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Postales del Camino

Como granos de arena en la rutina de un reloj se acumulan los kilómetros y las jornadas de marcha. Uno tras otro, paso a paso, los peregrinos van convirtiendo los horizontes distantes en parte de su biografía, en las cosas que luego alimentarán las nostalgias, los sueños, sus memorias del camino. Allá están, prisioneras en su burbuja de recuerdos y pasado, las imágenes inolvidables de la marcha hacia Compostela. Escojo, entonces, al azar, alguna de estas instantáneas, con la esperanza de compartir con ustedes, mis amigos, aunque sea una pequeña parte del misterio y la grandeza del Camino:

- Los bosques espesos de Navarra, en los que la niebla cegaba el camino y la humedad se adhería al cuerpo,

- Las bandadas de garzas volando hacia el sur, ingrávidas en el marfil del cielo de Viana, ausentes de la grandeza de César Borgia y de la lápida que da testimonio de su muerte a traición,

- Las aguas tumultuosas del Arga, agitando su caudal crecido, en las puertas de Pamplona, junto a los muros desnudos de la fortaleza de San Cristóbal, donde todavía resuenan los gritos de alerta del infame Alcázar de Velasco,

- La silueta taciturna, rencorosa, de los castillos abandonados de San Esteban, Castrojeriz y Belorado, custodiando el polvo fino del olvido y la nada,

- Los toneles repletos de endrinas, tiñendo de púrpura las calles de Logroño, rezumando un olor dulce y penetrante, que evocaba al caer la tarde la sustancia primaria del origen de la vida,

- Los soles melancólicos de otoño, más allá del primer punto de libra, en la meseta interminable de Castilla, rigiendo la geometría cóncava del viento, el espacio y el silencio,

Pero, de todas esas imágenes hay una que acude con frecuencia a dañarme de nostalgia: las vértebras apretadas y circulares de ciudades pequeñas como Santo Domingo de la Calzada o Puente La Reina, que hunden sus raíces en la Edad Media, en un pasado remoto. Ellas aún retienen el eco del golpe del bordón de quienes, muchos años atrás, ya han caminado hasta Santiago, las voces susurrantes de otros que ya han pasado por allí antes de que se descubriese que el fin de la tierra no era también el fin del mundo. En las calles intrincadas de estas ciudades, en sus mercados bulliciosos, en la noche agazapada que velan sus portales, he cerrado los ojos y he recorrido en sentido inverso el paso del tiempo. He viajado clandestinamente desde el presente al pasado, lentamente, girando la rueda de las cosas simples y olvidadas. He regresado a un mundo ya perdido de aromas y sabores, de distancias incomprensibles, de ausencias irreparables. Allí, mis amigos, volviendo a ese mundo en el que arrasaba la peste, en el que el lobo rondaba hambriento los caminos comunes, en el que las monedas de bronce mostraban el rostro de desconocidos gobernantes, en el que el idioma era una forma primaria de nuestra lengua, he sido extrañamente feliz.

En esas ciudades, al amparo del silencio y la imaginación, he vivido mil vidas y su laberinto de circunstancias. He sido alquimista y profeta, fraile entregado a un perpetuo voto de silencio, fugitivo de delitos inconfesables, panadero, verdugo, restaurador de reliquias, copista en los salones quietos de una abadía en los que la luz se filtraba tenuemente, he apuntado en un registro prolijo de boticario el exacto porcentaje de belladona que provoca los rituales de locura y muerte, he sido orfebre de filigranas leves en las que engarzaba delicadamente el ópalo y el zafiro, mendigo a las puertas de una taberna que despachaba vinos jóvenes, vendedor de pescado en mercados ambulantes y, cerrando el círculo de estas vidas remotas, de esas nostalgias ajenas, con la mano firme en el bordón, bajo la llovizna fina del verano, he llegado una y otra vez como peregrino a Santiago de Compostela.

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