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Experiencia de vida

La idea del Camino de Santiago va madurando con el tiempo hasta que casi mágicamente, entre las circunstancias de la vida, un día se da. No se trata de vacaciones, de un viaje... es sin lugar a dudas una experiencia de vida.

Desde muchos años atrás sentía la necesidad de hacerlo, y al conocer a Eloisa mi compañera de la vida y por supuesto de caminatas, supe que sería con ella.

Cuenta que con nuestro primer café la ?interrogué? sobre si le gustaba viajar y pasando al siguiente nivel, en la segunda salida, le hablé del Camino de Santiago.

Luego de muchas charlas y viajes preparatorios estuvimos listos y en mayo de 2013 emprendimos la marcha hacia una aventura que pasado más de un año, nos sigue acompañando en el alma.

Elegimos el Primitivo porque si bien sabíamos que era el más comprometido físicamente, también era el de los más lindos paisajes. No nos equivocamos, fue una experiencia grandiosa.

Había leído en varios sitios, el proceso interior que se vive en el camino. Pensé inmediatamente que era una concepción un tanto exagerada embebida tal vez de un exceso de mística o religiosidad, pero a poco de andar comprendí la exacta realidad de lo leído, me encontré viviendo idéntica transformación.

En Barcelona comenzó nuestro camino y nuestro crecimiento interior, al tener que desprendernos del exagerado peso en la mochila, así en una improvisada bolsa en la consigna del hotel, quedaron muchos kilogramos esperando nuestra vuelta triunfal.

Descargados de nuestros excesos materiales llegamos a Oviedo.

La ciudad nos enamoró, sus esculturas, las antiguas callecitas, la sobriedad y elegancia de su gente. Era un digno punto de partida. En la Catedral nos hicimos de nuestros pasaportes y con los bordones conseguidos en las inmediaciones ya estábamos listos.

Y así una mañana partieron los peregrinos acompañados por la mirada de incredulidad de la conserje del hotel que, si bien no lo dijo, sé que nos creía locos.

A los pocos kilómetros caí en la cuenta de que el camino era tal cual me lo había imaginado y no podía contener mi alegría, esos increíbles senderos, ese verde asturiano, esas colinas, esos animales a la vera...

Creo que allí comenzó la tan leída segunda etapa de desprendimiento de lo cotidiano, de los agobios, de los problemas laborales, y sin darme cuenta me encontré concentrado en las cosas importantes de la vida desprovisto de cualquier tipo de interferencia. Comencé a llenarme de cosas buenas.

Superando los treinta kilómetros, mucho tal vez para el primer día pero felices, llegamos al albergue en San Juan de Villapañada.

Allí conocimos a quienes en tan distintos sitios del mundo, con diferentes culturas, diferentes idiomas y costumbres, habían tenido nuestra misma idea: Peregrinar hacia Santiago. Que grandioso encuentro, que natural facilidad para comunicarnos, porque estando allí, no hacían falta mayores preámbulos o presentaciones.

De los más de veinte peregrinos reunidos esa noche, cumplida nuestra aventura, diez nos despedimos de Santiago casualmente sentados en una terraza, disfrutando una cerveza e innumerables anécdotas.

En el camino la relación fue por momentos más o menos cercana con ellos, pero todos sus rostros me acompañan pues hemos compartido una parte importante en nuestras vidas.

He visto en ellos mis ampollas, mi transformación, mi modestia, mis debilidades, mi solidaridad, mi respeto por el otro y mi felicidad. Nos hemos hermanado.

Llegando a Santiago los sentimientos se chocaban, por un lado encantados por haberlo logrado pero muy tristes porque era el fin. La entrada al Obradoiro al son de las gaitas y a la Catedral aunque no seas creyente, se aúnan en una experiencia inolvidable, imposible no conmoverse. Tirarse en la plaza a descansar es uno de los momentos que justifican la vida.

Somos distintos, hemos renacido, ¡Somos peregrinos!

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