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Camino Interior

El sentido común había perdido la razón, la cordura ya no primaba, la vida no se veía del mismo color y en mi mente sólo ansiaba soledad. Una soledad añorada, sin reproches, ni malas caras, ni envidias infundadas o gestos de rabia por cosas irresolubles que no eran reales.

Cansado de incomprensión y añorando la paz interior que hacía tiempo no disfrutaba, un día cogí la mochila, metí tres mudas, dos camisetas, unos pantalones, unas chanclas y cuatro cosas más; sin decir nada a nadie me fui a hurtadillas en la noche, como ladrón de sueños, sólo una nota en la mesa de la cocina, "Voy en busca de paz, volveré en unos días".

Era consciente del dolor que esta decisión iba a causar, pero, yo necesitaba mi reset personal, de ello dependía mi estabilidad emocional, y con ello la continuidad o no de mi relación. Sin dudarlo cogí el primer tren para el norte, intentando no mirar atrás. Fue un día largo en el que apenas comí, y el viaje se hizo eterno, primero a Lugo y después en bus hasta Pedrafita do Cebreiro. En el bus me indicaron que bajase la cuesta, y tomara en la rotonda la primera salida y después el primer camino a la izquierda, y llegaría a O Cebreiro, que allí había un albergue de peregrinos. Miré el reloj, eran las seis en punto, y sin pensar más me encaminé hacia allí. Fue terrible, me equivoqué de camino, empezó a llover, se me hizo de noche y un pueblo que apenas estaba a unos kilómetros, tardé cuatro horas en llegar, andando y desandando, volviendo sobre mis pasos para al final ir por la carretera. Por un momento pensé en volver atrás, asumir como una consecuencia social mi situación y dejar que el tiempo terminase por quemar los últimos leños de mi relación, pero ya estaba allí, y debía encontrar albergue. Cansado y sudoroso por el poncho de plástico, que para nada transpiraba, y totalmente empapado entre sudor y agua, por fin llegué.

La mañana fría me recibió con las primeras luces del alba; el olor a heno y paja lo embriagaba todo, y una fuerte picazón me abrasaba los tobillos; apenas se veía nada, me vestí y salí de allí pisando firme el adoquinado, dejando a otros peregrinos atrás e intentando rebasar a los que llevaba delante. Las veredas embarradas entre estiércol y lodo se abrían a cada revuelta de la senda, y mi chapoteo al caminar me cubrió hasta los tobillos con una máscara de fango maloliente, me propuse la meta de ir a Triacastela y llegar el primero al albergue, así que seguí pisando barro con paso firme. A la hora y media de caminar, me rebasó un chaval enjuto embutido en una malla, que bajaba zanqueando de lado a lado de la enfangada vereda, detrás un chico japonés seguía sus pasos por el centro de la senda, con lodo hasta las orejas; estaba claro que ya no iba a ser el primero, pero seguí para adelante.

En un intento por evitar relacionarme con nadie pasaba a los caminantes sin mirarles, para evitar saludar, pero era harto difícil no hacerlo, pues todos, hasta los extranjeros cuando pasabas a su lado te decían, "Buen camino", a lo que no podías por menos que contestarles con la misma frase. A la llegada a Triacastela encontré jugueteando al chaval espigado y a su compañero japonés, me hizo gracia, me recordaron a Steve Coogan y a Jackie Chan en ?La vuelta al Mundo en 80 días?, les saludé y pregunté por el albergue, con el dedo me señalaron a lo lejos a un señor sentado en el suelo con una mochila al lado, bajo el porche de un edificio sin alturas y con ventanas enmarcadas en azul.

Al llegar a la puerta del albergue, el señor, un coreano de unos sesenta años, consultando algo en un Ipad, me saludó con la mano y yo asentí con la cabeza a la vez que empujaba la puerta; dentro había una señora que hacía la limpieza, y me dijo que no abría el albergue hasta las 13:00 y que hasta esa hora no podía entrar; gesticulé con desgana, dejé mi mochila a un lado y calzándome las chanclas, puse zapatillas y calcetines al sol.

La tarde noche se hacía lánguida, allí en un banco de madera estaba Luis, con el pie como un botijo, y muy morado, fue mi primer contacto imposible de esquivar, conversamos hasta algo tarde, al principio yo lo evitaba, pero él era muy pesado y terminamos contándonos la vida. Por la mañana intenté salir de los primeros y así lo hice, pero la niebla no dejaba ver a diez pasos y me perdí; para cuando ya había vuelto a encontrar el camino el grueso de los peregrinos estaban ya en ruta, y no cesaba de encontrarme con unos y otros, y al final terminabas conversando con algunos, hasta tal punto que lo que empezó un camino de soledad, terminó en excursión de grupo, allí conocí a nuevas gentes, compartí su sufrimiento y dolí del mío.

Para cuando llegué a Santiago, éramos cinco; el hastío del primer día se convirtió en historia, las chinches de O Cebreiro en anécdota, y todo el conjunto me hizo pensar en que la vida tiene cosas buenas y malas, pero mejor compartirlas que no vivirlas en soledad, porque a fin de cuentas la soledad es mala compañera y compartir es vivir las penas a medias y las alegrías duplicadas.

Cuando volví a casa, es otra historia?

¡Buen Camino!

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