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Viendo crecer el vino

La llovizna es intermitente y hacia el oeste queda la silueta vencida de un viejo puente de piedra. Apuramos la marcha y llegamos al cruce de San Clemente, donde se bifurca el camino. Debatimos brevemente acerca de qué ruta seguir hasta Villafranca. La discusión es breve porque Julio declara que de ninguna manera seguirá la senda oficial, esa que bordea la carretera y desanima a cualquier persona de buen corazón. Él ya tiene decidido emprender una variante escarpada, exigente, pero de reconocida belleza. Así que, dando muestra de su buena formación taurina, mi hermano sentencia: allá voy y que dios reparta suerte. Luego remata con aire resuelto que hagamos lo que mejor nos parezca, que el último apague la luz y que cada carancho a su rancho. Para no ser menos en las citas célebres, remato con el dicho Oaxaqueño. "Ahí fue donde la puerca torció el rabo". Sin embargo, nadie manifiesta interés por el contenido semántico de mi contribución y rápidamente la comunidad decide sumarse al proyecto de mi hermano.

Seguimos la variante hacia Valtuille de Arriba. Con esfuerzo, vamos recorriendo un paisaje de belleza bucólica: viñedos, bosques, campos de labor, y de vez en cuando, un puñado de gente esforzándose en el trabajo agrícola. Caminamos por una senda rural, áspera en su pendiente, y al final del repecho, nos encontramos con un recodo que remata un extenso valle con hileras serpenteantes de Godello y Mencía. Allí están Tito y Andrea, sentados en silencio, frente al infinito mar verde que se prolonga hacia abajo de la montaña como un delta crecido y abundante. Julio les pregunta:

- Che cosa state facendo?

Tito responde con calma, casi con dulzura:

- Stiamo guardando crescere il vino

Pocas respuestas pueden ser tan hermosas como aquellas que son de inadmisible veracidad y, a la vez, de irrenunciable significado. En sentido literal, \'ver crecer el vino\' es una empresa quimérica, imposible, pero más allá de esa evidente limitación, hay una moraleja a extraer: escondidos en el tiempo; encerrados en las horas ingrávidas del porvenir, aguardan cosas hermosas y terribles. Sólo hay que prestar atención a la lenta evolución, a la transformación minuciosa, mineral, al progresivo nacimiento, a la fina trama que envuelve al génesis.

¿Cuánto tiempo hace que no miro las cosas con esa perspectiva atemporal, tratando de arrancarle al presente esas huellas imperceptibles del pasado y la palpitante dimensión de su futuro? No lo sé, pero esa frase de Tito me deja la urgencia de algo postergado y por ello, aunque sea por un momento, mis amigos, seamos audaces y busquemos la forma ausente de las cosas imposibles.

- Veo las aristas irregulares de las nubes y allí, atrapado en la invencible llamada de la causalidad, encuentro al aguacero de finales de Marzo, y en sus gotas densas descubro al caudaloso curso de un río que inundará las tierras húmedas en las que florecerá el lino;

- Veo la fragilidad de mis huesos y la mutación deforme de mis células, germinando la enfermedad que me acompañará una tarde de invierno, al final de mi Camino, cuando la lluvia deje el aire teñido con los olores domésticos del tomillo y el romero;

\'Estamos viendo crecer el vino\', nos dice Tito, con la certeza de que no es necesario explicar nada más; allí frente a un valle oscurecido por los frutos y la sombra alargada de una tormenta pasajera, el tiempo se consume en una urgencia de cosas simples. Luego, seguimos. A la entrada de Villafranca nos topamos con la Iglesia de Santiago. Este pequeño templo, de factura románica tardía, edificado a finales del siglo XII, se alza en la cima de una de las colinas que flanquean al pueblo, oponiéndose a otra colina en la que se alza un castillo monumental. La Iglesia de Santiago es sencilla, de una sola nave, con un ábside típicamente románico. La puerta norte, la llamada \'Puerta del Perdón\', es de una simplicidad y belleza que conmueve. Allí se encuentra, talladas en la piedra, desde hace más de mil años, no sólo la iconografía religiosa clásica - la huida a Egipto, los reyes magos, la crucifixión - sino también una serie de imágenes de animales que ahora nos parecen fantásticos, pero que la imaginación de la edad media encontraba con frecuencia en la niebla del invierno, la espesura de los bosques, o en los relatos de naufragios en las costas del fin del mundo. En esta puerta, los peregrinos enfermos, aquellos demolidos ya por el rigor del Camino, encontraban consuelo. Allí, a los pies del monte O Cebreiro, de su subida inacabable, obtenían su bendición y su indulgencia como si hubiesen cumplido toda su marcha hasta Compostela.

Actualmente, el rito del perdón sólo se cumple los domingos de los años jacobeos y, durante todo el tiempo restante, la puerta permanece cerrada. Aunque no he obtenido perdón alguno, igualmente me detengo a pensar un momento acerca de acerca de la preparación que he logrado, de lo que he encontrado en el Camino. En cierto modo, creo, haber adquirido lo necesario para comprender el sentido general; un juego inescapable donde no hay final ni ganadores; en el que la letanía de la marcha prepara para una transformación personal interminable; un ritual en los que las detenciones momentáneas - al igual que ocurre con los casilleros de la cárcel o la muerte en el tablero templario de la oca- son sólo exigencias de iniciar otra vez el juego. En este sentido, mis amigos, nunca llegaré a Compostela.

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