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Peripecias de un peregrino en el Camino de Santiago

O la mochila es pequeña o la carga exagerada. ¿Qué dejar? ¿El saco de dormir? ¡Es un plomo y ocupa espacio! Pero en los albergues de la Xunta no hay mantas y puede hacer frío. ¿La chaqueta? Pero en las mañanas en las alturas suele estar fresco. ¿Y las chanclas? Pero algo debo ponerme para descansar después de una larga jornada caminando. ¿Y la cámara de fotos? Pero es una pena que con paisajes tan bonitos me pierda de sacar unas buenas fotos. ¿Y si dejo el botiquín? ¡Imposible! Siempre salen ampollas o uno se lastima con algo, o nos constipamos, nos duelen las articulaciones o los músculos. ¡No, no! ¡El botiquín, no! Entonces podría dejar la ropa mejor para el día que llegue a Santiago. ¡Pero cómo voy a ir toda andrajosa a la Misa del Peregrino! ¡Pues nada! ¡Dejo los bastones! ¡Que son una carga más mientras no voy andando! Pero cómo dejarlos si ellos me aliviarán las tendinitis. ¡Ya está! ¡Pongo todo adentro! ¿Qué me van a hacer unos kilos de más?

Y así llegué al comienzo del camino como si fuera un burro cargado para Navidad. Y el primer día uno está tan feliz de comenzar a andar que no percibe la carga. Pero ahí está, silenciosa al principio, luego nos va pasando factura. Y hay que decidir. O dejamos cosas en el camino, para algún otro peregrino que las pueda necesitar, o hay que pedir ayuda y que alguien más nos ayude a llevarla repartiendo pesos, o bien pagamos para que nos la lleven. Y aquí salen a relucir nuestro orgullo y nuestras miserias. En principio, ¿cuánto camino nos toma entender que no necesitamos ni la mitad de lo que cargamos? Por otro lado, si el volumen y el peso de la carga son inevitables, ¿cuánto tardaremos en aprender que no es debilidad saber pedir ayuda?

Vanidad de vanidades, todo es un ir y venir buscando respuestas, y nos chocamos con nosotros mismos. Sin embargo, si estamos atentos a la flecha amarilla que nos guía, no es posible perderse, el camino va aclarando las dudas, despejando la niebla. Aún con lluvia avanzamos, aún con frío damos un paso tras otro, aún con ampollas seguimos el sendero, aún con cansancio confiamos y decimos a quien nos cruza, esa frase que alienta y renueva las fuerzas, “¡Buen Camino!”

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