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Caminante, sí hay Camino

Narrar en mil palabras la mejor experiencia de tu vida, ésa que llevas esperando desde pequeño, es inverosímil. Tan dificultoso como encontrarte un peregrino que no te diga "Buen Camino", o como cruzarte con un paisano que no te acoja con hospitalidad y te agasaje con un reconfortante vaso de leche o una pieza del exquisito queso de Arzúa, o como no caer en la tentación de comer hasta que te duele la tripa un sublime pulpo a feira. Todo lo bueno que me han reportado los doscientos kilómetros que separan la acogedora Ribadeo de la majestuosa Santiago, se lo voy a devolver con un millar de piropos. "Guapa, guapa y guapa", dicen en mi tierra, Almería, al paso de la Virgen en Semana Santa; "Gracias, gracias y gracias", le doy yo al apóstol por haberle concedido esta milenaria tradición a España, un Camino plurilingüe, multicultural, desdichado en el yantar y en el beber; un Camino para sumergirse en el túnel del tiempo y retroceder a esa época pasada en la que los teléfonos móviles y los ordenadores eran como las ampollas en el kilómetro 13, nadie los deseaba porque estorbaban, no daban la felicidad; un Camino convertido en la mejor senda para forjar eternas amistades a base de kilómetros, de emociones, de sonrisas por ver que en los albergues todos somos iguales. Ribadeo significó el comienzo de un precioso sueño del que nunca quise despertar; Lourenzá me dio amigos peregrinos, los mejores; en Abadín me sentí dichoso al ver cómo vacas, burros y ciervos eran mis mejores compañeros de fatiga; en Vilalba, por primera y única vez, el cansancio cedió mi alma a Morfeo y me obligó a echar una reconfortante siesta para relajar mi dolorida musculatura y poner en orden ese pequeño baúl de los recuerdos que comenzaba a ser mi mente; Miraz se convirtió en esa necesaria estación de repostaje en la que recargar fuerzas a base de té británico y una paella hecha con verduras que la Madre Naturaleza escogió exclusivamente para nosotros, preparada con esmero gracias a las manos de un artesano y devorada con ahínco por todos los que allí nos apelotonábamos; Sobrado dos Monxes me hizo echar la vista atrás y recordar aquellos indescriptibles apuntes de Historia del Arte, plagados de arcos, rosetones e iglesias con planta de cruz latina, y aquellos equivocados a la par que infantiles pensamientos: "¿Para qué me sirve esto si nunca estaré en un monasterio de esa época?"; en Arzúa descubrí a 'mouchos, coruxas, sapos e bruxas', gracias a ese fuego purificador y ese estado gozoso al que te transporta el cuarto vaso de Queimada; en Monte do Gozo me convertí para mis compañeros en el Rodrigo de Triana de Cristóbal Colón cuando gritó aquello de "¡Tierra a la vista!"; y en Santiago llegaron las lágrimas. Lágrimas de alegría, de emoción, de sentimiento, de persona, de peregrino. No sabía que se podía llorar de alegría hasta que el sonido de las gaitas hizo bailar a mis neuronas a su compás. Me vi tan pequeño en la colosal Plaza del Obradoiro, que ni la descomunal belleza de la Catedral pudo ocultar mi rostro bañado de unas gotas tan finas, que parecían pequeños cristales que explotaban al chocar contra la dura piedra sobre las que mis desgastadas botas apuraban su último servicio a la ilusión de un almeriense treintañero. Los abrazos, carantoñas y las caras alegres de mis amigos habían sido la concha que mejor me guiaba y ahora se convertían en un refugio en el que guardé para siempre las promesas cumplidas y de la que saqué la mejor de las sonrisas. Santiago nos brindó el mejor de sus días, Botafumeiro incluido. Sus calles, repletas de mochilas, de tunas que nos cobijaban al calor de sus despechadas serenatas, de amables gallegos que ofrecían la mejor de sus tartas y ese recuerdo que nunca será sencilla y llanamente uno más en el mueble del salón. ¡Qué raro se hizo llegar al hostal y tener una habitación reservada, el cuerpo todavía me pedía ese chut de adrenalina que se liberaba al llegar al albergue, lanzarte como un kamikaze a por una litera libre y confiar en que tu vecino no respirase muy alto por las noches! Ésa es la liturgia del Camino. Una vez que todo había terminado, cuando el autobús de vuelta desandaba todo lo andado durante horas y horas por aquel inolvidable Camino del Norte, me permití la licencia de plagiar para rectificar al genial Antonio Machado: "Caminante, son tus huellas el camino y nada más; caminante, sí hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace el camino, y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante sí hay camino, al igual que peregrinos en la mar". A Fernando, la sabiduría y la experiencia; a Estefa por su sonrisa y esos "a gustico"; a Carlos, por enseñarme a disfrutar con el sufrimiento; a Marta, la amabilidad; a Judit, por esas risas con los ronquidos de Jorge; a Macu, por su carácter bohemio; a Alicia y Eloísa, Zipi y Zape; a Ron por sus brindis con los chupitos de orujo; a Jorge, la amistad desde parvulitos; y a Chari, el amor que me daba aliento en lo más empinado de la cuesta. ¡¡Gracias a todos, os quiero!! Mil palabras para darle las gracias al Camino de Santiago, mil términos para expresar un sinfín de sensaciones, mil maneras de decir aquella frase que tengo grabada a fuego en mi corazón: ¡¡Buen Camino!!

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