dos personas más, el francés y la chilena. Compañía que tuvimos hasta Noja, donde nos separamos al quedarnos allí, ellos continuaron unos kilómetros más. Mi francés, del instituto, casi olvidado, con mezcla de inglés, de ningún sitio, me sirvió para poder entenderme a ratos con Alván. Él comprendía algo de español, pero no lo hablaba. Nuestra compañera chilena, siempre enganchada a su música, envuelta en su mundo...

Nos despedimos del País Vasco con la dureza de cada etapa, pero con la sonrisa enorme de satisfacción por seguir avanzando a pesar de cuestas, cuestas y grandes bajadas. Con la imagen, en cada playa de la marea también subiendo y bajando y los surfistas esperando la mejor ola.

Sebas, por esas fechas, ya se había acostumbrado a sus sandalias y a sus ampollas. El ?novato? de la expedición, sufrió las botas, nuevas, poco usadas, decidió guardarlas en la mochila y caminar con calcetines y sus sandalias negras que llevaba para el paseo de las tardes. Sus pies poco pudieron hacer, las ampollas consiguieron extenderse y fastidiarlo en cada bajada... pero él seguía con el mismo ánimo.

De nuevo el mar, la vista bien centrada en cada tramo, para poder recordarlo todo. La entrada a Cantabria fue, como todo el recorrido, espectacular. Los cuatro km de playa de Laredo, descalzos, fueron un alivio para pies y un refresco para cuerpos, ciertamente ya, cansados. La barca nos acerca a Santoña, encuentros del pasado a sorbos de café.

Cantabria nos sorprende, no solo por su belleza, sino también por la falta de albergues, y los que hay, de muy pocas plazas, como en todo el Camino del Norte. Muchas anécdotas reflejan esta curiosa situación, algunos, ?los que se dejan llevar?, sintiendo poco el Camino, cogen autobuses para llegar antes y poder dormir en el albergue, es la ?pillería inevitable?, pero no importa, siempre hay un hueco, un lugar para descansar, y seguir...

Nada acaba aquí, Santander tendrá que esperar un año, un nuevo verano para continuar nuestra hermosa aventura. Nos vemos. ¡¡Buen Camino!!

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