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Episodio del Camino Primitivo

Frente a mí una señora mayor lleva al cuello varios finos collares con cruces cristianas y otros colgantes. Como yo, ocupa un asiento que no le corresponde. Además ambos tenemos el pelo blanco. Llegó después de mí y me pidió permiso para sentarse en aquel lugar, me preguntó si estaba ocupado el asiento y si podía sentase en él. Le dije que por mí no había ningún inconveniente, pensando que el revisor decidiría. En Betanzos Infesta subieron al tren los dueños de los asientos que ocupamos nosotros; teníamos que dejarles el sitio. La señora mayor del pelo blanco se puso difícil. Primero quiso ganárselos diciéndoles que en el tren había plazas de sobra y que no era forzoso sentarse en las asignadas con el billete; pero los otros reclamaban sus sitios diciendo que eran cuatro y querían ir juntos y sentados cara a cara. Ella no atendía a razones y poniéndose más y más violenta alzaba la voz in crescendo, como diría algún músico; alegó que era una persona de edad avanzada, que había que tener caridad, y que era viuda de un empleado del ferrocarril y por ello tenía privilegios; dado que los otros no se convencían, dijo que era inválida, que la habían operado varias veces, a lo que ellos, siempre muy urbanos y sin alzar la voz, retrucaron que querían ocupar sus asientos, que también ellos habían sido operados más de una vez, una señora del grupo había estado hasta cuatro veces en el quirófano, como presumiendo de su veteranía; la señora mayor se negaba a dejar el asiento, empezó a insultarlos, dijo que el señor era un maleducado porque se había dirigido a ella sin quitarse el sombrero como correspondía hacerlo ante una dama, ellos dijeron que el revisor aclararía el asunto, llegó el revisor, les dio la razón, reconoció su derecho, explicó a la mujer solo se le pedía cambiar de asiento, erre que erre, ella gritó que era un Tauro, firme y poderosa como los de ese signo astrológico, Dios tenía que perdonar a todos los que demostraban tanta incomprensión, la cosa fue subiendo de tono, también el revisor iba alzando la voz, la señora se levantó, Dios castigaría a todos, finalmente se tiró al suelo del pasillo obstruyendo el paso, el revisor cada vez más nervioso la amenazó, mire señora que la obligó a bajar en la próxima estación, que ya la conozco, no me arme numeritos, ella respondía, no se atreva a tocarme, no puedo levantarme del suelo, sí que puede, mire señora que llamo a la ambulancia, para que la recoja en la próxima parada, no puedo levantarme, no me toque, cuidado de no perder mi documentación, es fácil extraviar las cosas, san Luis Gonzaga los castigará, me tratan mal, yo hice lo que nadie hace, he dejado mis bienes a los inválidos, nadie lo hace. La cosa se calma, los otros viajeros cuchichean, sí puede levantarse, está fingiendo, etc. etc. Finalmente se levanta y deja que la sienten en otro lugar, está callada, rezonga, soy persona anciana, no hay derecho, merezco mejor trato. Se terminó el incidente. Ya no hay gritos. En ningún momento me sentí angustiado. Me ha parecido una comedia, una farsa. Quizá esté loca, pero puede estar cuerda y ser sólo algo rara. El cielo está nublado. Temo que llueva. No podría caminar. Pronto llegaremos a Lugo. En el colo (en brazos) de su madre la niña pequeña la abraza. Chupa con ansia el chupete. Efectos colaterales tal vez de toda la escena. Esta familia, los padres y las dos hijas, no ha dicho nada. Cedí el asiento, quedé cerca, no he querido perderme el suceso. A mi derecha se sienta una jovencita que tiene un pirsing en el labio y masca chicle. No ha dejado de mascarlo ni un solo instante ni ha cesado un momento de enviar mensajes de texto con su móvil, cosa que había empezado a hacer no más había entrado en el vagón. Parecía estar pasando de todo lo que delante de ella estaba sucediendo, prácticamente todos, yo incluido, oíamos callados la discusión a tres bandas, la buena señora, el revisor y los cuatro que reclamaban su asiento, fue como si asistiéramos en nuestras butacas a una representación teatral. Cuando una vez en Lugo me dispuse a bajarme pasé junto a la señora. Su aspecto era de mucha aflicción y profunda tristeza. No sé si la entristecía la derrota o que todo hubiera sucedido como una tragedia, sin poder evitarlo, como si el culpable hubiera sido el Destino y ella se estuviera doliendo de él, tan cruel con ella. También pensé en lo solas que se pueden llegar a sentir los mayores, esta señora viajaba sola, quién sabe si tiene familia, y aun si la tiene, frecuentemente la familia se desentiende, todos tenemos que arreglárnoslas solos, hemos de mantenernos firmes y dueños de nosotros hasta la muerte, todos tienen sus problemas, los problemas ajenos no les incumben, pensé si esta mujer necesitaría atención y montó el numerito para conseguirla, aunque solo a medias consciente. Prefirió el ridículo y las críticas a la soledad. Quizá lo imagino. Al cruzarme con ella vi en su cara una tristeza tan honda que me dio pena. Llegué a Lugo, en la estación de autobuses me dijeron que hasta las 2 de la tarde no saldría el autobús de Fonsagrada. Yo quería ir al Alto do Acebo, donde el Camino Primitivo a Santiago entra en Galicia.

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