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Λ

San Xoan de Furelos

Cuatro kilómetros después, cruzamos un puente sobre el río Furelos. Es extraordinariamente bello, con sus cuatro arcos medievales ganando altura en sus bóvedas de medio punto, buscando la curvatura que le permite ganar en resistencia. Luego, entramos a San Xoan, un pequeño pueblo de 250 habitantes, que conserva un delicado trazado medieval. La iglesia, del siglo XII, es pequeña y las sucesivas reformas han dejado prácticamente irreconocible los rasgos románicos. La decoración interior es rica, con retablos dedicados a San Juan, y en un costado se yergue una imagen de tamaño natural, de un cristo en la cruz. La particularidad de esta talla, obra del escultor de Furelos, Manuel Cagide, es que el cristo está parcialmente desenclavado; cuelga solo de su brazo izquierdo mientras que el derecho se estira hacia abajo, como tendiendo su mano a los peregrinos que llegan hasta allí. Es una pieza hermosa y dramática, pero el momento de calma y recogimiento desaparece cuando irrumpe un grupo de bicigrinos y el templo se hace pequeño para tanta gente.

Apenas dejando atrás la esquina de la iglesia aparece la ?Taberna Farruco?, una tasca empeñada en reproducir un rincón andaluz en el corazón de Galicia. Largas mesas comunitarias, banderines con divisas incomprensibles, fotos de toros y su suerte inevitable, placas con nombres de barrios o lugares que son patrimonio de Sevilla. Allí, por supuesto, nos esperan JR y Mariame.

- ¡Os dije que no tendríais problema en encontrarnos!

Nos saluda, amable, JR, ensanchando su sonrisa, llenando su rostro de palabras de bienvenida. Aunque es un lugar en el que se reúnen habitualmente los parroquianos del pueblo, a esta hora el local está todavía vacío. Nos ubicamos en una mesa firme y generosa, que -imagino - seguramente ha servido para que muchos otros se reúnan fraternalmente a trasegar la calidez de caldos y potajes, a saborear el denso reclamo del vino de la tierra, o simplemente a pasar el tiempo cuando, al caer la tarde del domingo, aprieta el rigor del invierno.

JR y Mariame invitan a una ronda de cervezas y nos cuentan de las incidencias de la jornada, de las emociones que se encuentran en el simple acto de andar el Camino. Nosotros también recordamos nuestras peripecias y, de repente, el lugar se llena de risas, anécdotas y cosas compartidas. La amistad construida en estos días brota pacientemente, respetando las distancias emocionales que caracterizan a los adultos. La sensación de bienestar se trama en bromas, silencios y, poco a poco, en confidencias, en explicaciones simples y sinceras de quienes somos y qué hacemos allí. Bebemos unas jarras de cerveza, probamos las cortesías de la casa, esperamos por una tortilla de patatas y, acompañando la conversación, suenan bulerías, fandangos, ritmos gitanos y, ocasionalmente, como un recuerdo del lugar donde estamos, algún que otro fado.

La reunión en la Taberna Farruco es un punto decisivo de nuestra peregrinación. Allí es donde termina de fermentar la harina de todos los momentos pasados, las distancias recorridas, los afectos decisivos. En ese lugar se integra definitivamente el grupo que seguirá junto hasta Santiago, un ?nosotros?, que tendrá una vida propia hasta el final de nuestra marcha.

Ya bien pasado el mediodía decidimos ponernos nuevamente en marcha. Sellamos nuestras credenciales y, cuando comenzamos a recoger nuestras cosas, suenan los acordes de una sevillana

\"Algo se muere en el alma, cuando un amigo se va,

Y va dejando una huella que no se puede borrar.

No te vayas todavía, no te vayas por favor

no te vayas todavía que hasta la guitarra mía

llora cuando dice adiós\"

Termina la canción y se produce un extraño silencio; a los pocos segundos JR y Mercedes comienzan a golpear las palmas y ella vuelve a cantar la misma sevillana. Repite que algo se muere en el alma cuando un amigo se va y que no te vayas todavía, no te vayas por favor. Tiene una voz firme, apenas grave, que mueve algo dentro de cada uno de nosotros. Es como si de repente tuviésemos allí, al alcance de la mano, una manera de recobrar el extenso horizonte de Andalucía, el rumor del mar y la firmeza del desierto, el polvo áspero de la calima, las bandadas migrando al sur, el corazón alucinado de las granadas, el agua fresca en la acequias, el seco golpe de los cascos de los caballos en el empedrado viejo de Santa Cruz, un farol que apenas ilumina en la esquina de la iglesia de San Andrés, los pasos de los penitentes y la lenta marcha de las cofradías reclamando penitencia, el sol inmune en el Guadalquivir, los olivos envejecidos, los patios de naranjos, las noches que dejan las estrellas en la palma de la mano y el mundo apretado en un puño, en las lagrimas impensadas por la breve dicha de las cosas simples. En ese momento comienza a lloviznar y ella sigue cantando; ahora desgrana una copla que cuenta del agua de mayo y vamos caminando y acompañando el canto con nuestras palmas, intentando que ese momento dure para siempre. Que el agua de mayo nos alivie de los pesares, que lave de penas nuestro horizonte y que traiga mansamente hasta nosotros el secreto pacto de un destino dichoso.
La llovizna dura poco y la comunidad se estira en pequeños grupos, masticando en silencio una certeza incómoda y paradójica. A un puñado de kilómetros nos espera Santiago y allí vamos, a completar nuestro destino con la alegría a flor de piel y, al mismo tiempo, con la profunda congoja de llegar, de cerrar el círculo. Por ello, a pesar de la certeza del final inminente, nadie quiere que el Camino se termine.

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